2 NARRACIONES. Arturo Meza O. /La hora mágica del beisbol y Margarita. /02 02 03/

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LA HORA MAGICA DEL BEISBOL
Por Arturo Meza Osuna
Así llamaba el Don Pedro –El Mago- Septién a las 19.30 horas, al momento del inicio del beisbol en la Liga Mexicana que escuchábamos por la XEX, el día era aún luminoso en el verano ignaciano, pero en cuanto oscurecía, “se metían los gringos”, las estaciones en inglés desplazaban la trasmisión mexicana, era cuando hacíamos maroma y media para reestablecer la señal, la primera era cambiar de lugar el radio, voltearlo para uno y otro lado; ponerle un alambre en la antena; meter el alambre en una maceta húmeda o engancharlo a lo más alto que se pudiera. Seguramente ninguna maniobra funcionaba y sola, por caprichos de las ondas hertzianas, volvía la claridad, seguros que la última maniobra fue la correcta. Si ésta se iba cuando el juego estaba emocionante, -dos outs, caja llena, tres bolas dos strikes para cerrar, cierre de la novena- hasta mi madre soltaba improperios dignos de carretonero.
No había aparecido aun el futbol en nuestras vidas, el beisbol era nuestro deporte. Nos echábamos temporadas enteras -pegados a la radio- de la Liga Mexicana en el verano y de la Liga de Sonora-Sinaloa en el invierno. Los fabulosos Tigres capitalinos era nuestro equipo en una, Guaymas en la otra. Podría mencionar sin esfuerzo la alineación de los Tigres que campeonaron en 1965, equipo en el que había tres cachanías: Arturo Cacheaux, Vicente Romo y Obed Plascencia.
Cuando me fui a estudiar a México, como comprenderán, tenía la ilusión –y la prioridad- de conocer dos lugares: la Ciudad Universitaria y el Estadio del Seguro Social.
Es muy difícil de describir mi impresión del Estadio cuando fui por primera vez. Había que entender que en Baja California Sur no había estadios con alumbrado nocturno ni pasto, jamás había visto uno. Cuando apenas subes los escalones para entrar al estadio y se pone ante ti una vista parcial luminosa, como de día, luego el pasto verde, pero de un verde esmeralda brillante –entonces entiendes por qué le dicen “el diamante”, esta imagen conforme vas subiendo se va agrandando, coloreando, avivando hasta que estás adentro y puedes ver todo. Como si fueran demasiados estímulos de sopetón, como si no se pudiera digerir todo al mismo tiempo, como que era rebasado por la luz, el movimiento, el color, el momento, el griterío. La respiración se detiene, no encuentras para dónde dirigir la vista, todo pasa tan rápido, no se alcanza a detener el instante, uno tras otro cuadro a cada parpadeo, a cada segundo. Vuelta a empezar. Hay que sentarse, serenarse, cerrar los ojos –espérame tantito- Ya más tranquilo, la asimilación en orden fluyó naturalmente. Era el sueño de mi vida. Desde niño fantaseaba con imágenes como las que estaba viendo. Hubiera querido trasmitirlas a mis padres, a los amigos con los que escuchaba, en San Ignacio, el beisbol de la Liga Mexicana.
Para acabarla, me tocó vivir relativamente cerca del estadio –vivía en Viaducto y Bolívar- podía irme a pie, caminaba catorce cuadras por el viaducto Miguel Alemán. – Salía en la tarde dos – tres de la facultad de medicina, me iba al CELE –Centro de Lenguas Extranjeras- al inglés, una hora; de la terminal de Ciudad Universitaria tomaba un camión hasta el estadio, llegaba como a las seis y me ponía hacer tareas mientras veía calentar a los jugadores. Compraba el boleto más barato, el de tres pesos que te situaba en los jardines. Allá calentaban los jugadores. Los pitchers soltaban el brazo, algunos estiraban músculos, otros ensayaban bateo, a otros el preparador físico les exigía ciertos movimientos. Yo adelantaba tareas mientras llegaba “la hora mágica del beisbol”, entonces prendía el radito y escuchaba la voz de Don Pedro “El Mago” Septién.

Hay muchas leyendas sobre El Mago, de que si trasmitió juegos que nunca vio, que si por teléfono narró un juego que solo escuchó. No era nada raro que El Mago llegara un poquito tarde, cuando ya habían pasado dos o tres bateadores, ciertamente iniciaba la narración, un poco más aprisa –con los apuntes del anotador- hasta alcanzar en tiempo real de la acción beisbolera. Era una delicia escuchar como Don Pedro apresuraba la narración cuando en realidad, los jugadores cambiaban de entrada.
Lo que no había que perderse era el domingo del juego anual “Cómicos contra luchadores”, y si sobraba una lanita, entrarle a una o dos rondas de cerveza y los taquitos de cochinita pibil y cuando la bolsa estaba muy pobre, los tacos de canasta, tres por un peso. Había que ver al Resortes en la loma del pitcheo, a Vitola robándose –literalmente robándose- la base correteada por Blue Demon o El Santo; las discusiones del enano Tun Tun con el Cavernario Galindo, el Chelelo de manager, el Musulungo Herrera de umpire ponchando al Huracán Ramírez. Luego venía el juego en serio, las porras se ponían al tú por tú, las gracejadas y puntadas del público hacían las delicias un espectáculo familiar, así como lo escuchábamos, en familia, aquellas cálidas tardes-noches del verano ignaciano.
En 1980 sucedió la huelga de beisbolistas, los jugadores luchaban por sus derechos, el beisbol paró y nunca se recuperó. Los Tigres emigraron a Cancún. El estadio del Seguro Social cerró sus puertas el uno de junio del 2000. Ahora es un gran centro comercial llamado Parque Delta.
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LA MARGARITA.
Por Arturo Meza Osuna.

Habíamos vivido tan bien y tan cómodos durante el año y medio que el Joel se hizo cargo del departamento, tiempo en que el Roberto nos abandonó, de tal manera que tuvimos que meter a dos elementos para sustituirlos, para aligerar el alquiler pero cada quien compraba su leche y le ponía su nombre, el desayuno eran dos huevos con un pedazo de jamón, bolonia o chorizo, un licuado de plátanos, tortas, quesadillas, cajitas de cereal, nada podía quedar, nada podíamos guardar en el refrigerador porque desaparecía. Algunos nos abonamos en una fonda “La Tlaxcalteca” para la comida fuerte del día, 8 pesos la comida corrida: arroz –con huevo o sin huevo- un guisado (puchero, milanesa, ropa vieja, chiles rellenos, mole de olla, caldo tlalpeño, etc) agua fresca y un postre que generalmente era un plátano o una sonrisa de sandía o de melón.
Empezaba 1975 cuando conocimos a la Margarita. Llegó a pedir trabajo. Tenía 14 años y acababa de llegar de Oaxaca, apenas hablaba español, era analfabeta. Podía limpiar el departamento, lavar los trastes, lavar la ropa, hacer mandados y vivir en nuestro cuarto de azotea que no utilizábamos, todo por solo 300 pesos -50 cada quien- una ganga. Al otro día teníamos a la Margarita de 14 años que parecía una niña de 9, chaparrita, callada, seria, mirada hosca, huidiza. No nos entendía, quizás porque los sudcas hablamos muy rápido con una pésima dicción. Todo lo arreglaba con un sí o un no. No más.

Un día la fuimos a inscribir a la escuela, en un principio no quería ir pero la obligamos. Había una nocturna –para trabajadores- en el rumbo de la Colonia Algarín –entre la Álamos y la Obrera-, le compramos útiles y le vigilábamos su asistencia. Era muy tierno ver al Marcos, un sonorense de uno noventa y ciento veinte kilos, preocupado porque la Margarita no llegaba de la escuela o celándola cuando un galán la acompañaba hasta la puerta -¿Quién es ése- -¿Qué quiere contigo?- -no andes de furcia- -conserva el buen nombre de esta casa.
La Margarita, fue la viva imagen de la reivindicación y el empoderamiento femenino mediante el conocimiento y la preparación. Cuando recién llegó era de lo más sumisa, todo lo que le ordenaban hacía. En cuanto aprendió a leer y escribir, a leer anuncios, etiquetas; que aprendió a contar y reclamar la feria, empezó por movernos para barrer y trapear, luego se negó a hacer mandados –ve tú, decía -, puso horario, después de las cuatro no atendía, no se podía fumar con la Márgara presente- y desde que comprendió la falta que nos hacía, pidió aumento de sueldo y como a los seis meses de ejercer como nuestra ama de llaves empezó a maldecir en Triqui: algo que no le gustaba, que no quería hacer, cuando comprábamos –por ejemplo- cerveza o tirábamos bachas, lanzaba una jeringonza en su idioma que, sabíamos, nos estaba mentando la madre –nomás por la expresión- a lo que solo alcanzábamos a contestar -¡la tuya! –

La información que de la Márgara teníamos se le sacamos con tirabuzón. Era de la etnia Triqui, la menor de 7 hermanos, en su comunidad era de lo más normal que las vendieran y se casaran a los 9 – 10 años. La Margarita ya era una quedadona en San Juan Copala a donde fuimos, una vez, una semana santa y recibimos trato de dignatarios, nos pusieron unas coronas de flores e hicieron una limpia con ramas aromáticas y humo, nos regalaron huipiles rojos y botellas de mezcal. La zona Triqui ha sido muy movida políticamente, la lucha por la posesión de la tierra había provocado muchos desterrados y encuentros fratricidas. Incluso había una fracción Triqui armada. En fin, los Triquis eran de armas tomar y la Margarita –la nueva Margarita- no era la excepción.
Empezó siendo como nuestra hija, luego nuestra hermana y terminó como nuestra madre. Nos regañaba por todo –que no se levantó para ir a la escuela –que esa mujer no te conviene – que dejas muy sucios los calzoncillos, – come frutas y verduras- Dirigía con mano de hierro el aseo de pisos-¡pobre que metieras lodo en los zapatos!- baños y lavatrastes; ordenaba las escasas finanzas colectivas, ya no iba a mandados, al contrario, ya le hacíamos los mandados –en el mal y buen sentido-. Estudiaba buena parte del tiempo, leía el periódico además hacía bordados que vendía a los vecinos.
Dejé a la Margarita cuando pasó a cuarto grado, casi con 17 años. No había cambiado mucho, creció muy poco pero ya se le dibujaba una bella sonrisa, los ojos brillantes, vivos, profundos y oscuros. Me despedí de ella cuando tuve que ir a cumplir con mi Internado Rotatorio de Pregrado a Cd. Mante, Tamaulipas. Alguna vez fui a la Cd de México, la visité, ya le habían dado el certificado de primaria –me lo enseñó, orgullosa- Quería ser maestra para regresar a San Juan a enseñar.
Luego la perdí de vista. Me la imagino regañando chamacos en San Juan Copal

 

 

 

 

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