El santo olor de la navidad. Arturo Meza O. Diciembre/ 2020./(Relato)

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EL SANTO OLOR DE LA NAVIDAD
Por Arturo Meza Osuna.
* Para mis hermanos: Alicia y Cheché.
Éramos humildes, pobres materiales y vivíamos en San Ignacio. En diciembre los vientos helados del Pacífico entran a San Ignacio sin contención por el desierto plano y había que sacar las prendas más abrigadoras para ir al cerro en busca de un torote. Era el olor de la navidad. Tenía que ser un torote adecuado, de forma triangular, un tronco fuerte, frondoso que figuraba en nuestra mente de niño como un soberbio pino montañés. Luego, el tronco, los ramales, los pintábamos con cal para figurar la nieve y colgábamos cuantas manualidades con vivos plateados y dorados hacía nuestra madre. Teníamos así, todos los años, nuestro muy autóctono y aromático, árbol de navidad.
Se acercaba la navidad, llegaban las vacaciones y la vida familiar transcurría alrededor de la radio, atentos el béisbol de la Liga del Pacífico –en la DM de Hermosillo- a las radionovelas –Chucho el Roto, el Ojo de Vidrio- y a los programas de la XEW –el Risámetro, el Dr. IQ. – desde San Joaquín y San Zacarías llegaba otro evocativo aroma invernal en forma de naranjas que comíamos, por la noche, con fruición acompañados de una mezcla de sal con chile piquín.
Entre la plática familiar, la radio o el juego de dominó esperábamos la navidad mientras pedíamos, muchas veces sin esperanzas, los juguetes del famoso catálogo de la Montgomery que llegaba por correo, creo, a todos los hogares del país. Páginas y páginas de rifles de municiones, carritos, muñecas, juegos de cocina; trajes de vaquero, de romano, del llanero, de los halcones negros; bolsas de soldaditos de plástico, canicas, etc, todos con una breve descripción y el precio. Había que encargarlos a México y a vuelta de correo, en una a dos semanas, llegaba el cargamento que los padres escondían en un rincón para sacarlos el 24 por la noche.
Una de las agradables tareas era la de enviar y recibir tarjetas de navidad. Entrado diciembre, el correo se llenaba con tarjetas navideñas que cuando llegaban a casa, abríamos expectantes. Había de todo tipo, austeras, emperifolladas, grandes, pequeñas, ornamentadas con motivos navideños, y elegantes letras script doradas. Eran los buenos deseos de amigos y parientes; de los comercios, de quienes no conocíamos y nuestros padres nos explicaban que eran amigos de juventud, que vivían lejos pero se acordaban de nosotros. Era una costumbre que parecía nunca se extinguiría, sin embargo, para quebranto de las imprentas y de una buena costumbre, ya nadie manda tarjetas navideñas.
La noche de navidad no había pavo. Lo que había era el horno caliente de la panadería que mi padre atizaba desde muy temprano, y desde muy temprano llegaban las charolas con el lechón recién muerto y eviscerado. Unos cuantos toque de condimentos y se metían al horno, en cocción lenta, nueve, diez horas, poco a poco salían los olores a cerdo horneado que inundaban la cuadra. Por la noche, a la hora de la cena de navidad, el puerco tenía el cuero brilloso, crocante –como dicen ahora- achicharronado y la carne humeante se desprendía, fácil, de los huesos.
Todo el pueblo asistía a misa de navidad, desde las seis de la tarde empezaban los primeros repiques y nos llevaban a los niños recién bañados y con las mejores garras. Era grandioso entrar a la magnífica iglesia de San Ignacio, el entorno formado por el olor a incienso, los coros maravillosos que hacían Nati Fischer, Elba Floriani, la Cuca Castro y Lolita Rouseau, entre otras y la formalidad del acto daban aspecto sagrado a aquella noche que suponíamos, nacía Jesús, nuestro señor.

Pero del Santa, no había mucho que esperar. Ya desde entonces era convenenciero y neoliberal: siempre le llevaba más y mejores regalos a los ricos. No era parejo y se notaba todas las navidades. No era cierto aquello de que “¡si te portas bien, el Santa te traerá lo que le pidas!” Chamacos burros en la escuela, chamacos cabrones, dañistos y traviesos el Santa los trataba muy bien porque eran hijos de quien eran, en cambio con mi hermana que siempre sacaba el primer lugar en la escuela, el Santa era tacaño y remilgoso. Igual sucedía con los niños del internado rural, el siniestro gordo, a veces, ni siquiera pasaba por ahí. No había mucho que esperar de él, desde entonces sabíamos que se portaba mejor con los hijos de los ricos y gacho con los niños pobres.
Quizás por eso nunca tuvimos fe en el Santa. Nuestros padres entraban al quite porque Don Victorino Arballo, “el maistro carpintero” nos hacía unos carritos fenomenales que competían con los Tonkas –que deseábamos con toda el alma pero que nunca nos amanecieron- de nuestros vecinos ricachones. Pero en los caminos sinuosos, con brecha, voladero y cuestas, los Tonkas fuertes, rígidos, se volteaban; los nuestros –de madera- eran mejores en las maniobras. El intercambio no se hacía esperar. Aprendimos así que podíamos intercambiar cosas, que había valores perennes –no intercambiables- como la familia, la tranquilidad y la esperanza en una vida mejor, pero también, como dice Joan Manuel, aquellas pequeñas cosas, personales, íntimas, como escuchar la radio en familia, pelar naranjas, jugar dominó en la cocina, ver juguetes por catálogo, leer los buenos deseos de las tarjetas al calor de una infusión, acompañados del olor del torote que era y sigue siendo para nosotros, el santo olor de la navidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

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