Confieso que he vivido. Por Arturo Meza O. /Relato/

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CONFIESO QUE HE VIVIDO

Por Arturo Meza Osuna.

No sé cómo se llama, lo veo a menudo en el café a donde acudo casi a diario, sólo sé que le dicen “El Lobo”, es pintor de brocha gorda, un tipo sencillo, del pueblo. Hace unos días me preguntó si me interesaban unos libros. Llegamos a una casa que había sido de una señora que acababa de morir y dejó, entre sus pertenencias un buen altero de libros. Los tenía dispuestos en una gran mesa en el porche de la casa. Había de todo: enciclopedias, muchos de los condensados de Reader Digest, viejas ediciones de memorables editoriales; muchos autores de best sellers como Morris West, Irving Wallace, Harold Robbins; libros de poesía, de León Felipe, de García Lorca, de César Vallejo, Alberti, Machado; literatura hipanoamericana Asturias, Jorge Isaac, José E. Rivera, Ciro Alegría; todo el boom literario de los setentas: García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, no estaba ni Cortázar ni Borges, si estaba José Donoso; estaban los grandes novelistas norteamericanos Faulkner, Hemingway, Pearl S Buck, Henry James, en fin, un tesorito en venta con olor a naftalina, de quien habrá sido una gozosa lectora.

Hurgué en el montón y escogí cuatro libros que me los vendió, los cuatro en 200 pesos. Entre ellos una preciosa edición de “Confieso que he vivido”, una autobiografía de Pablo Neruda que hacía mucho tiempo, en mi época de estudiante, expropié en una librería de la Ciudad de México y que me salió trucho, es decir, la faltaban hojas, otras venían repetidas, de la página 72 se brincaba a la 110 y se repetía de la 40 a la 55, cosas así. Ni modo de devolverlo, no tenía el recibo de venta. La leí salteada y muchas páginas faltantes pues no las leí. En cuanto lo vi, recordé aquella edición trucha, así que lo compré. Finalmente leería completa la autobiografía de Pablo Neruda.

En estos días de encierro, de falta de noticias y días que pasan lentos, “Confieso que he vivido” en edición de El Círculo de Lectores, he leído con verdadero deleite. Aunque nunca fue uno de mis poetas favoritos, de Neruda conozco, como todos, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” que fue de batalla cuando, en aquellas juventudes, andaba detrás de una buena moza y querías presumir el gusto por la poesía, algo de sensibilidad y cierta galantería, “los veinte poemas…” de Neruda estaban que ni mandados hacer. Un librito corto -leíble-, barato –comprable- y pequeño –robable-.

El súbito interés por Neruda, no solo venían de aquel libro trucho, había dos asuntos, más o menos morbosos y ociosos que deseaba buscar en las memorias del poeta chileno: su afición por la malacología lo llevó a una posible visita a La Paz en sus tiempos de Cónsul General de México, según nos contaba Don Manuel Torre Iglesias, español, exiliado de la Guerra Civil y nuestro maestro de literatura de la Prepa Morelos; la otra, constatar la historia que cuenta Antonio Skármeta en su novela Ardiente Paciencia, en la cual, Neruda recluido en una isla de pescadores, contacta con el cartero, con quien hace amistad y le enseña a comprender la poesía que lo lleva conquistar al amor de sus amores.

De los dichos del maestro Torre Iglesias no hay mucho en el libro, lo más cercano a éste asunto está en el capítulo “México, florido y espinudo” donde apunta: “En México me fui por las playas, me sumergí en las aguas transparentes y cálidas, y recogí maravillosas conchas marinas. Luego en Cuba y en otros sitios, así por intercambio y compra, regalo y robo (no hay coleccionista honrado), mi tesoro marino se fue acrecentando hasta llenar habitaciones y habitaciones de mi casa”. Es todo. Nada de La Paz. Desde luego que tampoco contradice el testimonio de Torre Iglesias quien ufano y orgulloso, allá por los setenta y tantos, apuntaba con el dedo, a una piedra a las orillas del Coromuel donde charlé largamente con el poeta, hablamos de literatura, de política y luego lo llevé a mi casa donde le regalé un caracol estupendo, que le encantó, muchachitos”. Y aunque Don Torre tenía fama -como todo escritor- de mentiroso, yo escogí creerle, es mejor. Total.

No hay vestigios de la relación con el cartero, todo parece ser una invención de Skármeta. Si bien es cierto que vivió en alguna isla italiana, la novela sitúa aquella estancia en La Isla Negra, frente al litoral chileno. Fueron los últimos años de Neruda, en esa isla recibe su postulación para el Premio Nobel y su designación a candidato presidencial, que luego renunciaría en favor de Unidad Popular de Salvador Allende.

La novela Ardiente Paciencia se convierte en “El cartero de Neruda” cuando Michael Radford la lleva al cine con el título de “Il Postino”. Después del estreno, la novela de Skármeta fue un fenómeno de ventas. En la película, Neruda se ubica en una isla italiana, una licencia del director porque, en los tiempos en los que supone la estancia en esa isla, en realidad estaba en la Isla Negra.

Neruda fue un gran vago, desde muy joven ingresó al servicio diplomático chileno en donde siempre se desenvolvió, fue Cónsul General en México en los años cuarentas y Embajador en Francia ya al final de su vida, en el gobierno de Salvador Allende.

Contaba Matilde, su esposa, que las memorias las escribió –más bien- las dictó a su biógrafo y secretario, Horacio Arce y a ella misma, de un tirón muy pocos días antes de morir, que las últimas hojas fueron póstumas. Para la vida tan rica, tan dilatada, tan llena de sucesos trascendentes de los que fue testigo, se antojaban unas memorias mucho más extensas, que el pequeño libro de “Confieso que he vivido”.

Un tiempo muy corto gozó con la llegada de Unidad Popular y Salvador Allende al poder, murió diez días después del golpe de Estado.

 

 

 

 

 

 

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