Arreando ganado por el desierto de Altar Una historia con tinte familia Autor Gastón Cano Ávila Compilador Sergio Ávila R.

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En su libro “Del caleidoscopio de mi vida”, el Dr. Gastón Cano Ávila, primo hermano de mi padre, el Ing. Clemente Ávila Muñoz, nos habla sobre las rudas faenas que, a finales del siglo XIX y principios del XX, los ganaderos sonorenses tenían que enfrentar para arrear su ganado por el desierto de Altar, para llevarlo a comercializar hacia el norte y el oeste.

Don Adalberto González, casado con una tía del autor, o sea, mi tía abuela María Ávila Hazard [foto de la portada], en unión de sus hermanos eran propietarios del rancho “Milpillas”, al sur del municipio de Pitiquito; pero este empresario, junto a sus hijos Adalberto, René, Óscar y Enrique eran quienes estaban al frente del rancho, con una extensión de más de 40,000 hectáreas, donde anualmente se herraban 1,200 becerros, sin contar la producción de los ranchos satélite, también propios: La Monarca, Las Cruces, El Terais, y La Inmaculada.

Habitualmente el ganado de Milpillas los vaqueros lo arreaban durante 60 km hasta Carbó, y a partir de ahí el tren lo llevaba a Nogales. El año 1934 corría…  Entonces un importante comerciante de Mexicali se interesó en comprarles ganado, para a su vez exportarlo al Estado de California, EE.UU., donde la carne vacuna sonorense era muy apreciada. También el empresario mexicalense necesitaba mulas para venderlas a los vaqueros de Baja California, los que debido a lo montañoso del terreno las usaban más que a los caballos.

El plan de arrear ganado hasta Mexicali se preparó con sumo cuidado. Se tenían antecedentes que en el año 1848, durante la Fiebre del Oro en California,  el vaquero sonorense Francisco Carranza (a) “El Chico”, hizo la legendaria proeza de llevar varias arreadas de algunos miles de reses desde la hacienda La Labor, en Hermosillo, hasta San Francisco, California, donde los compradores prácticamente se las arrebataban.

 

El padre y los hermanos González Ávila, mis primos segundos, planearon la arreada para finales de marzo de 1935. Como sabían que no iba a haber agua en más de la mitad del camino, lo que es el verdadero desierto de Altar, se tenía que escoger una buena primavera, proveniente de las buenas equipatas, o lluvias de invierno, que hacen brotar la hierba en los médanos.

Y dio inicio esa aventura. Adalberto y Óscar fueron al frente de la caravana en  un Ford modelo A 1930 tipo cupé, donde llevaban agua, alimentos, combustible, además de un muchacho cortador de leña, para preparar la comida de quince vaqueros, más ellos tres. A bordo de ese vehículo llevaban dos juegos de estribos de camión, que servirían de rampas para que las llantas pasaran los arenales pesados, que luego de parar el carro se colocarían nuevamente adelante hasta salir de los atolladeros.

Detrás del Forcito iban 500 reses y 300 bestias, sobre todo animales grandes, vacas y novillos de 4 a 5 años. Los vaqueros arreadores de la hacienda Milpillas eran el mayordomo don Antonio Montijo, señor ya muy mayor apodado “El Távila”, su hijo Antonio “El Toñete”, los hermanos Cota, El “Chú Barba”, “El Cuate” Gradilla, Jesús Ruíz, Diego Argüelles, Pancho Montijo, sobrino del mayordomo, y Fernando Bermúdez, que nunca se separaba de su guitarra.

De los vaqueros alquilados en otros ranchos iban Domingo Salgado, “El Cobabichi“ García, y dos yaquis de apellido Valenzuela, alias Los Chapananas. Otro de los alquilados era un muchacho de Sinaloa, “El Güerito“ Gaxiola, gran domador de caballos, muy bragado, siempre con pistola al cinto, quien en 1929, seis años antes, se vio involucrado en un duelo que hubo en la estación del ferrocarril de Carbó, donde se mataron entre sí, a consecuencia de las provocaciones de este Güerito, el comisario de policía de Carbó Alfredo Martínez, alias “El Mangón“ y un agente de la Acordada conocido como “El Güero“ Ramírez.

Se desconoce cuántas peripecias tuvieron que pasar, durante el caluroso trayecto de cerca de 400 km, afrontando la sudorosa tarea de arrear durante tres semanas veintitantos km diarios hasta llegar al ansiado destino, el también polvoriento Mexicali, donde después de haber avanzado en zig zag entre los ranchos a su paso para conseguir agua, entregaron los 800 semovientes y recibieron sendas pacas de billetes. Pero en todo negocio existen altas y bajas, como les pasó a estos parientes en un traslado de ganado mular.

Resulta que don Adalberto González y el Gral. Álvaro Obregón eran amigos, y ya como presidente de México, le pidió trasladara un cargamento de mulas a la capital. Una vez que las arrearon a Carbó, las bestias fueron llevadas en tren hasta Tepic, Nay. De aquí las siguieron arreando por el Plan de Barrancas, que era un suelo completamente tropical, hasta Empalme, Orendáin, Jal., donde las volvieron a subir al tren y finalmente conducirlas a la ciudad de México. Eso fue un mal negocio, pues  la constante humedad del suelo provocó enfermedades en los cascos de las mulas.

Cabe mencionar, aparte, que el coronel Luis B. Cano Castellanos, padre del autor de esta historia, también era muy cercano al Gral. Obregón, que por méritos en campaña fue galardonado con la medalla Campaña del Yaqui. Después anduvo en la Revolución con la “Brigada Ángeles” de las fuerzas de Pancho Villa.

 

Más tarde tuvo que refugiarse en los Estados Unidos pues el “Cura” pretendía asesinarlo a él y a su jefe Triana, pero ese insubordinado fue fusilado por intrigante entre los generales villistas. Años después fue repatriado por órdenes del general Álvaro Obregón, con quien llevaba gran amistad desde antes de la Revolución, pues él había sido instructor de las tropas obregonistas  en Hermosillo.

Obregón le aconsejó quedarse en la capital sonorense antes de seguir al centro del país, pero Cano, ya entonces con el grado de coronel, que había adquirido a los 27 años de edad, puso en Hermosillo una farmacia y se casó con la señorita Josefina Ávila Hazard (hermana de mi abuelo) y renunció a sus intenciones de volver al Altiplano, y a la recomendación de Obregón de volver al ejército.

Y así siguieron los días, los meses y los años… el rancho Milpillas aún existe, ya no como pequeña propiedad, y ahora es manejado por la rama González León. Ha pasado mucho tiempo, y hoy el ganado es transportado en modernos camiones. La casona de la hacienda sigue en pie, reparada, conservando su acceso a través de una calzada de sahuaros gigantes, plantados por sus propietarios desde hace muchos años.

 

Cano Ávila termina esta historia mediante la siguiente reflexión: «Estar parado en ese desierto sin fin y sin sombras, caminando por pura tierra finita o brincando sierras de granito o los malpaisales de la sierra del Pinacate, me hace meditar profundamente qué espíritu tenían esos vaqueros para realizar tal clase de tarea como un trabajo normal.»

NOTAS

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Cano Ávila, Gastón, «Del caleidoscopio de mi vida »,  Instituto Sonorense de Cultura [ISC], Hermosillo, Son., 2012.

El Dr. Cano Ávila también escribió los libros “Prontuario para el Manejo de Personas Intoxicadas por Animales y Plantas Venenosas“(1998), “Intoxicaciones por uso de Plaguicidas de uso Agrícola“ (México DF, 1954), y “Apuntes de Medicina Social en Sonora [Estudios Epidemiológicos]“ (Hermosillo, 1990).

Fue Jefe del Servicio de Infectología del Hospital General del Estado de Sonora y Director del Centro de Salud Domingo Olivares, así como Jefe de la Sección de Epidemiología de los Servicios Coordinados del Estado.

Supervisor del Servicio de Medicina Preventiva del Instituto Mexicano del Seguro Social en el norte del Estado.

Miembro fundador de la Sociedad Sonorense de Historia [SSH].

Fue maestro y en dos ocasiones consejero de la universidad de Sonora [UNISON], médico de cabecera de los seris en isla Tiburón, conferencista en España, cazador en África, fotógrafo, etc.

Falleció en Hermosillo, Son. el 30 de enero del año 2017, y cuatro meses antes de morir -el 9 de septiembre de 2016-, hizo la importante donación de más de 10,000 diapositivas tomadas por él sobre flora y fauna al Instituto Sonorense de Cultura [ISC].

La sala de usos múltiples del Museo Étnico de los Seris de Bahía Kino lleva su nombre; también una calle de la Colonia Antares de Hermosillo.

GRABADO EN LA PORTADA. La ilustración de estos vaqueros es fragmento de un billete de $10.00, emitido en 1899 por el otrora famoso Banco de Sonora, el cual recorté y edité. Cuando ya estos billetes perdieron su valor, una gran cantidad de ellos los compró la Universal Pictures Company para filmar sus películas Western. Así que los dólares de los jugadores de póker y el botín de los asaltabancos, que vimos los domingos en el cine California de esta ciudad, en realidad eran estos billetes sonorenses, a los que ellos les llamaban Cowboy Money.

BILLETE COMPLETO. La niña de la foto es Hortensia, hija de  don Ramón Corral y Amparo Escalante, quien fue uno de los principales accionistas de tal banco y, posteriormente fue Vicepresidente de la República en tiempos de Porfirio Díaz; luego, entonces, esa chiquilla era tía de mi tío político, también llamado Ramón como su abuelo, esposo de mi tía Martha Ávila  de Corral.

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