EL TAXI 32. Relato. Por Arturo Meza Osuna. /Agosto 2019/

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EL TAXI 32

Por Arturo Meza Osuna

Había llevado una vida ajetreada en Tijuana, eran muchos años de alcohol, de desveladas, años trabajando en los bares desde cantinero, a cadenero, a sacaborrachos, traficante, madrina. No tenía hijos, a punto de cumplir cuarenta su mujer lo abandonó, no tenía entusiasmo para empezar otra relación. La ciudad lo abrumaba, tampoco tenía familiares cercanos en la ciudad. Hace tiempo añoraba sus días de niñez en San Ignacio. Hacía unos días se había encontrado con el Profe Luis Esquer, su paisano, hablaron del pueblo, se acordaron de gente, le entró la nostalgia. El profe no fallaba a las fiestas del patrón los últimos días de julio. La idea de regresar al pueblo, de ser un desvarío, poco a poco se fue tornando en plausible, luego en probable, más de una vez en su soledad hizo planes.

Un hecho lo decidió. Como diez tipos llegaron al bar donde trabajaba, sacaron sus armas y rociaron a cuanto ser viviente había en el bar. El desmadre lo agarró, afortunadamente, detrás de la barra. Escuchó sin moverse los dos – tres minutos de balazos, volaron astillas a su alrededor, explotaron las botellas, los vasos, las copas, algunas balas perforaron la madera, el escándalo, los gritos, el estruendo. Cuando se fueron los pistoleros solo quedaron cuerpos acribillados, gritos, llantos, quejidos; la sangre, el olor a pólvora, cristales rotos, las ambulancias chillonas, la policía, las torretas a todo lo que daban, los paramédicos levantando heridos, camillas que corrían de un lado a otro. Buscó a sus amigos, el gerente estaba muerto, cantineros heridos, meseras ensangrentadas se buscaban heridas, sangre ajena, sangre propia. Ayudó a incorporarse a unos, revisó a otros. Muchos muertos. No quiso saber más.

Tomó dos, tres mudas de ropa, sacó la maleta, artículos para el aseo, el guardadito de la feria y se fue a la terminal de autobuses. No paró hasta San Ignacio.

Llegó al hotelito del Nano Fong, por la mañana salió a recorrer el pueblo, caminó desde el hotel por la carretera, saludó gente que le respondió el saludo. Llegó al pueblo y platicó con los habituales de la plaza. Ahí se enteró que Marcos, el  peluquero, vendía una concesión de taxi. Buscó a Marcos ese mismo día. El carro estaba en buenas condiciones, el precio algo elevado, regateó un rato, al fin llegaron a un acuerdo. La vieja casa de sus padres aún existía, el predio estaba lleno de yerbas. Nadie sabía nada de la propiedad. Podía edificar una habitación, luego con las ganancias del taxi, derrumbar lo viejo y ampliar la construcción. Tenía planes, mucho que hacer y una vida.

Al mes se sintió mal, un poco de fiebre en la tarde, quizás un resfrío, se dijo. Al otro día diarrea. Fue al Centro de Salud, la doctora le prescribió medicamentos. Mejoró y pasó cuatro días sin novedad cuando volvió la diarrea. Perdió el apetito, la fiebre vespertina y la falta de fuerzas, así estuvo durante quince días en que bajó de peso. El cinturón holgado, la cara había perdido brillo, se sentía débil. Fue a Santa Rosalía a ver al médico. Ahí le mandaron hacer la prueba de VIH. En una semana se reportó positiva.

No sabía qué hacer, el médico le dijo que podía empezar un tratamiento, que hacía falta hacer otros análisis. Antes de empezar el tratamiento inició con tos. No podía respirar. Trataba de regresar a Santa Rosalía, se sentía muy mal. Se subió al taxi y ya no pudo más. Afuera de su casa en construcción ahí murió. Lo llevaron al SEMEFO, le hicieron la autopsia. Ahí quedó el cadáver, nadie lo veló, nadie lo reclamó. No apareció ningún familiar. Terminó en la fosa común.

Todo el pueblo sabía la causa de la muerte. Era a finales de los ochentas, había muchos mitos respecto del SIDA y algunas cuestiones no resueltas. Surgían todo tipo de rumores, teorías conspiratorias se mezclaban con aseveraciones científicas. La Falta de información se sustituía con el rumor. Los moralistas encontraron tierra fértil, las condenas, el pecado, el infierno. El diagnóstico era la muerte.

El taxi 32 nadie lo reclamó, ahí permanece. La gente pasa por la acera de enfrente y hay quienes deciden dar la vuelta, no pasar.

El taxi 32 ya tiene muchos años donde mismo, no se ha movido un centímetro. Apenas se puede ver que la pintura se ha descascarado, una capa de polvo lo cubre perfectamente, ni una inscripción en los cristales; las llantas ponchadas, agrietadas, los rines oxidados. El interior está como lo dejó el propietario, los papeles en la guantera, en el asiento de atrás unos textiles, un envase de refresco. No le han robado ni la batería. El motor está completo. La gente pasa sin mirar. El taxi 32 no existe, el enfermo, olvidado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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