Tren Compilación de Sergio Ávila R. Por Alejandro Dolina (Argentino, 1944)

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El tren pasa solamente dos veces por año. Llega en la madrugada y se detiene apenas unos segundos. Es un tren enorme, más largo que la distancia entre las dos estaciones: cuando los primeros vagones llegan a un pueblo, los últimos aún están en el anterior. Nosotros no hemos visto nunca de cerca la locomotora. Apenas si la presentimos, resoplando a tres o cuatro kilómetros de la estación. Las ventanillas de los vagones están cerradas y las cortinas siempre permanecen bajas. No es posible ver qué hay dentro del tren. Nadie se baja en nuestro pueblo. Tampoco es posible saber de dónde viene o adónde va. El ferrocarril ha dejado de imprimir horarios hace muchos años y sus empleados hablan otro idioma y son impenetrables.

Los vecinos tratan de alejarse de la estación cuando el tren se detiene. Las viejas se han encargado de establecer un complicado régimen de supersticiones alrededor del ferrocarril. Dicen que ver a un pasajero equivale a morir, cuentan que a veces bajan del tren unas sombras siniestras que raptan a los caminantes o si no, aseguran que el destino de aquellos trenes es el infierno. Hace muchos años, los hermanos Stefan y Stavros Kodor subieron al tren y nadie volvió a verlos jamás. En verdad, se da por sentado que cualquiera que desaparece en el pueblo es porque se lo llevó el ferrocarril. En 1958 se apeó en nuestra estación un hombre misterioso.

Pidió alojamiento en la posada que hay frente a la estación y permaneció encerrado en su cuarto durante seis meses, hasta que pasó el siguiente tren. No se fue solo. La empleada de la posada, la pequeña Berta, se marchó con él sin dar ninguna explicación. Los trenes pasan siempre en la misma dirección, de este a oeste. Jamás se vio ninguno circular en sentido contrario. Se discute si los vagones de la formación son siempre los mismos o si se renuevan. Sabemos que son azules. No llevan ningún número ni inscripción, salvo unos signos, a modo de logotipo, por encima de las ventanillas. Algunas veces —muy pocas, en verdad— el tren pasa por nuestro pueblo sin detenerse. Este hecho es considerado de mal agüero y todos esperan con ansiedad la llegada y la detención del tren siguiente, para recobrar la calma y la fe en nuestro destino.

Anoche, el tren se detuvo. Al oír el silbato, sentí el impulso de acercarme al andén. Caminé por la plataforma desierta y hasta llegué a tocar con mi mano los brillosos coches. De pronto, la cortina de una de las herméticas ventanillas se abrió y apareció en ella la cara de una mujer hermosa. Yo ya la conocía, había soñado con ella muchas veces. La chica me miró profundamente y pegó sus manos al vidrio. Yo me acerqué cuanto pude y durante unos instantes tratamos de comunicarnos. Ella movió su boca y me dijo algo que no entendí pero agradecí tiernamente. Tal vez yo le grité palabras urgentes que no alcanzaron a traspasar el cristal.

El tren se puso en movimiento, yo corrí a la par, hasta el final del andén. Después, los vagones se perdieron en la oscuridad. Los vecinos del pueblo no saben por qué razón pasa el tren. Pero yo sí. Ahora no haré otra cosa que esperar trenes, aunque sepa que jamás volveré a encontrarme con la mujer de anoche. Aunque sepa que ya no habrá otra ventanilla abierta para mí.

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