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LA BALADA DE JOEL Y ROBERTO
Por Arturo Meza Osuna
Nunca habíamos vivido en un apartamento de estudiantes de manera más ordenada. Éramos seis en un apartamento de tres recámaras y el Joel tomó el mando sin pedirle a nadie la opinión. Como las cosas iban muy bien, nadie dijo nada, nadie se inconformó, nadie la hizo de tos.
Ya habíamos vivido en apartamentos en los que por más que establecíamos el “sistema socialista”: las comisiones básicas de convivencia, de barrido y trapeado, de lavado de trastos, de turnos del baño, de compras y adquisiciones, de festejos y pedas, etc. alguien, el que nunca falta, alguna vez no cumplía con lo acordado y ahí se descarrilaba todo, el siguiente tampoco lo hacía y el siguiente tampoco, así que se acumulaba la mugre en el piso, los papeles en el baño, los trastos sucios, surgía el desmadre, los pleitos y la organización se precipitaba al carajo. Volvíamos –invariablemente- al sistema capitalista donde cada quien sus canicas.
Nada. El Joel se encargaba de juntar el dinero para pagar la renta, el dinero para la comida, implementaba las comisiones, compraba los víveres cada semana, acudía al mercado, lo recorría de arriba abajo mientras le cargábamos el mandado en una bolsa de ixtle. Era todo un espectáculo verlo regatear el queso, la carne, las frutas y verduras, probar para comprar y las migas que hacía con las doñas, los mitotes, los consejos, las recetas y las pláticas que agarraba con los marchantes del mercado sobre los aguacates maduros, lo caro que están los huevos y la escasez del apio. Siempre al frente, como general, dirigía y completaba la lista de los recursos para toda la semana. La administración era impecable. Se volvió famoso, en el departamento, el cuaderno donde anotaba puntual y al detalle los ingresos y los egresos: “Gastos y avíos”.
En “Gastos y avíos” estaba todo: los deudores y acreedores, las cuentas, los precios, la renta, el gas, la luz, el teléfono, todo. Había un apartado para el superávit que se utilizaba para cultura. Era el teatro, el cine –de la cineteca, no cualquier película- que Joel escogía, además de la casi obligación de acudir, todos los domingos al alcázar del Castillo de Chapultepec a escuchar a la Filarmónica de la UNAM. Nos levantaba temprano, hacía una torta de jamón para cada quien y un cartón de naranjada Bonafina. Joel siempre tan culto, se sentaba un asiento adelante, el resto de ignaros atrás y nos explicaba de que iba la sonata número 13 de Handel, El Bolero de Ravel, el opus 40 de Mozart y añadía –mírenme antes de aplaudir, aplauden solo si yo aplaudo- con una mirada desdeñosa por incultos-. El resto del domingo, en la Casa del Lago –conferencias, presentaciones de libros, recitales, etc. regresábamos tarde y muy cultos.

Sin duda, era el departamento más organizado de la comarca. Joel era como la madre de todos, le encantaba el papel y a nosotros nos convenía, nos aligeraba la carga, una comodidad envidiable. Todo marchaba sobre ruedas.
El problema llegó con el amor. Al principio las relaciones eran muy armónicas, ambos, Joel y Roberto se llevaban muy bien, en su habitación nadie entraba, se pasaban horas encerrados, estudiando, discutiendo de autores, novelas, ensayo, poesía, Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire, maestros de la facultad, materias; practicaban francés y vaya usted a saber que más, siempre se les respetó la intimidad. En el pináculo de la felicidad Joel adquirió una cama king size que, según supimos y supusimos, le regaló a Roberto. La cama era objeto de suspicacias e insidias a las que, ambos, aludían dichosos de manera pícara y pecaminosa.
Al cabo de cierto tiempo, una mujer se interpuso, una condiscípula de Roberto empezó a visitar el apartamento, pasaban tiempo juntos, entraban y salían, largas conversaciones, Joel enfurruñado no tragaba a la Janis. Pronto aparecieron los reclamos, los celos, amargas discusiones, gritos destemplados, llanto y violentos portazos. El final se veía venir. Un día Joel abandonó el apartamento, se fue enojado, mientras reprochábamos a Roberto su liviandad, su falta de consideración –ya volverá, decía.
En efecto, Joel volvió un mes después, un día que Roberto no estaba, con dos fornidos cargadores de mudanzas para llevarse la cama. El cotorreo fue de antología cuando Roberto se encontró durmiendo en el piso. La venganza, fría venganza.
La organización del departamento empezó a sufrir la falta de Joel, todo se desorganizó, nadie sabía manejar los “Gastos y avíos”. Cada vez que teníamos que pagar la renta era un problema, no se completaba el dinero, no nos salían las cuentas, nos cortaron el gas, la cocina sucia, el lavatrastes lleno, pisos mugrosos, papeles tirados, el refrigerador vacío, en fin un desmadre que terminó con el socialismo ejemplar para inicia una etapa capitalista
Mientras tanto, culpábamos a Roberto por pelearse con Joel. A Roberto le valía madres porque ya tenía sus planes. Había conseguido una beca para cursar una maestría en la Sorbona, en París, eran planes que entre ambos, los días de vino y de rosas, habían concebido, así que, no mucho tiempo después se despidió de nosotros y partió, sin Joel, a Europa. En cuanto llegó a París nos envió una postal con saludos y su dirección, al final un grosero subrayado “no se la vayan a enseñar al puto”.

A la semana llegó Joel muy compungido en busca de Roberto, confesó que quería hacer las paces, necesitaba iniciar de nuevo, olvidar lo pasado, volver a intentarlo. La postal estaba sobre la mesita de la sala, tratamos de esconderla, Joel ya la había visto. La leyó y mientras la leía –anegado en lágrimas- supimos que algo se hacía añicos, que nunca tendríamos un apartamento tan bien organizado ni llegaríamos a ser cultos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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