En mi rancho el becerro es mío Compilación de Sergio Ávila R. Por Gil Sánchez*

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Don Melquiades entró decidido a la cantina del pueblo. Sin mirar a nadie, pidió una botella de tequila, llenó su vaso tequilero con una cara testaruda de resolución. El tercero lo tomo de un trago, de golpe. La cara se le puso roja al igual que sus ojos, y éstos, se vaciaron de lágrimas, como si su pesar no pudiera ya soportar el dolor comprimiendo a la dignidad.

Bajo la cabeza entre sus hombros caídos y el llanto en silencio no se detuvo, como si el tequila se saliera por sus ojos. Después de calmarse poco a poco, sacó su pistola y le habló al cantinero. Éste, al girar a verlo, espantado, recibió un balazo en la entrepierna y le dijo:

––Ya no tendrás hijos, cabrón.

Luego, vació su pistola sobre el pecho del cantinero y en voz baja se dijo: ¡ni serás padre de mi hjo!

NOTA

*Gil Sánchez es un escritor y médico jubilado del IMSS de Monterrey, N.L., que en el año 2015 fuimos compañeros talleristas, en un encuentro on line de Creación Literaria, auspiciado por la “Universidad Sagrado Corazón” [USC] de San Juan de Puerto Rico –la antigua Borinquen, a la que el poeta José Gautier llamó “La perla de los mares”.

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