El año en que me llamé Romeo. por Arturo Meza O. /20 08 20/ (Relato)

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EL AÑO QUE ME LLAMÉ “ROMEO”
Por Arturo Meza Osuna
Como saben, desde los años 40’s, Don Gustavo Baz estableció que todos los estudiantes de medicina tenían que hacer Servicio Social durante un año. No te expiden el título si no tienes acreditado el Servicio Social. Es la única manera que el Estado Mexicano puede cubrir con médico poblados pequeños e inaccesibles a donde nadie querría ir. En otras ocasiones son bandas del crimen organizado la mayor amenaza para los médicos debutantes. Es la hora de poner en práctica conocimientos aprendidos sin malla de protección. El Médico Pasante de Servicio Social es, entonces, ese esforzado y valiente sujeto que inicia su vida profesional en una pequeña comunidad, una experiencia apasionante, algo que el médico nunca olvida.
El trabajo que se le asigna al pasante es el de medicina preventiva o medicina comunitaria, tiene que hacer primeramente un censo y luego clasificar por género, edades, estado civil y otros rubros que sirven para seleccionar los grupos susceptibles a las diferentes tareas, para elaborar una programa con metas y objetivos, labores como aplicación de vacunas, pláticas de educación sexual, detección de cáncer cervicouterino, detección de cáncer de mama, pláticas comunitarias de nutrición, de planificación familiar, cuidados materno-infantil; programas de desarrollo y crecimiento, enfermedades gastrointestinales, hidratación oral, lactancia materna, detección de hipertensión, obesidad, etc. además, claro, de la atención primaria en la consulta y derivación de pacientes a otros niveles de atención.


Me tocó en San José de Aura, Coahuila, en la llamada Cuenca Carbonífera, donde se extrae el 95% del carbón del país. En principio ni en el mapa aparecía el pueblito de 1500 habitantes, no eran tiempos de google map ni Wikipedia. Tuve que ir a Saltillo para preguntar, de ahí me mandaron a Nueva Rosita donde entregaría los informes epidemiológicos y en Nueva Rosita me indicaron que tenía que tomar un camión que daba una a vuelta por toda la Cuenca Carbonífera que forma un circuito que empieza en Nueva Rosita, sigue por Cloete, de ahí se llega a Palau, luego Múzquiz, después está Barroterán, le sigue La Escondida, se continúa por Esperanza, para llegar a La Florida y después está San José de Aura que es el penúltimo pueblo de la Cuenca porque termina con un pueblito llamando La Luz.
Éramos dos pasantes de medicina y dos pasantes de enfermería, además de la enfermera de base, el médico de base y un administrador, luego hicimos parejas los pasantes, a mí me tocó trabajar con la enfermera Armandina, que era una jovencita muy guapa y agradable de la universidad de Coahuila. Apenas nos presentamos, congeniamos y empezamos a hacer nuestro plan de trabajo, la justificación, los objetivos, el cronograma, las metas y todo el protocolo. Pasábamos noches de guardia juntos dándole vueltas al asunto, buscando información, material didáctico, hicimos un periódico mural, armamos diapositivas, etc. Nos abonamos con Doña Angelita que hacía una comida exquisita así que salíamos a comer juntos. Igual nos ausentábamos todo el día cuando salíamos a poner vacunas; cuando me tocaba la consulta, Armandina me ayudaba, tomaba los signos vitales, pesaba pacientes y juntos íbamos a la tienda, al jaripeo del fin de semana, a bailes, a Nueva Rosita a entregar informes, a donde quiera, por eso, el Sr. Padilla, el administrador, nos llamaba Romeo y Julieta.


Que preguntaban donde ando –está con Julieta- que salíamos juntos –ya van Romeo y Julieta- que ¿a quien le toca la guardia? –a Romeo y Julieta- ¿Quienes van a Nueva Rosita? –Romeo y Julieta- que me buscaban -¿Dónde está Romeo?- que me alcanzaban los expedientes –ai te van, Romeo- –
que me acusaban –fue Romeo- que le gustaba mi bata -¿Dónde la compraste, Romeo?- que no pagaba la coperacha para la carne asada –faltas tú, Romeo- que me dejaban un regalo –ai te dejaron, Romeo- que preguntaban de quien era el estéreo –es de Romeo- La gente, los pacientes que acudían a la clínica escuchaban tales referencias y no tardaron en llegar a preguntar por el Doctor Romeo que ¿Quién te citó? –el doctor Romeo- y luego se escuchaba -¡Romeo, ai te hablan! Hasta el director me empezó a llamar Romeo y al rato mis compañeros me decían Romeo. Al principio trataba de corregir, de explicar que no me llamo Romeo que fue el pinche del Padilla quien nos puso Romeo y Julieta pero era inútil, era abrumador. Al fin de cuentas tampoco me disgustaba, no era un mal nombre, me podía quedar con él.
Sucedió el último día del servicio social, hubo una fiesta de despedida al doctor Romeo que terminaba su servicio social, después de la comilonga, abrazos y parabienes en el pueblo, se juntaron los amigos para llevarlo a Esperanza, a los burdeles de Esperanza, a seguirla. En medio de libaciones, chistoretes y brindis por los buenos tiempo, un tipo reclamó algo a uno de los nuestros, se hicieron de palabras, al rato fueron insultos y manotazos, uno de ellos sacó un arma, la cosa se ponía fea. En tratar de establecer el orden y la paz se hizo el montón, los golpes venían en todas direcciones así que optamos por salir corriendo para subirnos a nuestros carros. Dos adelante, tres agazapados en la caja del pick up. Apenas arrancamos y el de la pistola accionó el arma, trató de cerrarnos el paso, se colocó en frente, aceleramos, se oyó otro tiro y luego un fuerte golpe en el lado izquierdo del carro, lo habíamos atropellado. Sin voltear, salimos despavoridos, aterrorizados rumbo a San José de Aura.


Al otro día, la policía buscaba a los implicados, el tipo de la pistola estaba en el hospital con las dos piernas rotas, contundido, revolcado, pero fuera de peligro. Entre otros, buscaban afanosamente el Dr. Romeo. Nunca lo encontraron.

 

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