Mi comadre, la seño. Arturo Meza O. /A mi amá que este 4 de enero cumplió 87 años./ (Relato)

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MI COMADRE, LA SEÑO.
* A mi amá que el 4 de enero 2021 cumpliría 87 años.
Por Arturo Meza Osuna.

Mi madre nació en Santa Rosalía, ahí conoció a mi padre y se casaron apenas cumplidos los veite años. Ella dedicada al hogar, él trabajaba en la tienda de la Compañía El Boleo y por las tardes ayudaba en la panadería de mi abuelo en el barrio de Ranchería. Cuando la compañía minera cesó sus funciones definitivamente, que gran parte de Cachanía emigró a otras ciudades, mi padre encontró un empleo de panadero del Internado para niños de San Ignacio.
Llegamos a San Ignacio a principio de los sesentas, habitamos una de las cinco casas para empleados y profesores que había en el Internado y también escuela primaria. Prácticamente vivíamos en la escuela. Con el tiempo, mi madre también entró a trabajar en el internado como ecónoma, algo así como la encargada de las más diversas necesidades de los niños: que asistieran a la escuela, de su comportamiento, su aprovechamiento escolar, de las comidas, del aseo, de la salud, de sus labores extraescolares, de su ropa, hasta de consolarlos cuando, lejos del rancho, los más pequeños, sobre todo, lloraban y extrañaban a la familia. La relación con los padres de los niños siempre fue muy buena y todos la llamaban, “la seño”.
En Guerrero Negro, en el burdel conocido como “Las Bombas”, las prostitutas que llegaron jovencitas, poco a poco, fueron edificando habitaciones en esos grandes baldíos cercanos al burdel, fueron teniendo hijos que nacían y crecían en tal sitio y cuando llegaron a la edad escolar, las autoridades vieron la necesidad de sacarlos de tal ambiente y se propuso el internado de San Ignacio, seis, siete niños, hijos de cinco mujeres fueron los primeros que arribaron a cursar la primaria en el –ahora- albergue de San Ignacio.
Los niños se establecieron y las madres, muy responsables, iban con cierta frecuencia a visitarlos y a encargárselos a la Seño, a mi madre le dejaban dinero, dulces, regalillos, como casi todos los padres, para que se los administrara. Crecían los niños, aprendían a leer y a escribir y a la edad de nueve, diez años, les llegaba la época de cumplir con la Primera Comunión. Recuerdo a las señoras muy orgullosas, bien vestidas, sonrientes y airosas que acompañaban a sus hijos igualmente guapos y elegantes vestidos para su Primera Comunión. Las señoras de Las Bombas no tenían muchos conocidos en San Ignacio de tal manera que la madrina –indefectiblemente- era mi madre. En cuanto terminaba la ceremonia, mi madre se convertía en “mi comadre, la seño”.
Cuando terminé la carrera de medicina, en busca de chamba, me encontré que en Guerrero Negro, en la empresa salinera, estaban solicitando médico. Me entrevisté con el Dr. Noyola y al otro día ya era parte del staff junto con el Dr. Carlos Ávila, el Dr. Cirilo Álvarez, el Dr. Andrés Lagarde y el propio Dr. Sergio Noyola que era el director. El gobierno había dejado el asunto de la salubridad en manos de la compañía y muchas de las funciones del Estado en materia de salud, las cumplía la clínica de la Compañía Exportadora de Sal, entre ellas, el asunto de la salubridad de las señoras del burdel.

Cada mes tenían que acudir, para renovarles la tarjeta para ejercer, practicarles una revisión general, cultivos vaginales y papanicolau. Era una lata para los médicos, era trabajo no remunerado que se hacía de manera obligatoria de tal manera, que tal trabajo se lo dejaron al nuevo, joven e inexperto. – te va a tocar, ni modo- me dijeron y una sábado de cada mes me encontraba con las señoras para hacer el reconocimiento y el papeleo.
Era un trabajo realmente gozoso por las bromas encendidas de color de las muchachas, las insinuaciones, el desparpajo. Eso sí, todas preguntando por la comadre, todas con halagos a la generosidad, la atención, la bonhomía de mi madre – su comadre-
-Doctor, ¿Cómo está mi comadre? – salúdeme a mi comadre- – ay tan buena mi comadre- -es una gran persona mi comadre- Entre preguntas y el escandalillo que armaban las muchachas en el ala de consultorios de la clínica, a otras personas que esperaban consulta les llamaba la atención que al médico, las señoras, le preguntaran con tanta insistencia por su comadre -¿Quién será la comadre? -se preguntaban.

A mi madre, para hacerla refunfuñar, le contaba que ante la pregunta, yo siempre respondía -“la comadre” es mi mamá, que también se dedicó al oficio pero que ya, por la edad, está retirada- y soltaba la risa y un ¡que bárbaro! al final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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