El asalto al tren de Purgatorio./ Por Arturo Meza Osuna. (Relato)

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EL ASALTO AL TREN DE PURGATORIO

Por Arturo Meza Osuna

Para 1890, el ferrocarril usado en el transporte del mineral abarcaba 38 km con 5 locomotoras, 118 vagonetas para transportar mineral y carbón, 11 plataformas, 7 tanques para agua y un carro de pasajeros. El tren corría por los campos mineros de Purgatorio, Lucifer, Soledad, todos los días llevando y trayendo mineral de cobre hasta la fundición frente al puerto, pero los sábados, salía una máquina con dos vagones, el maquinista Don Chano Meza, el fogonero y dos empleados de contabilidad de la Compañía El Boleo, llevaban en una caja de metal, la raya para 800 mineros de Purgatorio y otros grupos mineros. La rutina era cosa estudiada. Desde la noche del viernes se vertían todos los datos, tarjeta por tarjeta, el contador sumaba los totales que extraía de la caja fuerte, al otro día, se individualizaba en sobres el salario de cada minero, se acomodaban en la caja de acero, se cerraba con una llave que conservaba el empleado de contabilidad, prendida con un alfiler en la bolsa de la camisa.

A la una llegaba la máquina con los dos vagones, uno cargado de carbón y otro cerrado, con un una mesa a manera de escritorio y un mueble donde se colocaba la caja de acero. Poco menos de una hora hacía el convoy a Purgatorio. Cuando se abría ese vagón, a las dos de la tarde, los mineros pasaban uno por uno para recibir el pago. Casi todos, después de recoger su salario, pasaban a la tienda de raya a liquidar adeudos que se anotaban en un pequeño cuadernillo con tres columnas: fecha, producto y precio.

El 16 de junio de 1928, al entrar a la curva del arroyo de El Cuervo, unos troncos de torote, piedras y pedazos de cardones bloqueaban la vía, el tren que no levantaba más de 30 kilómetros por hora, tuvo tiempo suficiente para frenar y limpiar la vía. No parecía un derrumbe. El que se bajó a revisar fue el fogonero. Apenas tocó piso sintió que lo jalaban con fuerza de los hombros entre dos personas, una pistola contactó con su costado derecho, solo escuchó ¡quieto!. Después que le amarraron las manos con mecate de ixtle vio de frente a los tres enmascarados con paliacates rojos y sombreros de palma que casi les cubría los ojos. Imposible reconocerlos. Lo subieron al vagón, como escudo amagaron a los dos empleados, el otro enmascarado fue por el maquinista. A todos los ataron con las manos hacia atrás. ¡no se muevan! fue la advertencia y no hablaron más.

Eran tres. Sabían a lo que iban. Inmediatamente buscaron la caja del dinero, arrancaron la llave prendida en la bolsa de la camisa del pagador, retiraron los haberes, los metieron en una bolsa de lona y abandonaron el tren. Menos de tres minutos, con precisión asombrosa -cada uno sabía lo que hacer- se fueron “con rumbo desconocido”, como luego dijera, El Precursor, el periódico local. No fue hasta pasadas las seis de la tarde que pasó un arriero del rancho Los Robles que se encontró con el tren detenido y los cuatro amarrados en el piso del vagón, los desató y dio aviso a las autoridades de la compañía minera y éstos a las autoridades civiles quienes acudieron inmediatamente para empezar las investigaciones pertinentes.

La dirección de la compañía convocó a una reunión con las autoridades civiles para exigir el esclarecimiento del robo. El sindicato minero se apresuró a negar que sus agremiados fueran capaces de tal acción. El director solo quería su dinero de vuelta y exigía a la policía la detención inmediata de los asaltantes pero la policía no tenía pistas. Por más que interrogaban a los asaltados, solo se sabía que eran tres, cara cubierta con paliacates rojos, llevaban mecate de ixtle y quizás una arma –que nadie vio- lo único que hablaron fueron cuatro palabras: quieto, no se muevan; que sabían bien a lo que iban, que el asalto fue rápido y preciso. Era todo.

Al otro día del asalto, diez personas fueron detenidas e interrogados en los separos, al final de la semana, los detenidos llegaron hasta cerca de cincuenta, era obvio que la policía seguía dando bandazos. Cualquier desconocido era objeto de detención, de malos tratos y hasta de tortura. No tenían línea de investigación sólida.

Fue el sindicalista Pablo Mero quien sugirió que se contratara a Juan “El huellero” para que resolviera el asunto. ¿Quién? Dijo el director. ¿Quién? Dijo el jefe de policía. Enseguida, Mero, contó dos o tres hazañas de “El huellero” para mostrar su enorme capacidad investigadora y poder de deducción. Cuando se perdió la hija del Jefe de la Aduana, “El huellero” fue el que dio con ella en un hotel de Mulegé; cuando las vacas muertas de Feliciano, fue “El huellero” el que encontró la yerba venenosa, salvó a dos inocentes de la cárcel; cuando el león de Santa Águeda, “El huellero” descubrió que no había león, era asunto de humanos; cuando …  No había más. –Traigan a Juan “El huellero”.

El “Huellero” era chaparrito, delgado pero panzón, cara alargada, bigote a la Cantinflas, patillas, sombrero de cuero, caminaba con las rodillas separadas, vivía en San Joaquín donde tenía un observatorio astronómico, hacía queso y el único guayabate güero de la región, nunca se despegaba de una brújula plateada que colgaban de la bolsa de la camisa. Le explicaron los pormenores del asunto. Nada dijo, no hizo ni una pregunta. Solo habló para poner la tarifa -10 por ciento de lo recuperado.

Lo primero que hizo el Huellero fue ir a la tienda de raya de Purgatorio, pidió los cuadernillos donde se anotaba los productos fiados a los mineros. Dos horas se pasó revisando las carteras, finalmente apartó tres. -Estos fueron- dijo. En las carteras constaba: 15 de junio, un paliacate- 10 centavos.

El cateo comprobó la teoría. Otro caso resuelto de “El huellero”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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