Peripecias del organillero don Isabel de la Rosa Cuento histórico Por Sergio Ávila R.

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Fue durante aquel verano paceño, cuando fueron citados a la Comandancia de Policía para el día siguiente los “cilindreros” don Isabel de la Rosa y otro compañero. ¿La causa? En un fandango ambos estaban tocando al mismo tiempo y eso estaba prohibido por la Ley. Cuando los policías les notificaron esa falta, muy quitado de la pena uno de ellos respondió: “Es capricho tocar juntos”, y siguieron girando los manubrios de sus organillos, mientras los contrariados agentes daban media vuelta para seguir haciendo su ronda.

Por estas mismas fechas Isabel de la Rosa se quiso pasar de listo, y nuevamente fue citado para el siguiente día por los guardianes del orden, pues lo sorprendieron en un callejón obscuro divirtiendo a unos paisanos, mientras muy inspirado arrancaba nostálgicas notas a su organillo después de las 10 p. m., hora límite fijada para que todos los músicos guardaran sus instrumentos.

Y la mala suerte siguió sumándose al organillero, porque poco después en una esquina del jardín Velasco, frente a la todavía sin torres parroquia de Nuestra Señora de la Paz, esperaba que un cliente le pidiera algunas piezas. Una señora de no mal ver salió del templo y pasó por su lado, y ni tardo ni perezoso le dirigió unas cuantas palabras. Ella no le contestó aunque dijo para sus adentros “¡Chula pistola cachas de lomboy!” Y con fijo mirar siguió caminando sobre la calle Ayuntamiento.1

Al no recibir respuesta el galán en ciernes, descansó su agudo mentón y anchas manos sobre la parte superior del instrumento, para así, cómodamente seguir admirando aquel espectacular y blanco serpenteo, hasta verlo desaparecer a la vuelta de una esquina de la calle Segunda.2

Este hombre acababa de llegar de dar unas tocadas en la cantina del Sr. Victoriano Vivero,  por  la calle Lerdo de Tejada, y después en la de don Andrés Verdugo, sobre la calle Tercera3 sur y Degollado. Se retiró su inseparable sombrerito de fieltro, y se sentó a descansar un rato en una de aquellas bancas, artesanalmente elaboradas con angostas tiras de madera, recostando sobre las piernas el voluminoso aparato que pesaba más de 40 kg.

Y ante el grato silencio bajo los árboles de tamarindo, él estaba pensando en visitar la cantina de Justiniano Hidalgo, allá en Independencia y calle Octava4, cuando sus planes fueron drásticamente interrumpidos por la iracunda, aunque bella mujer acompañada de un par de policías, quienes de inmediato y sin mediar palabra lo remitieron a la cárcel. Y ahí va don Isabel calle abajo, flanqueado por ambos guardianes, cargando el organillo a la espalda, tal como se estilaba transportar el instrumento, sólo que ahora por la pena se sentía como cargando una cruz, conducido por una especie de soldados romanos, que a cada rato le reiteraban el consabido ¡Apúrele cabrón!

Afortunadamente el “Calvario” de nuestro personaje no fue muy largo, solamente caminó un corto trecho pues la Cárcel Municipal se encontraba a dos cuadras, sobre la calle Primera.5 Ahí el alcaide le informó que lo habían arrestado por decirle palabras obscenas a esa fémina. A lo mejor esa joven con albo sombrero de ala ancha había “exagerado la nota”, y el bonachón de don Isabel solamente le había lanzado un delicado piropo, aunque muy mal interpretado por tan delicada dama, situación por la cual tuvo que pagar $1.00 de multa, y después de tediosa amonestación salió a seguir buscando el diario sustento.

En otra ocasión iría hasta la cantina de don Justiniano Hidalgo y cambió de ruta. Al dejar tras de sí las altas puertas de la prisión caminó media cuadra y llegó a la esquina. Ese cruce formado por las calles Primera e Independencia representaba para los parroquianos una verdadera encrucijada, debido a la diversidad de opciones que había donde beber cerveza, copas de mezcal, de whisky “Canadian Club” y hasta champagne “Domcour”; saborear unos taquitos dorados de “agujón”,6 o mejor todavía, tronchos de hígado de caguama aderezados con limón y sal, y jugar también una partidita de dominó, pues ahí confluían tres cantinas cuyos respectivos propietarios eran los Sres. Julio Gallo, Francisco Díaz y Rafael Osuna.7

Esa tarde el organillero de la Rosa recorrió estos lugares donde logró hacerse de una regular dotación de moneditas de cobre, que bien le alcanzarían para comprar un morral  repleto de birotes, conchitas, huaraches y chamucos en la panadería “La Diosa Ceres”,8 esquina de calles Segunda e Independencia, además don Apolonio acostumbraba obsequiar a sus clientes habituales con un buen pilón.

Muchos parroquianos no querían cooperar con el buenazo Isabel porque, los rodillos de los organillos de estos tiempos sólo traían grabados melodías europeas, tales como el vals “El Danubio Azul” y la polca “Champagne”, compuestos por Johann Strauss II. Cabe decir que el vals es originario del Tirol (Austria) y del sur de Alemania, mientras que la polca nació en Bohemia. Los investigadores de la música coinciden en que los primeros organillos o cilindros, llegaron de Alemania a México a finales del s. XIX, como un regalo del gobierno germano al presidente Porfirio Díaz.

Desde luego que en nuestra “Ciudad de los Molinos” había algunos grupitos musicales que alegraban a los bebedores, especialmente el de Juan Nava, acompañado por José Ma. Rodríguez, José Manríquez y Luis Pérez. Esa noche y las anteriores hubo varios acarreados a la cárcel por los siguientes motivos: “Andar muy incorrecto”, “algo tomado de licor”, “Ebrio descompasado”, “Trastornado de la cabeza”, “Ebrio y con imprudencias”, expresar “Palabras fuertes en clase de altercado”, y jugando “Tirándose de manazos”. También fue a continuar su siesta en la reja un “ebrio dormido en un sofá del jardín Velasco” en calle Segunda, frente a Palacio de Gobierno.

También las mujeres mañosas tenían cabida en prisión: Doña Juanita fue detenida a las 4:20 p. m. “por haber estado ébria y expresándose con palabras obscenas” en la calle Primera norte. De igual manera, una señora llamada Cándida, que le hacía honor a su nombre, fue detenida a las 7:00 p. m. por el policía Felipe González. Tal vez debido al agobiante calor que esta dama sentía, andaba “alzándose los vestidos de una manera inconveniente”, en la calle Segunda, frente a la casa de la señora Concepción Vallejo.

Esta corporación policíaca era reconocida por actuar siempre de manera democrática; los animales no alegaban ni bebían mezcal pero sí les gustaba la cena gourmet, y a las 9:45 de una de esas noches dos vacas con todo y becerros, que andaban paladeando las flores del jardín Velasco, fueron detenidas y encerradas en las caballerizas de la Gendarmería. Bien, eran las nueve de la noche, y ya no le alcanzaría el tiempo al organillero para trasladarse a la cantina de don Jesús Toledo, en la esquina de calles Hidalgo y Cuarta.9

Para terminar su jornada, esa noche de luna llena del domingo 2 de septiembre de 1906 se dirigió a la cantina “El Paso de Venus”, sobre la calle Segunda norte. El lugar estaba ocupado solamente por tres o cuatro parroquianos sentados ante la barra, y en la mesa del fondo un anciano solitario platicando con nadie. Encima de la contrabarra acababan de colocar un cuadro con una ilustración donde se apreciaba el Sol y el planeta Venus en su recorrido.

Don Isabel le preguntó al cantinero propietario sobre la imagen, y el viejón don Pancho muy orondo le contestó que, su nueva y joven esposa había nacido en el año 1882, fecha en que por última vez se había dado el paso de Venus entre el Sol y la Tierra, y que por ese motivo le puso tal nombre a su establecimiento.

Al no tener a quien tocarle, don Isabel de la Rosa dejó recargado en un rincón el organillo. Su amigo Pancho le obsequió una copa de  “mezcal  brandy”, reserva familiar, elaborado por don Nabor Mendoza, dueño del rancho El Oro.10 Siguió escuchando a su amigo cantinero, y sacó este un descolorido folleto del cajón de la barra disponiéndose a darle lectura.

— ¡Pon atención Isabel, cambias más de lugar que una chacuaca enamorada! ¡Allí va!:

“El 3 de junio de 1769, en San José del Cabo, México, el científico francés… no sé cómo se prenuncia este pinchi nombrecito tan revoltoso (Jean-Baptiste Chappe d’Auteroche), realizó importantes observaciones en su telescopio sobre el paso de Venus. Él era un sacerdote, y falleció en ese mismo lugar a los dos meses de haber realizado tal hazaña científica…el próximo paso de Venus será el 8 de junio del año 2004…”

— ¿Y cómo la ves con estas cosas de la cencia, Isabel?

— ¡Pos pa’ mí que ese padrecito aparte de aguzado era medio cabrón! -dijo el organillero- y empinó su copita hasta el fondo.

— ¡No, no, medio era poco, era cabrón y medio el francesito!

— ¿Entonces le cairía una maldición y se lo cargó por andar ispiando en el más allá?

— Nada de eso; decía mi tío Antolín, el profe, que se murió del “mal de tripas” el pobre. Y hablando de lo mesmo, el próximo 8 de junio del año 2004, en honor de mi mujer haré un borrego en barbacoa. ¡Quedas cordialmente invitado!

— ¡Muchas gracias Panchito, pero ese día no podré salir pa’ la calle!

NOTAS

1 Actualmente  calle 5 de mayo.

2 Actualmente  calle Francisco I. Madero.

3 Actualmente  calle Revolución de 1910.

4 Actualmente  calle Valentín Gómez Farías.

5 Actualmente  calle Belisario Domínguez.

6 “Agujón” se le llamaba al hoy “Marlin”, desde aquellos tiempos hasta más o menos 1970.

7 En el edificio donde estaba la cantina “La Luz del Día”, propiedad del Sr. Rafael Osuna, al transcurrir del tiempo se convirtió en la deliciosa nevería “La Flor de La Paz”.

8 Don Apolonio Casillas era el propietario de la panadería “La Diosa Ceres”; padre de una jovencita de 17 años, quien después se convertiría en la insigne Profra. Concepción Casillas Seguame.

9 Actualmente  calle Aquiles Serdán.

10 Don Nabor Mendoza recibió Diploma de Honor, en la Exposición Universal de Chicago en 1893, por su producto Mezcal Brandy.

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