De Holanda a la Paz./Narración/por Arturo Meza O. /08 09 20/

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DE HOLANDA A LA PAZ
Por Arturo Meza Osuna.

Rudd y Yanika se conocieron en la Universidad de Amsterdam en 1979, ella, a punto de cumplir 23 años había terminado su licenciatura en lenguas extranjeras, él, tres años mayor, una maestría en Empresas Sustentables; ella andaba en busca de trabajo, él, se había contratado en una empresa trasnacional que vendía equipos de buceo, kayaks, chalecos salvavidas y otras mercancías de exploración marina. A Rudd y a Yanika les encantaba la idea de viajar, de conocer, especialmente países de América Latina. Desde aquel viaje al sur de España, habían soñado con vivir frente al mar, en esos países tropicales, soleados y calurosos, lejos de los días fríos, nublados y húmedos de Amsterdam. Al siguiente mes, los deseos se hicieron realidad: surgió la posibilidad de hacer negocios en el occidente de México, la pesca deportiva en el Golfo de California se había convertido en un mercado pujante, creciente, progresivo, su sede, La Paz Baja California Sur.
Ella buscó afanosamente la localización del lugar, habló con sus padres, preparó maletas, llamó a los amigos y acordaron de juntar boda con fiesta de despedida. Recién casados, después de los parabienes de rigor se fueron al aeropuerto rumbo a la Ciudad de México y de ahí, un avioncito los trajo a La Paz, llegaron la tarde del 31 de agosto de 1980. Se instalaron en el Hotel Perla, cenaron, escucharon música, vieron gente pasar, luego hicieron un breve paseo por todo el malecón. A pesar de estar, en medio del verano, una fresca brisa marina los acompañó de vuelta al hotel.
Antes de dormir encendieron la TV, empezaba el noticiero local. “El Pulso del Mundo”, ambos, Rudd y Yanika vieron la pretenciosa entrada del globo terráqueo que daba vueltas y luego aparecía el locutor, de voz áspera, algo ruda que contaba la jornada noticiosa de la capital Sudcaliforniana. Pasaron por las candidaturas, el mal estado de los caminos vecinales, inauguraciones del gobernador, los preparativos para la visita del presidente, un reportaje del Hotel Finisterra, los resultados deportivos y el gato en el árbol.
Fueron casi 15 minutos -la mitad del noticiario- el caso del gato en el árbol. Un cachorro, en sus primeras travesuras lejos del ojo de mamá gata, se subió a un árbol en el centro de la ciudad, sin medir consecuencias, subió y subió, el problema fue la bajada, ya no se atrevió y empezó a buscar ayuda, a maullar cada vez más fuerte, tan fuerte que fue escuchado por varios vecinos que se arremolinaron alrededor del árbol. Trataron de bajarlo con sus medios pero prefirieron llamar a Servicios Públicos, acudió una cuadrilla pero no encontraron la forma de bajar al gato, así que llamaron a Protección Civil. La historia se alargaba, Rudd y Yanika, permanecían atentos.
La cuadrilla de Protección Civil, con una escalera que fue insuficiente tampoco encontró la forma de rescatar al gato, de tal manera que tuvieron que llamar a los bomberos. Ya se habían reunido unos veinte servidores públicos, además de transeúntes, vecinos y mitoteros, más de cincuenta personas rodeaban el acontecimiento. Cuando llegaron los bomberos, con una escalera más larga, un esforzado tragahumo intentó el rescate, cuando casi lo tenía en sus manos, el gato empeoró las cosas, nervioso ante la presencia humana huyó a ramas más altas a donde ya no podía llegar el bombero. El asunto se complicaba, necesitaban alguna grúa que pudiera elevar al rescatista hasta las alturas donde se había alojado el gato. Los únicos que podían poseer grúas de ese tipo, era la Comisión Federal de Electricidad.
Llegó el Presidente Municipal, también candidatos a diputados que se mostraron preocupados, que hacían gestiones para que la CFE facilitara una grúa. Después de dos horas aparecieron los
electricistas, mientras tanto, la afluencia seguía creciendo. Ya habían llegado vendedores de paletas, el maistro del ceviche, el de las donas, el de los hates, mucha gente tomó su mejor localidad, cerca de cien personas que opinaban la mejor manera de hacerlo, decenas que sugerían modos, procedimientos, había, incluso, discusiones subidas de tono entre los servidores y entre el público que ya habían rebasado, a esas alturas, las doscientas personas. El gato no dejaba de lloriquear. Rudd y Yanika seguían expectantes el curioso suceso.
El reportero andaba de un lado para otro, hacía entrevistas a los trabajadores que explicaban las dificultades, preguntaba al público, sacaba sus conclusiones. El camarógrafo se esforzaba por tomar al gato que entre el follaje, el movimiento de las hojas no deba muy buen encuadre y el gato se perdía. Rudd y Yanika, atónitos, sin despegarse del televisor, también estaban preocupados por la suerte del minino.
Finalmente, después de casi seis horas de tensión, un esforzado electricista, fue izado por una grúa hasta el lugar, tomó delicadamente al gato, lo apretó en el pecho y en ese momento sonó un atronador aplauso. Como héroes, gato y hombre fueron ovacionados por las más de trescientas personas que reunió el suceso.
Al otro día, Rudd y Yanika desayunaron temprano, Rudd tenía citas de negocios, Yanika se dedicó a recorrer la ciudad, a practicar su español. A todas las tiendas, en todas las partes, a donde quiera que fue, no se hablaba de otra cosa más que del rescate del gato.
Cuando Yanika regresó al hotel, ya había tomado la decisión: con Rudd o sin Rudd, se quedaría a vivir en la Paz. Donde el acontecimiento de un gato atrapado en un árbol requirió la atención de todo el aparato público, la comunidad y tiempo de TV, era una comunidad digna de vivir en ella.


Rudd y Yanika, hace unos días, cumplieron 40 años de residir en La Paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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