EL DOCTOR RUTILO Y EL TOTO

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EL DOCTOR RUTILO Y EL TOTO
Porturo Meza Osuna.

El Dr. Rutilo López Lara llegó a San Ignacio a hacer el Servicio Social procedente de la Universidad de Baja California. Pronto se involucró con la comunidad y con la palomilla joven del pueblo que suele hacer amistad con los pasantes de medicina y profesores debutantes, así que el Dr. Rutilo era invitado constantemente a las reuniones pero casi siempre se disculpaba, alegaba trabajo, compromisos, cualquier cosa pero raramente asistía a los festejos, abulonadas, carnes asadas, lunadas, etc. con que la juventud mata el tedio pueblerino. Después de seis meses de estancia, el misterio quedó resuelto. El Dr. Rutilo tenía una muy mala borrachera. Tal constatación sucedió después del beisbol, San Ignacio contra Punta Abreojos. Los muchachos, incluyendo al doctor, siguieron libando, entre chistes, anécdotas y mitotes, cayó la noche, fueron por más cerveza. Rutilo empezó a desinhibirse con bromas pesadas y risas burlescas, al rato le dio por la violencia, a alguien le buscó pleito, se hizo de palabras, lo calmaron, después intentó meterse al agua, tuvieron que detenerlo, se quitó la ropa, lo vistieron, cantó, siguió bebiendo hasta que los efectos sedantes del alcohol aparecieron y quedó dormido en la loma del pitcheo. “El pítcher” le apodaban los cercanos.
El Toto y otros compañeros lo auxiliaron, en calidad de bulto lo subieron al carro y lo depositaron en su casa. Al otro día temprano, el Toto le llevó un plato de menudo con el que el Dr. Rutilo terminó de despertar y medio curarse la cruda. Desde entonces, una gran amistad surgió entre ambos. El Toto se convirtió en fiel escudero de Rutilo.
El Toto, soltero cuarentón, miembro de una amplia familia ignaciana, pasó su primera juventud en San Ignacio de donde desaparecía por meses y hasta años. Se embarcó varias veces, viajó hasta Alaska, cruzó el estrecho de Magallanes, pasó por el Canal de Panamá, no había puerto que no conociera. La de anécdotas y aventuras que contaba el Toto de sus largos viajes por los siete mares. Su fuerte era la cocina pero conocía al dedillo las maniobras de navegación. Retirado prematuramente, en San Ignacio se mantenía con trabajos poco estables, vendía y compraba lo que fuera. Nunca traía un cinco en la bolsa pero su simpatía, su capacidad de milusos lo sacaba adelante. Era un tipo divertido, excelente amigo. En la fiesta era el que preparaba las almejas, era el que asaba la carne, era el que hacía las salsas, el que iba por la cerveza, el que contaba los mejores chistes, ponía los mejores apodos y las mejores ocurrencias.

 Al cabo de un año, Rutilo terminó el Servicio Social pero siguió prestando sus servicios privados en el pueblo. Era un médico muy querido, la gente le perdonaba sus eventuales desfiguros cuando se le pasaban las copas porque sobrio, era un médico muy atinado, muy serio, de finas formas, muy comprometido con los pacientes, siempre aseado, bien vestido y perfumado. Para Doña Matilde, la madre del Toto, Rutilo era casi dios. Contaba, Doña Matilde la vez que el Dr. Rutilo la salvó de morir desangrada con un oportuno diagnóstico y rápido traslado para ser operada en Santa Rosalía, el doctor le dio de su sangre, jamás lo olvidaría. Rutilo le controlaba, periódicamente, la presión y los dolores a los que ningún médico les había atinado. Rutilo también le tenía gran aprecio, Doña Matilde se deshacía en atenciones cuando Rutilo acudía a buscar al Toto a esa ratonera que el Toto edificó al lado de la casa materna.
En la pequeña habitación del Toto se hacían borracheras y festejos de todo tipo, siempre estaba dispuesta, entraban y salían toda clase de individuos, siempre había amigos cerveceando, tocando guitarra, jugando cartas o simplemente conversando. Una vez la fiesta estaba más y mejor,
enfrente, en el corredor, Doña Matilde y las vecinas tomaban el café mientras veían salir y entrar a los amigos del Toto, entre ellos, el doctor Rutilo. Entrada la tarde, después de la comilona de almejas rellenas que el Toto preparaba como nadie, de varios viajes por cerveza, de sacar las botellas del “desempance”, de ver trastabillar a varios asistentes que salían mientras otros entraban a la habitación, las señoras y Doña Matilde sentadas en el corredor no perdían detalle del curso de la borrachera.


En esos estaban las señoras, en lo más granado del cotilleo cuando vieron al Doctor Rutilo salir pedísimo: despeinado, nariz roja, mirada extraviada, agarrado de la pared, un paso pa delante un paso p’a atrás, sin reparar en las miradas de las señoras que nada se les escapaba, el doctor se bajó la bragueta, buscóse, encontróse, sacóse la fláccida bichola y púsose a orinar frente al público, Doña Matilde y sus acompañantes no daban crédito, las expresiones de las señoras avergonzaron tanto a Doña Matilde que sentía que la imagen inmaculada del doctor en su mente se manchaba, se derrumbaba, se le escapaba de las manos; que no podía ser lo que estaba viendo, que el doctor, tan limpio, tan decente, tan amable y tan bueno, no podía ser el autor de tan tremendo desfiguro. Doña Matilde sudaba y aceleraba el abanico, volteaba para no seguir viendo, para borrar esa impensable escena, para limpiarla, suprimirla y no le quedó otra manera de exculpar al doctor que exclamar – ¡si eso hacen los doctores, que no hará el Toto!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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