HOSPITAL JUÁREZ. Por Arturo Meza O. /18 09 19/. (Narración)./OPINIÓN. Alejandro J. Taboada/

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EL HOSPITAL JUAREZ.

Por Arturo Meza Osuna.

 Han de saber que un estudiante de medicina en la UNAM lleva primero las materias básicas llamadas “duras” en la Ciudad Universitaria, Fisiología, Anatomía, Bioquímica, Bacteriología, Farmacología y demás en cuatro semestres dentro de las aulas, anfiteatros, basamentos, laboratorios de las facultad, el resto de materias llamadas clínicas –ginecología, neumología, cardiología etc.-, se llevan en los diferentes hospitales de la Ciudad de México. Este periplo por hospitales es de lo más enriquecedor, pues cada hospital tiene su propia oficina de enseñanza, sus profesores –sus vacas sagradas- sus métodos, sus aulas, sus costumbres, sus motivos de orgullo  y claro, las peculiaridades del rumbo.

Uno de los que recuerdo con mayor agrado es el Hospital Juárez, el viejo Juárez que se derrumbó –su torre principal- en el terremoto del 85. Tiene una historia gloriosa, inicialmente era el Colegio del Claustro de San Pablo, un edificio construido por monjes agustinos en 1575 casi en el centro de la Ciudad de México, lo convirtieron en hospital para atender los heridos de la Guerra de Intervención Norteamericana y se llamó Hospital de San Pablo, le cambiaron el nombre al morir el presidente Benito Juárez en 1872. Tuvo muchos cambios pero su estructura central nunca se modificó. En 1970 se extendió con una moderna torre de doce pisos. El contraste era encantador, por un lado, la construcción colonial de dos plantas donde estaban las aulas, la residencia de médicos y la biblioteca, con un patio central cuadrado, lavamanos en las paredes, un gran cubo de la escalera al que se accede por un arco de piedra, fresnos que sombrean toda la orilla del patio y fuente clásica de cantera en el centro. Uno se podía pasar horas charlando, estudiando, leyendo en la tranquilidad de sus pasillos, por otro, la torre donde estaba la consulta, la hospitalización, los quirófanos y pisos de especialidad.

Había una gran capilla –La Capilla de Indios- en medio de la torre y el convento con un concepto muy juarista para unos y quizás hasta hereje, para otros: la capilla de muros de tezontle, gárgolas y troneras, fue convertida en auditorio, era el aula magna usada para eventos muy especiales, con cabina de proyección, pantallas, un proscenio con palestra donde debería estar el altar y en el centro, donde habitualmente se coloca el Cristo crucificado, una gran retrato de Don Benito Juárez.

Ahí llevé la materia de gastroenterología con el maestro Lozano, un gran profesor que traía a los residentes de especialidad en chinga, en cambio, con nosotros los estudiantes era un buenazo. Nos ponía de acuerdo en el aula para responder una o varias preguntas, por ejemplo, ¿Cuáles son las pruebas de funcionamiento hepático más sensibles en el absceso hepático amibiano?. La mayor parte de las veces no nos sabíamos la respuesta, el maestro Lozano nos la resolvía “fosfatasa alcalina en 80 %, las transaminasas en 30 % y las bilirrubinas en solo 10 %” – nos decía ¿no se les olvida?. Luego asistíamos al hospital, a la visita matutina se agregaban los residentes de especialidad y les echaba la pregunta al vuelo. Generalmente no la sabían. Entonces, como al azar, nos apuntaba a uno de los estudiantes. “A ver mis estudiantes, ¿Cuáles son la pruebas de funcionamiento hepático más sensible en el absceso hepático amibiano?. Claro, ya nos la sabíamos se las recitábamos. Entonces venía un regaño tremendo a los residentes a los que mandaba a estudiar y traer aprendida la lección que “hasta mis estudiantes se saben, ¿no les da vergüenza?”.

Era un ambiente de estudio, de discusión, de reflexión en el claustro. Eran frecuentes los Congresos –varios internacionales-  las presentaciones de libros, simposios, actividades extraescolares como conferencias, sesiones de la Sociedad de Historia de la Medicina o de la Sociedad Psicoanalítica, por ejemplo. Se podía pasar todo el día por el rumbo porque a todas horas había actividades académicas. En esa parte de la Ciudad de México donde está el Claustro de San Pablo por el rumbo de La Merced, había una gran cantidad de cantinas de botana, a las que acudíamos a comer –una cerveza, una botana- no era raro que regresáramos a los eventos académicos medios mareados pero con la panza llena por las  generosas botanas que servían. Había también varios restaurantes de comida libanesa, demasiado caros y lujosos para estudiantes menesterosos.

Tiene el orgullo el Hospital Juárez de haber sido el primero donde se tomó una radiografía en América Latina, donde se fundó el Primer Banco de sangre, ha albergado varios médicos autores de libros académicos; tuvo entre sus filas al Dr. Elías Nandino, laureado poeta del grupo de Los Contemporáneos

Cuando el temblor, murieron en la torre, cerca de mil personas, la mayoría médicos y enfermeras. Nuestro amado maestro Lozano tuvo un terrible fin, quedó atrapado en el piso quinto, el de cirugía. Se lograron comunicar con él pero no pudieron salvarlo, herido, diezmado, pasaron las horas, los días, se fue perdiendo su voz, muchos días después se pudo rescatar su cuerpo, sin vida.

Ya no se volvió a construir la torre,  solo queda el claustro de San Pablo que es sede de varias organizaciones académicas, ahí permanece oculto del ruido de las calles llena de vendedores de videos piratas y tiendas de bicicletas, cerquita del metro Pino Suárez a siete cuadras del Zócalo.

 

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ACTITUD DE CAMBIO.

Por: Alejandro Jiménez Taboada.

Una actitud, que suele convertirse en un problema agudo, lo tenemos en la resistencia al cambio, que se exacerba en tiempos de crisis como el que se está viviendo. El criterio predominantemente conservador y defensor del “estatus quo”, de entrada se siente amenazado, lo que lo lleva a “hacer hasta lo indecible”, para impedir y retrasar lo más posible, cambios que por el peso de la verdad que los respalda, son inevitables; mismos que entran dentro del rango de cambios de carácter evolutivo, es decir, que van de menos a más y que en nuestra nación los localizamos muy claramente en el contenido de la 4a Transformación, que es notoriamente progresiva. Más que tratarse de una “revolución pacífica”, por lo que a México se refiere-según mi humilde parecer-se está experimentando un despertar de conciencia masivo, como resultado de la necesidad de salir de la podredumbre que nos envolvió y compenetró y que deriva en aprendizaje encaminado a ayudar, para salir de hoyo en que caímos. Sin olvidar que la transformación que se está registrando, es global, por razones obvias y eso es significativo, al resaltar el hecho de que no estamos solos.

Finalizo volviendo a “esa ferrea resistencia al cambio”, interpretada como un retroceso y consecuente desmoronamiento de valores básicos, indispensables para la configuración de una civilización con autoridad moral; cuando que en la práctica, nuestra civilización está muy alejada de cumplir con esa condición. Y para apuntalar esto sobran razones; subrayó a la diametral desigualdad, en la manera en cómo se distribuye la riqueza y se imparte la justicia y la forma en que por lo general nos desarrollamos y progresamos, determinado esto por un criterio rector predominante materialista, que sigue “vivito y coleando aún”, gracias a la inercia impulsada por paradigmas caducos e irracionalmente vigentes, propios del “estatus quo”, renuente a admitir los errores cometidos y a enmendar en lo posible el daño infringido; imposibilidad que responde a una manera de pensar, alimentada preferentemente por mentiras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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