PUREZA MORAL. Por Arturo Meza Osuna. /Opinión/

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PUREZA MORAL

Por Arturo Meza Osuna

Leo en Facebook, a veces, a un individuo que fustiga constantemente a los corruptos, los delincuentes, criminales; tiene palabras duras contra los expresidentes, pide hasta la pena de muerte, además da consejos, no pierde la oportunidad de endilgarnos frases de elevado contenido moral, dichos de Paulo Coelho, mensajes de paz mundial. Hoy ataca con fiereza a Rosario Robles, no la baja de delincuente, de traidora a la patria; al gobernador, de corrupto, hace escarnio de su obesidad; a los diputados, al presidente municipal, reparte para todos desde una superioridad moral notable. Es un individuo que recuerdo por un caso que habré de relatar y que no habla muy bien de su integridad personal.

El tipo en cuestión le pondremos Rogelio, sudcaliforniano, vivía, en los setentas en el DF, abogado, supongo que tenía muy buen trabajo, ganaba bien, todo parecía indicar que era un hombre exitoso. Una casa enorme, bien situada, dos empleadas domésticas, carrazos en la cochera, alberca y jardín inglés. Su esposa, una altísima mujer rubia, guapa, ojo azul, de porte extranjero, después sabría que era mexicana pero había vivido su juventud en Francia, también profesionista como Rogelio.

Cristina, hermana putativa de Rogelio, creció en la familia como criada y como nana de Rogelio en un pueblo del municipio de Mulegé, después casi su madre hasta que Rogelio se fue a estudiar, se recibió y olvidó la parentela, nunca regresó al terruño. Veinte años después, Cristina se tuvo que trasladar a la Ciudad de México y no tenía donde parar. Llegó a mi departamento en donde vivíamos seis estudiantes porque uno de ellos era su primo. Le dimos albergue por el tiempo que requiriera. El Arnulfo su hijo había caído en la cárcel acusado de violación. La señora Cristina sin los medios necesarios para montar una buena defensa del hijo al que todos creíamos inocente, porque lo conocíamos y sabíamos que era un estupendo ser humano, nos contó angustiada las vicisitudes del Arnulfo, que con lo único que contaba era con su hermano Rogelio, al que hacía mucho no veía, había conseguido la dirección y pensaba visitarlo para pedirle ayuda.

Me tocó llevarla a buscar el apoyo de Rogelio, después de mucho buscar dimos con su casa. Me llamó la atención la frialdad del recibimiento. Ni siquiera nos presentó a la esposa que se unió, inopinadamente, a la reunión. Llorando, afligida, Cristina solicitó el apoyo, le contó todo lo que sabía del proceso penal del Arnulfo, éste escuchó sin interrumpir y casi sin inmutarse, de vez en cuando asentía. Cuando Doña Cristina terminó el relato, la esposa le hizo una seña discreta a Rogelio, se levantaron, se dirigieron a la cocina y ahí hablaron, cuchichearon, levantaron la voz y nosotros esperando. Fueron sus palabras iniciales –nada podemos hacer- Doña Cristina esperaba quizás que le ofrecieran hospedaje, la recomendación de un abogado, ayuda económica, al menos, palabras de aliento. Nada. Casi nos empujaron hacia la puerta, la abrieron y salimos. Recuerdo que empezó a llover, nos empapamos buscando un taxi. Doña Cristina lloraba inconsolable, creo que yo también.

La vida siguió, Doña Cristina se quedó en el DF. Al Arnulfo lo recluyeron a Lecumberri. Por la tarde, a las cuatro, dos días a la semana había visita. Nos turnábamos para acompañarla y saludar al Arnulfo, a llevarle fruta, jabón, shampoo, nos tuvimos que cortar el pelo, no podíamos llevar ropa azul, hacíamos largas colas. Dos meses después Doña Cristina consiguió un trabajo de cocinera en una fonda y abandonó nuestro departamento, nunca habíamos comido tan bien como cuando tuvimos a Doña Cristina de huésped, era excelente cocinera, así se pudo costear una habitación de azotea, luego empezó a lavar y planchar ajeno, tejía y vendía chambritas, limpiaba departamentos, descansaba haciendo adobes. Fueron días muy duros, contrató abogados, se movilizó. De vez en cuando iba a nuestro departamento y nos hacía una excelente “caldo cocido” que nos recordaba el “cocido” sudcaliforniano y nos platicaba de los avances –y retrocesos- del caso del Arnulfo.

Se mantuvo cinco años en el DF. Sola en la gran ciudad, padeció las largas esperas entre audiencia y audiencia, las malas noticias, las filas interminables, pagos de sobornos para “que el caso camine”, las copias, los sellos, las firmas; los jueces, el defensor, las secretarias; demandas, apelaciones, sentencias, consignaciones; desvelos, esperanzas y desesperanzas; taxis, autobuses, asaltos, abusos, el trabajo, el cansancio, incomodidades, las piernas hinchadas y la nostalgia de la tierra, de su antigua vida.

Finalmente, después de tres años en el bote, demostraron que la mujer que acusaba al Arnulfo, había hecho lo mismo en tres estados de la República, que era una manera de sacar dinero haciendo falsas acusaciones de violación, de esta forma muy hábil, pedía grandes cantidades de dinero para desistirse de la demanda. Doña Cristina consiguió los expedientes de Zacatecas y otros dos estados donde la mujer había jodido a otros individuos. Así salió el Arnulfo exonerado de la cárcel para terminar la carrera de veterinaria. Luego les perdí la huella

Veinticinco años después encontré a Doña Cristina, aquí en La Paz. Se me quedaba viendo –yo la reconocí luego-luego – se fue acercando y cayendo en cuenta que era yo ¡mi ángel! exclamó y me abrazó tan fuerte que no me podía soltar.

De Rogelio, su hermano que se negó a ayudarla cuando más lo necesitaba nada quería saber. Alguna vez le pregunté si no había insistido en busca de ayuda cuando las cosas se pusieron cuesta arriba. Lo defendió, echó la culpa a la esposa, que por alguna razón desconocida no le agradaban los parientes provincianos de su esposo y había obligado al pobre Rogelio a negar ayuda. Una actitud vergonzosa. Ese que ahora flagela con su superioridad moral, que parte y reparte, si lo sabré y me consta, es un culero.

 

 

 

 

 

 

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