2 RELATOS 2. /Arturo Meza O. (La motocicleta y el pájaro./ El tigre y el gringo.)

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LA MOTOCICLETA Y EL PÁJARO
Por Arturo Meza Osuna.
Eran las 5 de la mañana y el ruido de la moto con el escape abierto era espantoso, podrías tener el sueño pesado como un plomo pero te despertaba, ponía en vigilia al más desvelado y estremecía a los que despiertos que iban rumbo a la cama como los mineros del turno nocturno o las enfermeras, los veladores o las meretrices que terminaban sus labores. Era odioso para todos los estudiantes que entrábamos a las siete de la mañana a la escuela secundaria, adolescentes desvelados, dormilones por necesidades biológicas, salíamos rumbo a la Manuel F. Montoya casi al mismo tiempo y formábamos grupos que nos incorporábamos a El Chorizo, el largo boulevard que recorríamos, aun somnolientos y aletargados para llegar a la escuela. El tema de conversación era el ruidajo estrepitoso e infame de la moto de El Pájaro que nos robaba, al menos una hora de sueño.
No había defensa contra el ruido, ni tapones en los oídos ni almohadas extra, ni puertas herméticas, aun en el invierno cuando dormíamos dentro de las casas el ruido hacía que vibraran las paredes como un pequeño movimiento telúrico; en el verano, cuando casi todos dormíamos en el corredor para ahorrar electricidad, quedábamos a merced del espantoso ruido que taladraba los tímpanos y los conductos auditivos. Aunque no todos rechazaban el escándalo que montaba El Pájaro cada mañana, mi abuela, por ejemplo, así como los padres que desde hacía un año se ahorraban la tarea de despertar a un imberbe dormilón para que fuera a la escuela. El Pájaro era un valioso aliado.

Desde entonces la puntualidad y la asistencia mejoraron en la secundaria Manuel F. Montoya, tanto que recibió un galardón y las felicitaciones del señor Secretario de Educación y conminó a los estudiantes a seguir con la misma actitud de entusiasmo por el aprendizaje y amor a los saberes escolares. Los estudiantes murmuraban entre si que el premio tendría que ser para El Pájaro que era el culpable de nuestra renovada e involuntaria puntualidad.
Exactamente al 10 minutos para las cinco prendía la moto, casi siempre en tres, cuatro y hasta cinco intentos, una vez que arrancaba la mantenía prendida unos cinco a diez minutos, eran esos momentos en que todos despertábamos, que hacíamos el inútil intento de cubrirnos con la almohada o hacernos bola en las cobijas. Nada funcionaba. Cuando ya estábamos de pie, la moto subía el volumen del ruido porque aceleraba para arrancar entonces el ruido de la moto se diseminaba por todo Ranchería situada entre dos cerros –que forman el Arroyo de Providencia- tales prominencias servían de caja de resonancia al sonido que tomaba la dirección de El Chorizo hasta llegar al Pozo y de ahí por la calle del arroyo hasta la calle Playa, donde estaba el laboratorio de minerales de la compañía minera de Santa Rosalía.
La Yamaha 350 se la compró a un vecino que la trajo de Tijuana, apenas el chamaco la tomó y tuvo un accidente que le quebró varios huesos y lo mantuvo en el hospital por meses, la moto también sufrió daños, especialmente en el escape. No encontraron refacciones así que el escape quedó abierto y sin nada que hacer.
El Pájaro tendría unos veinte años, una vida dedicada a la poesía. Lo suyo era la declamación que la practicaba como nadie. Había ganado premios estatales con esa voz prodigiosa y un gran sentido histriónico. Soñaba con grabar un disco y declamar en grandes escenarios como Alán Gorozave, su modelo. Tenía todos los discos de José Antonio Cosío y de Manuel Bernal y un librero con los grandes poetas universales, sus preferidos García Lorca, Antonio Machado y Federico Galaz, un poeta del lugar. Todos los días declamaba sus poemas –frente al espejo- con profundo respeto como si fueran rezos, seguramente era su manera de orar. Obviamente tenía un rico léxico que lo diferenciaba de la gran mayoría, algunos simplemente no le entendían. Era notoria su presencia, en cuanto hablaba llamaba la atención la perfección en la dicción, la profundidad de la voz, la modulación correcta. Parecía un místico, hablaba poco, rara vez confraternizaba, tenía escasas amistades y con el ruido de la moto se había ganado la animadversión de sus vecinos, quizás de todo Ranchería.


Serían la fuerza de los deseos, sería el destino o la carga de un mal día, cuando después de despertar a todo el barrio rumbo al trabajo, como todos los días, un dompe, un camión de volteo salió de la bocacalle sin hacer alto, la distancia era tan corta y la velocidad tanta, que nada pudo hacer El Pájaro, solo derrapar para no meterse debajo del armatoste, lo golpeó de lado, impactó contra la puerta y salió volando en dirección opuesta a la moto que atravesó el camión por debajo, para irse a estrellar en la banqueta y El Pajaro como un muñeco sin control cayó al otro lado de la calle, el impacto fue seco y letal.
La noticia llegó inmediatamente a la escuela, El Pájaro estaba al borde de la muerte. Al otro día un silencio se extendía por todo Ranchería, la escuela volvió a registrar ausencia y retardos, además de un generalizado complejo de culpa por deseos cumplidos. El Pájaro milagrosamente sobrevivió, afortunadamente, la motocicleta, no.

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EL TIGRE Y EL GRINGO
Por Arturo Meza Osuna.

Fue a finales de los años sesentas cuando El Tigre se hizo famoso en la región. Era un arriero de los ranchos vecinos de San Ignacio, que a veces, por su buen conocimiento de la región, se alquilaba como guía a los extranjeros. En esta ocasión fue contratado por un gringo para que lo guiara por la zona de la Laguna de San Ignacio. A los pocos días de convivencia, el gringo que tenía muy mal humor y peores modales ya había colmado la paciencia de El Tigre que apenas lo soportaba. Ese día se poncharon primero y después se atascaron en los médanos laguneros, el carro no daba ni para atrás ni para adelante, los ánimos de ambos estaban a punto de caldo de tal manera que una frase hiriente del gringo que revolvió las entrañas del Tigre, una expresión que se le subió al colmado depósito de los rencores, los aborrecimientos y los resentimientos fue suficiente para que El Tigre agarrara la pala, se abriera de patas y como piñata le sonrajara un tremendo palazo en las inmediaciones del bacotito de la oreja izquierda, el gringo solo alcanzó a meter las manos y se desplomó sin decir ni ¡ug! –los gringos dicen ¡ug! en lugar de ¡ay!- sobre el médano sin ningún testigo a 50 kilómetros a la redonda.
Con toda paciencia y con la misma pala, El Tigre se abocó a hacer un hueco donde meter al gringo y entre la arena tan suelta que se resbalaba y el hueco que no daba de sí, lo medio enterró en esos extensos llanos entre La Laguna de San Ignacio y San José de Gracia. Apenas los coyotes olieron atisbos de sustancia en descomposición, localizaron la arena floja, la removieron hasta descubrir una mano, luego la otra y hubieran dado cuenta del banquete de no ser por unos pescadores que por ahí deambulaban en busca de bancos almejeros, los olores y la sospechosa reunión coyotera los llevaron a descubrir, como dicen los elegantes: el macabro hallazgo.
No tardaron mucho en descubrir al culpable, por las proximidades habían visto al gringo acompañado de El Tigre, de pronto el gringo aparecía muerto y del Tigre ni su sombra así que decidieron ir por él. Cuando esto sucedió, El Tigre ya andaba por la sierra con caballos frescos, agua y alimentos suficientes al tiempo que elaboraba una red de apoyos y complicidades en todas las rancherías de la zona.

 La policía rural lo buscaba en los habituales recorridos de El Tigre que, conocedor minucioso de la zona, burlaba a sus captores con facilidad. Fueron muchos meses en los que se contaba día tras día de la persecución de El Tigre y de sus estrategias para hacerse de humo. Dizque lo veían en un lado y aparecía en otro muy distante; que bajaba disfrazado a San Ignacio por víveres, que se burlaba de sus perseguidores poniendo trampas, que les dejaba mensajes burlescos etc. Una corriente de simpatía popular siguió a la persecución. Era El Tigre una especie de héroe al que se empezaba a inventar la leyenda. Todos los días en la escuela, la chamacada contaba las nuevas aventuras de El Tigre. Se contaba, por ejemplo que cuando enterraron al gringo, el Tigre desde El Calvario –el cerro bajo el que está construido el cementerio de San Ignacio- asistió al entierro; que vivía en los palmares y comía en casa de una enamorada, que se paseaba por los pueblos y ranchos disfrazado de Pancho Villa, que había aparecido en Santa Rosalía –en La Nopalera- y el policía Tachito lo reconoció pero se le escabulló, etc.
Fue Celestino Zúñiga un amigo de El Tigre quien lo entregó después de mucho vagar por las serranías. Apelando a la amistad lo citó en un sitio entre el volcán de las Vírgenes y La Sierra de San Francisquito, Celestino le llevó víveres que apuraron en copioso desayuno, hablaron de sus cosas, del trabajo, de la situación; dicen que Celestino le pidió que se entregara a lo que El Tigre se negó y mientras las cosas pasaban, la policía rural que sabía por Celestino del encuentro, se aproximaba. La policía esperó que cayera la noche, los sorprendió alrededor de una fogata y sin resistencia El Tigre fue apresado y llevado a Santa Rosalía acusado de homicidio.
Cuando le preguntaron ¿por qué lo mataste?, con su respuesta, El Tigre terminó por ser ese héroe condicionado que sabes que es un asesino, que está condenado por las leyes celestiales y las humanas, que nada bien está privar de la vida a un cristiano cualquiera que este sea, pero la simpatía y admiración que había despertado por la huida y sus estrategias de supervivencia, dio un giro hacia el nacionalismo tan acendrado que practicamos, sobre todo, cuando están por medio los gringos. El Tigre se erigía –al final de los sesentas- como un justiciero, un defensor de la dignidad nacional –eran los tiempos del Che, Sandino, Camilo Torres- El Tigre había tenido una respuesta frente a la opresión extranjera, un acto de salvaguardia del honor de todo un país: – “Porque me dijo ¡mexicano cochino!” –dicen que respondió El Tigre cuando le preguntaron la causa por la que ultimó al gabacho.

De vuelta a San Ignacio Celestino empezó a ser rechazado por la población, no era bien venido a las tertulias ni invitado, luego enfermó, se recluyó en su casa y murió solo, poca muy poca gente fue a su entierro, el estigma de la traición lo mató.
El gringo fue enterrado en la orilla derecha del cementerio de San Ignacio y hasta hace algunos años, el Día de muertos no faltaba quien le llevara flores y arreglara su tumba pero poco a poco el asunto se ha ido olvidando y ahora nadie sabe dónde está la tumba del gringo que mató El Tigre.

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