El Dr. Sergio Noyola. /Art. relato/ Por Arturo Meza Osuna.

23
0
  1. DR. SERGIO NOYOLA

Por Arturo Meza Osuna.

 

Apenas salido de la facultad de Medicina de la UNAM, en los años cincuentas recaló a Guerrero Negro que empezaba los trabajos de explotación de sal. No había un pueblo bien formado, los trabajadores vivían en carpas primero, después en los “colectivos”- casas semicilíndricas, al estilo de los investigadores de los polos- mientras se planeaba y edificaba el pueblo. El Dr. Sergio Noyola daba el servicio médico como pasante, su estancia de un año se prolongó otro y otro año, luego se quedaría en Guerrero Negro hasta su muerte.

Solo salía de Guerrero Negro para instruirse en alguna técnica, en algún programa; asistía a congresos, cursos, diplomados, aprendía para poner en práctica sus conocimientos con sus pacientes de Guerrero Negro. Hacía de todo, además de la consulta general operaba apendicitis, colecistitis, extraía cálculos de las vías urinarias, hacía cesáreas, operaciones complejas con muy pocos elementos, si se compara con los recursos que tienen hoy los cirujanos. Operaba con Don Tomás, un anestesista técnico que era el mismo técnico de rayos equis; le ayudaban enfermeras eficientísimas y una ama de llaves que fue –la Prieta Canett- su madre, su administradora, su conciencia. Nunca se casó y fue un permanente solterón que disfrutó de la vida a tope.

Un caso de médico y pueblo que no se sucederá más. El médico y la ciudadanía crecieron juntos desde abajo, el médico, por ejemplo, atendió los partos y cesáreas de las mujeres de Guerrero Negro durante casi treinta años, todos los niños nacidos desde 1956 -año en que inició el Dr. Noyola su pasantía y su trabajo con la Exportadora de Sal. S. A- hasta entrados los años setentas, habían sido traídos al mundo por sus manos. El Dr. Noyola los conocía a todos, no requería de expediente, de memoria se sabía sus historias clínicas. Hasta 1970 le contrataron médicos que le ayudaran en la clínica de la ESSA, la compañía había crecido, el pueblo llegaba a más de cinco mil habitantes. Entre los médicos que colaboraron con Noyola se cuentan Guijosa, César Sánchez, Montes de Oca, Rafael Hernández, Salvador Gamboa, Cirilo Álvarez, Carlos Ávila, Andrés Lagarde y el último, Arturo Meza

Durante veinte años estuvo de guardia los 365 días, día y noche. Nunca dejó de atender a nadie. Los habitantes de Guerrero Negro sabían que podían llamar a su puerta a cualquier hora, el Dr. Noyola acudía y hacía su trabajo de madrugada y al rato, estaba, como fresca lechuga, en la visita a los pacientes hospitalizados, en la consulta y en la cirugía programada. Los antiguos habitantes de Guerrero Negro sabían que al doctor  le gustaba la buena vida, se daba sus gustos en comida y bebida. Más de una vez acudió a una consulta con tragos de más, algo que le perdonaban, entendían y se convertían en chascarrillos que luego, Noyola, platicaba en sabrosas y dilatadas conversaciones con una tasa de café en la mano. Cuando ya la gota-aumento de ácido úrico-  no le dejó tomar el coñac que degustaba con fruición, podía solicitar –a la Prieta- que le pusieran una gotitas de coñac al café, solicitud que al rato se convertía en un chorrito de coñac al café, que si la plática pasaba de las doce y se ponía bueno el chisme y si llegaban amigos entrañables, irremediablemente terminaba con el famoso: échale un poco de café al coñac.

Sus amigos, sus pacientes le querían realmente, tenía un trato suave, elegante y siempre respetuoso. Casi nunca lo vi enojado. Solo una vez lo vi montar en cólera cuando alguien osó desconocer su autoridad, nos reunió a todos, junto con el médico que no había atendido a sus indicaciones y ante todos, a puerta cerrada, se dirigió al conflictivo, le apuntó el índice en el pecho y le espetó –“Doctor, no se le olvide, aquí mando yo y si no le gusta, ya sabe que hacer”- se acabó el conflicto, en lo sucesivo, el aludido entendió el tan directo mensaje y todo marchó miel sobre hojuelas.

Sus facultades mermaban, la gota, la hipertensión, a pesar de no ser tan veterano, le quitaban parte de su  libertad, especialmente en los viajes, en comida, en bebida se fue recluyendo en su casa donde lo visitaban y conversaban largamente con el Ingeniero Bremer, El Prieto Castro, Nardo Villavicencio y otros viejos compinches.

Fue bueno para los negocios, incrementó su patrimonio con una tienda de licores, edificios para renta, un restaurante y un hotel que se encuentra a la entrada del pueblo. Cuando murió, el pueblo lo lloró como si fuera un familiar. Guerrero Negro ya había crecido, tenía habitantes que no habían conocido al Dr. Noyola, ya había más gente que no dependía de la ESSA, los trabajadores de ESSA habían ingresado al régimen del Seguro Social, la oferta médica ya se había dispersado.

Una calle en el centro del pueblo le recuerda. Un caso de relación médico – pacientes que difícilmente se repetirá.

 

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here