En la opinión Selecta de…

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* CUANDO TUS  PENSAMIENTOS TE TRAICIONAN EN EL ENTRAMADO MATEMÁTICO DEL AUTO ENGAÑO.

En estas circunstancias decimos y expresamos sentimientos que son cotidianamente nuestra carta de presentación y que son lo que no somos: remedo de nuestra historicidad conflictuada dónde aparece la vendimia del discurso de fácil tintero, de lo repetitivo, de lo qué no hemos logrado en lo afectivo, en lo moral, en lo espiritual y más de nuestras frustraciones del erotismo creativo, del rescaté de nuestra pasión por ser diferente a la vulgaridad cotidiana en la cual estamos inmersos.

Qué triste y real es tener capacidades sobresalientes y ser nuestra propia debacle. cuantos propósitos se expresan en el contactó del quehacer cotidiano y se enaltecen las virtudes, los méritos, las cualidades y todo está disfrazado de traición, de mentiras y barraganería.

Cuando los inestables enaltecemos al de enfrente y rebasamos límites que después son la materia prima de la ofensa y el exterminio de las virtudes…

En el sufrir están los propósitos de vida y realización, no hemos aprendido ni aprenderemos a lograr ser mejores a partir de ser humildes, pasivos, y no cobrar factura de rencores ajenos, también de frustraciones intermitentes y de negociaciones perniciosas disfrazadas de buena voluntad.

Décimos que amamos, pero no conocemos su esencia, ni lo divino de está virtud; estamos desfasados y seguimos en los terrenos de los falsos resultados, pero son otros los satisfactores logrados que nos hacen seres realizados en nuestra propia insatisfacción. Y en este panorama todo se revierte y seremos paganos de nuestra propia descomposición emocional, ser basurero y recolector repetitivo de fijaciones no superadas, de lesiones que nos han dejado nuestras parejas o les hemos ocasionado nosotros es lo que da vida al trató cotidiano; y esto termina, como se acostumbra, al finalizar en escenarios de profunda mediocridad. Minutos antes juramos apasionados comentarios de amor escasos y después vomitamos los excedentes acumulados. Estas son las bases dé la descomposición en la que estamos inmersos los humanoides.

salud y buen provecho para quienes hacen de esta práctica un culto.

(Por el galeno *Miguel Humberto Macías Castro) .15 06 22

UNA CALLE PA MI APÁ
En el Día del Padre
Hace 37 años murió mi padre, Miguel “El Pino” Meza Mero, pocos sabían que se llamaba Miguel, todo mundo lo conocía como El Pino que, ni él sabía por qué le pusieron ese apodo pero lo cargó toda la vida.

Digo yo que los nombres de las calles sirven para perpetuar la memoria de héroes y próceres de la patria, así nuestras ciudades están llenas de Juárez, Hidalgo, Morelos, Madero etc. eso está bien para las grandes ciudades pero un pueblo como San Ignacio, de calles pequeñas, polvorientas, sin pavimento, que nadie sabe como se llaman porque no es necesario, nadie se pierde, nadie las busca en google, sería bueno que llevaran nombres de personajes del pueblo, gente que si bien no realizó ningún acto heroico, ni ganó batallas, al menos no le hizo mal a nadie y mi apá era de esos hombres: un hombre esencialmente, bueno.
Nació en Santa Rosalía, hijo de Don Miguel Meza Domínguez y Doña Narcisa Mero Ramos, él de San Miguel de Comondú, ella del sur de Nayarit. Los padres de mi abuela Narcisa llegaron a la península cuando iban con su padre Antonio y su madre Trinidad hacia la fiebre del oro en San Francisco, California, mineros de Nayarit buscarían fortuna en California, se embarcaron en San Blas y camino a los USA tocaron puerto en Santa Rosalía, alguien gritó Santa Rosalía Baja California, Don Antonio medio adormilado solo escucho California y se bajaron con mi abuela de brazos. Ahí se quedaron.

Mi apá cursó la primaria y aprendió muy bien a hacer cuentas, tenía además una letra preciosa, no estudió más y entró a trabajar a la panadería con Don Miguel donde aprendió los rudimentos del oficio para luego pasarse a trabajar a la compañía del Boleo en la tienda de raya. Trabajaba de despachador detrás del mostrador. Una de las habilidades que ahí adquirió fue la de hacer empaques y cucuruchos, de cualquier trozo de papel, en tanto que la fregada te hacía una bolsa para llenarla de harina, frijol o azúcar o un cucurucho para los cacahuates. Mientras trabajaba en la tienda de El Boleo recibía invitaciones, de vez en cuando, para servir en las fiestas que se daban los franceses en el Hotel Francés, le enseñaron a servir el vino y Champagne, a llevar las viandas, a tratar a las diversas personalidades que se atravesaban en los jolgorios que los franchutes hacían muy seguido para matar la nostalgia.

Le encantaba ir a esas fiestas, que aunque eran una chinga, al final, siempre quedaba comida exquisita hasta para llevar y se hacían de botellas de vinos y licores que luego se empinaba con la palomilla a salud de los franceses que además pagaban bien y se ponían guapos con las propinas. Cuando el Boleo terminó todo el pueblo se entristeció, muchos emigraron, el desempleo era enorme pero la familia de mi apá se mantenía con la panadería de mi abuelo con escasas ventas debido a la falta de gente y dinero pero alcanzaba para irla pasando. En ese tiempo empezó a ayudarle a Don Pilar Cota en la tienda que tenía en Santa Rosalía, pero una vez Don Pilar se lo llevó a su tienda de San Ignacio, allá lo necesitaba.

Así se fue a San Ignacio por unos meses mientras Don Pilar resolvía sus asuntos pero estando en San Ignacio se enteró que el panadero del internado estaba en una tablita de que lo corrieran, era muy borracho -como casi todos los panaderos- así que se ofreció para sustituirlo, en cuanto le dieron aire, mi apá llegó raudo y veloz a ocupar la plaza. Nosotros estábamos en Santa Rosalía, mi hermana Alicia a punto de entrar a la Primaria, yo tenía 5 años y mi hermano apenas un año, tengo una borrosa memoria de cuando llegamos a San Ignacio. Recuerdo que viajamos en el troque de mi abuelo, apenas recuerdo al chamaquero del internado amontonado viéndonos bajar nuestras chivas.

Mi apá trabajaba en la panadería del internado, una panadería que además de surtir de pan para el alimento de los muchachos internos, también vendía pan en el pueblo, así es que se sostenía sola como se diría hoy en día, era autosustentable. Luego pondría un changarro donde vendía abarrotes que mejoró mucho la economía de la familia, ya para esto estábamos grandes y en edad de salir a estudiar. Gracias al changarrito y a su empuje, pudimos sacar carreras universitarias.

Muy temprano se levantaba a trabajar, a amasar la masa del bastón que se pone por la noche en una artesa con harina, agua, levadura y sal. Hacía primero las bolas que se pesaban y se boleaba y luego la tapa de betún para el pan de cuadros y conchas, luego el birote, ambos se ponían a reposar hasta que alcanzaran a hincharse con la levadura y empezaba el horneo como a las 12. No hay mas sabrosura que el pan recién horneado, “el santo olor de la panadería”- decía el vate. Apenas salía el birote y agarrábamos el trasto de la sal entera con agua, un poco de manteca Inca y como mantequilla untada, es una delicia. Eso sí, siempre cantaba, desde que amanecía acompañaba las canciones de los Laboratorios Mayov, cuando terminaba el programa cantaba por su cuenta, hasta el chiflidito de Amorcito corazón le salía a mi apá.

Había en San Ignacio un sacristán italiano que estuvo mucho tiempo en el pueblo hasta que lo trasladaron a La Paz, el hermano Raúl Pililla al que mi apá, siempre que yo venía a La Paz le mandaba una cajita de pan, el hermano me preguntaba por la gente de San Ignacio -¿y tu padre, como está? -bien, hermano, le manda saludos. -Siempre quitándole el hambre a los ignacianos- decía el hermano con ese cantadito italiano.

Bueno aunque sea por eso, porque el pan de mi apá le quitaba el hambre a los ignacianos, una calle de San Ignacio merece el nombre –digo yo- de Miguel “El Pino” Meza Mero.

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