No le metan láminas. Por Arturo Meza O. (Relato)

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NO LE METAN LÁMINAS
Por Arturo Meza Osuna.
Antes de las carreteras que hoy existen para comunicar la Costa del Pacífico –aun incompletas- como se podrán imaginar, los caminos eran malísimos: pedregales escabrosos, médanos húmedos, brechas arenosas que el viento las borraba, ya no se distinguían las huellas y había que hacer nuevos caminos. Había zonas de arena suelta, como talco, que cuando llovía se convertía en un lodo pegajoso. Lo peor del viaje eran los atascos, cuando la parte baja del chasis tocaba el camellón de arena, el carro patinaba y había que hacer mil maniobras para sacarlo de ahí.

 Los pescadores viajaban en pick ups austeros de cuatro velocidades, tracción trasera; los más afortunados llegaron a conseguir viejos carros de la Segunda Guerra llamados “comandos” con tracción delantera que traían incorporado un “winche” –malacate- mecánico en el frente junto con un carrete de cuerda de acero, eran especiales para esos terrenos. La gran mayoría cargaba láminas, eran parte integral del pick up del Pacífico Norte. Cuando sucedía el atasco, las láminas se metían entre la llanta y la arena para que la llanta rodara sobre la lámina y no siguiera haciendo el socavón en la arena que empeoraba el atasco. Las láminas hacían milagros.
Cuando las cooperativas pesqueras del Pacífico Norte se afiliaron a la Confederación Mexicana de Cooperativas Pesqueras y Acuícolas, algunos miembros de las mesas directivas tenían que viajar hasta la Ciudad de México para revisar contratos, recibir algún tipo de actualización, programación de vedas, adiestramiento en leyes, en contabilidad y otros asuntos. Algunos conocían, cuando mucho, Ensenada en donde tenían sus oficinas y razón social las cooperativas, la gran mayoría nunca había estado en la Ciudad de México de tal manera que todo les impresionaba, todo lo veían con curiosidad, todo querían conocer.
En una de esas comisiones, alguna vez, le tocó a Eulalio “El Víbora” Espinoza quien nunca había estado en la Ciudad de México. Después de casi una semana de estancia de ir y venir de su hotel a la sede de la Federación todos los días, no había conocido más ciudad que ese caminito diario, ya se lo sabía y quería cambiar de paisaje, eran los últimos días de su estancia y deseaba conocer más que nada La Basílica de Guadalupe. Muchos de éstos pescadores contactaban en el DF con varios estudiantes oriundos de La Costa, éstos se encargaban de guiarlos, pasearlos, ilustrarlos y desde luego, aprovechar la ocasión de comida y bebida a cuenta de la cooperativa. El Víbora conocía –desde pequeños- a los Murillo Amador, estudiantes de Bahía Tortugas, que, después de los saludos de rigor, empezaron con las cervecitas, a contar las novedades de la tierra, la cháchara, en fin, para luego cumplir los deseos de El Víbora de no regresar sin conocer el santuario de la Virgen de Guadalupe.
Ya al puntón tomaron un taxi rumbo a La Villa y se bajaron antes de llegar a la Basílica para caminar por la Calzada de los Misterios que llega directamente al templo y los devotos acuden, por esa calle, muchos de ellos, de rodillas, a pagar mandas, expiar culpas, pedir milagros. El Víbora veía asombrado como los fervorosos peregrinos avanzaban trabajosamente, algunos con las rodillas sangrantes; les buscaba la cara, sus expresiones, se acercaba demasiado a ellos. Hacía gestos lastimeros cuando alguien se cansaba y paraba o había que secarle la sangre para continuar con su sacrificio. Estaba realmente impresionado. La gran mayoría eran morenos, indígenas, de baja estatura a los que El Víbora hubiera querido ayudar, infundirles ánimos, solidarizarse de alguna forma. Era evidente que estaba deslumbrado por la abnegación, la fe, de esas personas.
El Víbora dejó de caminar a la velocidad de los muchachos y se retrasó al paso de los peregrinos, acompañándolos, viéndolos a todos pasar alucinado ante el espectáculo que significaba esa gran cantidad de personas que acudían al santuario de la virgen. Los muchachos –los Amador Murillo- pacientes, esperaban más adelante a que el Víbora se incorporara a la caminata.
En eso, una mujer rubia, que sobresalía entre todos por su color, su estatura, su joyería exquisita, su escandaloso perfume, su ropa fina, su apostura de dueña, que con gesto desdeñoso avanza de rodillas mientras una mujer indígena la cubre con una sombrilla y otra, a cada paso le va colocando un tapete bien acolchado para que no lastime sus rodillas, es entonces que El Víbora empieza a gritar como si fuera un árbitro que saca tarjeta roja mientras apuntaba a la señora blanca de ropa fina: ¡No le metan láminas!¡no le metan láminas!.
Nadie entendió la expresión, solo los estudiantes que trataban de que se callara pero no podían parar de reír.
Tiempo después, al Víbora le ocurrió un suceso milagroso, algo inusitado que salvó su vida, que, sin duda, se lo achacó a la Virgen de Guadalupe, en recuerdo de aquella visita al Tepeyac.

 

 

 

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