ERA LA CAVA. (Relato-cuento). Por Arturo Meza Osuna.

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ERA LA CAVA

Por Arturo Meza Osuna.

Griselda era una joven brillante, lista y bien preparada, no tenía ni treinta años y desde sus primeros pasos como reportera, en  menos de cinco años se había convertido en la imagen de la cadena regional de TV. El televidente se acostaba y se despertaba con Griselda, -el noticiario nocturno y la revista mañanera-. La opinión de Griselda cada vez era más influyente y respetable. Hacía dos meses dio la sorpresa con la presentación, en la Universidad, de un poemario en la que mostró su capacidad de convocatoria, asistieron las fuerzas vivas, reunió políticos oficiales y de la oposición aparte de la crema de la intelectualidad.

Ya tenías dos semanas que la TV promocionaba la entrevista de despedida, en vivo, de Griselda al Gobernador en los patios de la casa gubernamental, el gobernador prometía, aparte de las conclusiones de su mandato de seis años, algunas revelaciones, quizás una bomba periodística, al menos, eso dejaba entrever el promocional.

Esa noche la periodista durmió poco, los ronquidos de su esposo, la ansiedad, la revisión del cuestionario y un presagio –una leve opresión en el pecho- alargaron el insomnio, a las cinco ya estaba haciendo café para luego darse una ducha. La cita era a las nueve pero desde las siete había que conectar aparatos, medir distancias, luces, emplazamientos de cámaras, colores, fondos, sonido. Todo supervisaba personalmente. El lugar que Griselda tenía en el mundillo de los comunicadores no era  gratuito, era, todos lo sabían, una perfeccionista.

Cuando ya se hubo vestido con un traje sastre negro a la medida, blusa blanca, pocos accesorios, unos discretos aretes de aro, maquillaje mínimo, cabello suelto que la hacía parecer más atractiva, lentes de aro con marco dorado le daban un aire intelectual, apenas se vio en el espejo, tomó su portafolio, su lap top, se despidió de Romero, el perro, se subió al Honda City y arrancó. En quince minutos estaría en la casa gubernamental. Tenía que recorrer veinte kilómetros de carretera, luego el boulevard Flores, dos- tres semáforos y directo a la entrada posterior de la residencia gubernamental.

Fue el carro que estaba estacionado en el acotamiento, el autobús que venía de frente, el tráiler que circulaba muy lento, todo se conjugó, además de la alta velocidad y el ligero pestañeo al teléfono que estaba en el asiento del copiloto, en ese momento sucedió todo. Un instante en que se escuchó el estruendo del Honda metido debajo de la caja del tráiler, un amasijo de fierros, humo, fuego y láminas retorcidas sin ninguna posibilidad de vida. En un momento estaban las ambulancias que usaron las mandíbulas mecánicas para extraer, aún con vida, a Griselda. Rápidamente las ambulancias se dirigieron al hospital General.

Ya la esperaban residentes de Medicina Interna en Urgencias, en cuanto llegó se percataron del estado de choque, pulso rápido –incontable- respiración ruda, sudorosa, pálida, fría. Con mucho cuidado la intubaron, tomaron las radiografías con portátil mientras le colocaban un catéter subclavio de triple vía, dos canalizaciones periféricas, sonda de Foley. Tenía tres costillas rotas en un lado, cinco en el otro, colapsados ambos pulmones, fractura de cadera, signos de sangrado de órganos internos, abdomen duro, en madera, los cirujanos ya tenían listos dos tubos torácicos y en menos de diez minutos estaban los cruces de sangre y primeros resultados de laboratorio. El equipo quirúrgico ya esperaba en quirófano.

Apenas el anestesiólogo asintió, una larga incisión abrió el abdomen, rápidamente entraron a la cavidad abdominal que estaba llena de sangre, la succión no se daba abasto, nada se podía ver, el cirujano pedía compresas que metía a la cavidad abdominal para sacarlas empapadas. El sangrado era profuso, coágulos flotando, el cirujano sentía un flujo sanguíneo estremecedor por debajo del hígado, con los ojos espantados dijo –es la cava- Háblenle a Alatriste -más compresas. El teléfono en la oreja– Doctor, véngase en chinga, femenino de treinta años, colisión automovilística,  hemoneumotórax, fracturas múltiples, abdomen agudo, la vena cava rota, necesitamos que venga. Alatriste al teléfono, acostado con su mujer adormilada al lado, confirmaba -¿la cava? ya voy-

La esposa solo escuchó “la cava” y cuando se levantó a buscar al Dr. Alatriste éste ya había arrancado, apenas se puso un pantalón, se calzó, salió de casa abrochándose la camisa, por la ventana solo vio la cola del automóvil y el vaho del mofle.

Cuando Alatriste llegó, Griselda ya había muerto. En efecto, la vena cava estaba rota, el hígado partido en tres pedazos, el bazo suelto, desgarrado; corazón contuso y otros destrozos. Había que esperar a las autoridades del hospital, hacer informes, explicar el asunto y preparar la conferencia de prensa.

El Dr. Alatriste, el angiólogo había tenido un largo periodo incontrolable de bebida, de largas juergas en las cantinas del rumbo. La esposa amenazó con dejarlo si seguía en ese plan. Alatriste juró que ya no bebería, éste vez era en serio, le rogó por otra oportunidad –la última- no quería perderla. Cuando todo esto pasó, Alatriste ya llevaba un mes de comportamiento ejemplar, un mes sin acudir a La Cava, la cantina de mala muerte con muchachas querendonas, dominó y amigotes

Cuando regresó a su casa, encontró las maletas de su esposa en el quicio de la puerta, además del abandono, al doctor lo esperaba una retahíla de reproches, hiel derramada y ojos llorosos.

 

 

 

 

 

 

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