Por despedirme de algo, se me ocurre… Compilación y reedición de imagen por Sergio Ávila R. Por Mélida Ojeda López

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Por despedirme de algo, se me ocurre que no pudo ser coincidencia que el profesor V. comenzara a pensar en la historia futura, precisamente cuando tenía 64 años. Lo digo porque me llamó la atención que el autor de Cuaderno de Invierno, que no es novela, sino recuento azaroso de sus días rumbo a su siguiente aniversario, éste era el número 64. Caigo en cuenta también que una vieja tonada de Los Beatles – ¡ay, todas las tonadas de los Beatles son viejas ahora!- giraba alrededor de la duda: ¿me seguirás amando… cuando tenga 64 años?.. Y hasta Cipriano Algor, a quien queremos tanto y es el personaje principal de La caverna, de Saramago, tiene 64 años cuando inicia la narración…

 

No, ya es mucho para ser casualidad. Todo parece indicar que a lo largo y ancho del mundo, llegar a los 64 es patente de vejez. O sea, la línea que separa en dos el ayer y lo que vendrá, de una manera irrevocable. Acabo de cumplirlos y admito, más que con gusto, con resignación, que viene muy al caso una despedida a quien hasta hoy he sido. A mí no me vengan con eso de que la vejez es un estado mental, el pensamiento positivo y todas esas cosas: la vejez es la vejez y ya veré qué hacer con ella.

Encajado, pues, el golpe, tengo que preparar mi despedida, porque me doy cuenta que no es algo que pueda improvisarse. A ver, ¿qué puedo decir?  ¿Adiós a los días de andar garboso y ligero?  ¿De la memoria fresca y sin tropiezos? ¿De ver el porvenir como largo sendero en cuyo final no se le ocurre a uno pensar? ¿De las jornadas sin balances ni recuentos, ni morderme las uñas preguntándome: iré a tener tiempo? ¿De no ver cómo va cayendo la arena del reloj, con la sensación, entre lamento y vergüenza, de saber que es mucho lo que se dejó perder?

Acostumbrada a pensar la existencia como una sucesión en que los días correspondían a temporadas definidas: primavera luminosa, verano ardiente, etc., etc., me encuentro con la primera sorpresa: ahora pareciera haber solamente dos estaciones: el tiempo que fue y el invierno.

Por eso es difícil la despedida: he de decir adiós a todas mis etapas como si fueran un bloque compacto. Y así no juego yo. Quiero ver matices, contrastes, movimiento, en el cuadro que he de pintar de mi camino. Y viéndolo bien, eso espero para el porvenir. ¡Hey! he sentido ahora, en este momento, un calorcito placentero…

Frente al espejo, el hombre se dijo a sí mismo: “Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto. Has entrado en el invierno de tu vida”. (No quise resistir la tentación de copiarlo).

Siempre he visualizado las despedidas como un barco que se va. Muy bien. A la viajera que fui: Adiós…!

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