Se llamaba Manuel. Por Arturo Meza Osuna. /17 03 217(Relato mulegino)

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SE LLAMABA MANUEL
Por Arturo Meza Osuna.
         Se llamaba Manuel, era del estado de Michoacán, sacerdote ya con mucha experiencia, tendría cerca de 50 años y había prestado sus servicios en África en la orden de los combonianos. Había llegado a San Ignacio al frente de un grupo de siete jóvenes a punto de ordenarse sacerdotes de la iglesia católica. Manuel se encargaba de oficiar la misa y de algunas sesiones de enseñanza de los jóvenes, el resto del tiempo se la pasaba leyendo y vagando por los alrededores, largas caminatas por los palmares, por el borde del río; le encantaba ir a la recolección de pitahayas.
Otra de sus aficiones era conversar con los descreídos y escépticos y lo hacía con una libertad que parecía estar de tu parte. Creía que no todos tenemos vocación para tener fe, que la fe es una virtud que se trae y que es difícil, para el hombre en general, no hacerse preguntas, no tener dudas respecto de los asuntos de dios y su trascendencia. Manuel se preguntaba que buscaba la gente en la religión y las creencias, entendía que la mayoría tenemos razones tangibles y conveniencias para creer en dios, que esa no era la mejor manera, que había que creer desinteresadamente.

Por lo demás, lo que menos parecía era sacerdote, jamás usaba alzacuellos o sotanas, nada que lo identificara con su ocupación. Se comportaba, hablaba, se movía como cualquier persona más o menos ilustrada; de vez en cuando soltaba palabras altisonantes –no sin antes persignarse- con una gracia tal que ni falta hacía. Recuerdo que lo esperaba a la salida de misa y apenas la gente empezaba a salir de la iglesia cuando Manuel ya estaba sentado en el respaldo de una banca de la plazuela viendo la salida de sus feligreses, listo para emprender una larga caminata sin rumbo por los palmares, deteniéndose a recoger una piedra rara, observando una planta o simplemente caminar y conversar sobre sus experiencias en Mozambique.

Había vivido días duros en África, la guerra lo atrapó entre fuegos y dejó sus huellas: un síndrome postraumático caracterizado por insomnio y ansiedad, muy a su pesar tuvo que ser desalojado de urgencias, su vida peligraba. Nada deseaba más que regresar pero sus superiores decidieron que San Ignacio podría tranquilizar sus ansias de justiciero en una tierra donde la justicia es tan relativa y la ayuda de un sacerdote puede ser tan insignificante como la vida que nada vale. Así que lo mandaron a enseñarles mundo a siete diáconos que no se la pasaban nada mal a las órdenes –o desórdenes- de Manuel. Alguna vez los diáconos, entre bebidas, canciones, muchachas y guitarras, no perdían la oportunidad de magrear con efusión a una chica ante la vista tolerante de Manuel, al que con cierta carcoma le preguntaba ¿no tienes miedo que uno de tus novicios termine por hacer a un lado los hábitos a causa de una muchacha?, respondía rápido, con esa simple sabiduría que había alcanzado: -no, el menos sabré que ha encontrado su camino-
Se juntaba con la palomilla que lo invitaba –tiro por viaje- a una carne asada, a una barbacoa, a una abulonada, se tomaba una cerveza –por no despreciar- y convivía un rato que cortaba ante el “qué dirán” del pueblo chico. –Dirán que ando borracho- dijo una vez. –No padre, le respondieron, dirán que anda marihuano. Jamás despreciaba el vinillo regional seco y peleón para las conversaciones serias y prolongadas que podrían llegar hasta la madrugada y dos o tres veces pasamos de la conversación a ver el amanecer allá en el aterrizaje, frente a los Álamos y el Ojo de agua. Conversaciones donde era tan difícil explicar el proceder del dios de La Biblia, ese ente iracundo y tronante, disgustado con su creación, el padre insatisfecho pero al cual había que arrodillarse a riesgo de tentar su furia y ansias punitivas. Las discusiones llegaban a cuestionar el papel de los milagros de Cristo – el hijo de dios- -era un júnior- le decía y se encabronaba, que los milagros lo convertían en superhombre con tales superpoderes que, obviamente cuestionaban el martirio y el destino junto con la resurrección. No era un hombre cualquiera. -Me parecía más humano Judas- le decía- que se sacrificó por el plan divino y quedó como el prototipo del traidor para la eternidad-.
Todo terminaba siempre en la función de la fe que vista desde la óptica del simple, del poco versado en teología era la diferencia entre creer y no.

Pasábamos al libre albedrío y a la función de la oración. “Y…si tenemos libertad y no es verdad que jamás se mueve ni siquiera una hoja sin su anuencia ¿para qué orar? si no te escucha”, era la réplica. Manuel emprendía largas alocuciones acerca de la espiritualidad y hasta parecía un místico hasta ese momento uno entendía la vocación, la pasión que movía a un hombre de fe.
Fue un placer conocerlo. Consiguió finalmente regresar a Mozambique, sabía que allá habría de terminar sus días, pertrechado dentro de su templo, junto con sus negros queridos masacrado por la locura de la violencia sin sentido. Hace unos días murió, después de un mes de no contestar correo. Anciano, casi ciego, salía todos los días a desenterrar minas terrestres, un paso, un centímetro, la explosión lo dejó sin piernas. Sobrevivió dos días.
Debería tener mejor destino el hombre de fe, bueno, generoso, pero los descreídos no tenemos a quien reclamarle.

 

 

 

 

 

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