Las pandemias. El coronavirus. Por Arturo Meza O. Opinión.

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LAS EPIDEMIAS, EL CORONAVIRUS

Por Arturo Meza Osuna.

De las más antiguas epidemias que se conocen bien a bien, proceden del año 430 antes de Cristo, ésta descrita por el gran historiador ateniense Tucídides. Quizás fue una epidemia de tifoidea que el historiador relata su secuencia hasta llegar a Atenas donde causó una gran mortandad y el inicio de la caída de uno de las eras más brillantes de la Antigua Grecia con la muerte de Pericles a causa de la enfermedad. Es decir, las epidemias siempre han existido y han cambiado, en muchas ocasiones, la dinámica social, económica, cultural y política de imperios y civilizaciones.

La enfermedad que está de visita, que es lo que significa “epidemia” siempre nos han acompañado, antes de Cristo, las epidemias caminaban a paso de mulas, de carretas o a paso de barcos en el Mediterráneo, como la que nos cuenta Tucídides: la epidemia inició en Etiopía, luego siguió por Egipto, continuó por Libia y llegó al mundo Griego, a Atenas que era una ciudad, quizás la más populosa de su tiempo, mató a más de la mitad de la infantería, diezmó a los marineros y quedó la ciudad a merced de los Espartanos, primero y después de los Romanos. Fue la debacle militar.

No había un genio malvado y cabrón que se dedicara a manipular microorganismos para ocasionar aumento de la bolsa de valores, bajar de precio el petróleo o terciar los duelos comerciales entre las grandes potencias. No, las epidemias son fenómenos naturales que avanzan según las condiciones. En los tiempos de Tucídides el mundo era rural, básicamente, la posibilidad del contagio era mínima, el avance era lentísimo y solo pegaba a las grandes concentraciones humanas de la época. Se decía: “por los puertos entran las plagas y la democracia”.

Las ciudades europeas crecieron, Roma, Londres, París, Berlín se convirtieron en grandes urbes en la Edad Media, grandes ciudades con graves problemas para eliminar excretas, para deshacerse de la basura, sin agua potable, sin luz eléctrica; no se tenían normas de higiene porque no llegaban aun a la era bacteriológica. Cuando aparece la sífilis en las inmediaciones del Renacimiento, hasta entonces se delinean los caminos del contagio, la idea de la prevención y el aislamiento.

 

Las pestes, las plagas desde la antigüedad se les adjudicaban un origen divino, seguramente por las plagas bíblicas. La historia recuerda muchas grandes pestes que acabaron con gobiernos y culturas florecientes. En la época medieval se registra la Gran Peste Negra de 1346 que acabó con un tercio de la población europea; la viruela que trajeron los españoles en la Conquista fue decisiva en el triunfo de Cortés, acabó con el 60 por ciento de la población indígena; la Peste de Londres en 1665; la italiana en 1631; la peste bubónica francesa que mató a la mitad de la población de Marsella. Todavía en la Primera Guerra Mundial la peste bubónica de las trincheras mató más soldados que las armas. El desarrollo de las vacunas, los conocimientos higiénicos, las medidas de prevención, los estudios acuciosos de los mecanismos de trasmisión han mejorado las cosas, pero siempre ha habido brotes de enfermedades conocidas y otras nuevas.

No es hasta la invención del microscopio en el siglo XVIII y su posterior perfeccionamiento que se desarrolla la Teoría Microbiológica de la enfermedad. Es Louis Pasteur quien mejor explica el asunto, y después Robert Koch quien establece los pasos para demostrar que tal bicho produce tal enfermedad, a partir de ahí, faltarán todavía 70 a 80 años para que se encuentre el primer antibiótico, las sulfas en 1928.

Con la microscopía de la época, podíamos ver bacterias, pero no virus, sin embargo, de manera indirecta se supuso su existencia y su capacidad infectante. De hecho, la primera vacuna que se inventa es contra el virus de la viruela. Edward Jenner un médico inglés advirtió que las ordeñadoras de vacas tenían, en general un cutis suave, no les daba viruela. En su trabajo, se hacían pequeñas heridas por donde penetraba el pus de la viruela vacuna. De ahí nació la idea. No fue el primero en inocular viruela, pero fue el primero que lo demostró estadísticamente con el reporte de 23 casos en 1796.

Posteriormente fue Pasteur quien desarrolló la vacuna contra la rabia casi 80 años después. Desde entonces se han desarrollado unas 25 vacunas, quizás las más importantes han sido la del sarampión, tuberculosis, tétanos, difteria, tosferina, paperas, meningitis, hepatitis y papiloma.

Es larga y rica la historia de las epidemias, la gran diferencia estriba en el aumento de la población mundial y su movilidad. Hoy una enfermedad trasmisible camina a paso de jet supersónico, un individuo infectante puede desayunar en Nueva York, comer en París y cenar en Tokio. Nunca en la historia de la humanidad se habían dado concentraciones de tantas personas viviendo en multifamiliares, ni se hacinaban tantos en un partido de futbol o en un concierto de rock. Las distancias entre individuos de acortaron y aumentaron la cantidad de personas en los cruces de frontera.

Es cierto, existe la posibilidad de utilizar microorganismos en guerra, para ofender al enemigo. Las grandes potencias tienen en laboratorios secretos una gran cantidad de bichos letales, seguramente existe la tentación de accionar un virus, una bacteria para producir un efecto deseado, sin embargo, las consecuencias son inmanejables. Hoy en día, con el surgimiento del coronavirus se han recurrido múltiples teorías conspiratorias para explicar el fenómeno. Algunas muy científicas, verosímiles y racionales como las de Noam Chomsky y Alfredo Jalife, otras que son perfectas e irrefutables, las piezas embonan como rompecabezas y otras, entretenidas y desopilantes. Como siempre, la explicación más simple y suficiente es la más probable.

 

 

 

 

 

 

 

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