Canto fundamental. Publicación de Arturo Meza O.

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CANTO FUNDAMENTAL. ANTONIO AVILÉS R.

Por Arturo Meza Osuna. Antonio Avilés ha parido un poema superlativo; ha concebido un canto fundamental que proviene del fondo de sus entrañas –no podía ser de otra manera- que bien pudo titular: Canto Necesario, Canto Imprescindible, Avilés Rocha ha reunido los elementos para colocar en nuestro universo literario una pieza poética de gran altura. Una empresa de corazón y bofes, una obra que verso a verso, narra la epopeya de los primeros individuos que se adentraron a explotar la sal de Guerrero Negro, sus afanes para edificar la vida, producir trabajo, construir una ciudad donde nada había, solo viento, arena y sal.
El formato es grandioso, es en efecto, un canto con ritmo, con pausas y música de viento sibilante y obstinado que produce su primera declaración de intenciones: “soy hijo del viento”. Canto Fundamental recuerda a Muerte sin fin en su ritmo, en los juegos de agua y sal, evoca al testamento de quien nos deja con el alma encadenada a la nostalgia de la heredad. Podrán parecer exageradas las loas a Canto Fundamental de Antonio Avilés, quizás con el paso del tiempo y de múltiples lecturas, el Canto Fundamental ya no parezca lo que hoy, influenciado por la identificación de las imágenes, la piloerección inicial, el contagio de una sensibilidad compartida, porque las evocaciones concuerdan con la obra esencial y con una vieja deuda de sus hijos más ilustrados.
Y vaya si lo ha logrado. Imposible no emocionarse con las chispas, las luces que Avilés les provee a las palabras como sal, viento, sol, playa, mar, peces, dunas y de hasta neologismos como “matorraluda” para describir las vastas llanuras de arbustos chaparros del desierto del noroeste sudcaliforniano, para mostrarnos esa poesía de la inmensidad, de los espacios abiertos, de las espinas interminables, del ocre y arena que da paso a la reafirmación profunda de la identidad: “piedra angular de las conspiraciones de mi alma” a la luna singular del desierto, esa luna grande y blanca como espejo de cristal de sal.
La llegada de los pioneros, el desafío a los elementos, sus sueños, sus afanes es quizás la parte más narrativa del Canto Fundamental: “mataron el silencio con el ruido productivo/ahuyentaron coyotes/ trajeron mujeres …”esta parte discurre entre la descripción, la enumeración y el canto estridente de los vivas a quienes fundaron Guerrero Negro y entre el trabajo fecundo, la búsqueda de soluciones para problemas jamás planteados, bebieron, bailaron y tuvieron hijos que hoy, después de conocer mundo, otras historias, otras culturas; de probar suerte, vuelven y se muestran maravillados por las obras de los padres.


No hay desperdicio, nada sobra, nada falta, el canto continúa en bellísimas letanías que van marcando el compás y le van dando formas casi eclesiales, reverencias a la querencia que recibe al hijo amado empachado de nostalgias y el morral lleno de revelaciones, de conocimientos nuevos y otras sensibilidades. Es el viajero que vuelve, el hijo que necesita hacer actos de contrición para actualizar la identidad del ser que se formó en las calles de salitre, en el lugar de las faenas de las que apenas tuvo conciencia; en los brazos fuertes del padre, el tierno amor de la madre y el calor fraternal. Vuelve Antonio a las evocaciones de la casa, del origen familiar y a las procesiones que cuentan la proeza con base en apellidos de los pioneros que dejaron ahí, en Guerrero Negro el alma y el ejemplo para los hijos que vuelven: “encontré mi sombra enterrada en la arena”.
En ese regreso hace un viaje panorámico, Antonio va colocando en la mente del lector una serie de imágenes aéreas que se reconocen como el complejo lacunar, por encima de los barcos que llegan a cargar sal (“…el imponente Argyl acostillado en los gaviones”), El Chaparrito, Las Cruces y no podían faltar “las ocho bombas” pero también vuela por encima de la fe inculcada y de los primeros amores; de aullidos y ruidos, de las materias que formaron el pueblo, de las esencias que brotan de la sal, del orgullo pionero y de los ingrediente alados de los sueños. Es la vuelta a una Comala luminosa –que no pregunta por los muertos ni los fantasmas- sabe muy bien quien fue su padre, Antonio va al abrazo de la tierra, al reconocimiento de los orígenes: “playa patria de mis huesos”.


Luego la parte íntima que produce el subtítulo del Canto Fundamental (10 para las siete) una hora mágica transfigurada en su mente infantil, la hora en que el padre acude al trabajo; la hora de la corta ausencia temporal que inicia el despertar y la algarabía del hogar; su padre en mangas de camisa que desafía a los helados vientos; la madre “en su jardín como sierva con crinolinas de geranios”. La indefectible ausencia de los padres, la falta de los padres no encuentra explicaciones ni soluciones, no encuentra formas de paliación por eso, ante la orfandad desnuda y brutal, Antonio termina el verso en una grave exclamación –en una disonancia- que resume todo “¡Carajo!”.
Al final, acude a la generación a la que pertenece – “hijos de la sal”- una generación que tiene la misma edad que Guerrero Negro, que marcha a la misma temporalidad de sus vidas, un Guerrero Negro que cumple sesenta años de pescar -literalmente- contra viento y marea, “la sal disuelta en el océano”.
Estamos ante una obra, sin duda, fundamental –no podía llamarse de otra manera- necesaria para entender, con los ricos guiños del lenguaje, las razones hondas del origen, del desarrollo y el presente de un pueblo que ha forjado entre otros hombres y mujeres, a hijos agradecidos como Antonio Avilés Rocha. Hay que leer Canto Fundamental en voz alta, encontrar el aspecto sagrado, la música de vientos, los requiebros del idioma; las entretelas del alma con que fue concebido para ser, eso… fundamental.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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