«YEMI»; UNA VIDA ENTREGADA A SAN JOSÉ DEL CABO, CON PASIÓN Y NATURAL TALENTO. DOMINGO VALENTÍN CASTRO BURGOIN

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Por Domingo Valentín Castro Burgoin*.
«El tiempo quedó atrás y lo perdido suspendido ha quedado en el recuerdo San José es un pueblo bendecido por la mano del Creador que está en el cielo»:
Del poema Campanas de mi pueblo de Edelmira Bertha Romero.
Las raíces de la mayoría de los árboles, mientras más añejos, más profundas. Las raíces de nuestra gente, en nuestra tierra, mientras más añejas irrumpen la superficie de los sentimientos y se ven desde lejos, como el Picacho de San Lázaro, como el Cerro de la Chiva, como la Sierra de la Laguna, que majestuosa voltea al Golfo de California y se mete como un prehistórico dinosaurio por las fauces del Arco Finisterra en las procelosas aguas de Yenekamú (luego conocido como Cabo California y ahora Cabo San Lucas) donde varias veces vieron reflejarse en sí mismas a los buques de piratas y corsarios, navíos de la Nao de China y hasta furiosas, como en los fuertes chubascos, repudiaron la violación de la soberanía nacional ejercida por los barcos de guerra norteamericanos en 1847.
El tiempo pasa, la oportunidad llega
Hace tiempo quería escribir de la amiga Yemi; así la tratamos desde niños, con mucha cercanía y con respeto, cuando íbamos de Villa Chica, a unas dos cuadras de su casa en Manuel Doblado y Morelos, pues todo quedaba cerca, en el ahora centro histórico de San José Añuití. Niños en ese tiempo, con la «pata pelada» íbamos a comprar golosinas a la tienda que por décadas atendió junto con su esposo Don Norberto Marrón Álvarez, fallecido a la edad de 81 años, el 19 de octubre de 2012. Hago un paréntesis para referirme a Don Norberto: hombre tan serio como activo, pero atento y emprendedor, había sido cantinero en el pionero hotel Palmilla, desde sus inicios, y se ganó la confianza de Juan Abelardo Rodríguez, hijo del ex gobernador de Baja California y presidente de la República, general Abelardo L. Rodríguez, quien estimó a don Norberto como si fuera un hijo. Después de salir del Hotel Palmilla, seguramente con la liquidación otorgada, adquirió un camión para acarreo de materiales para trabajar en la construcción de la carretera a La Paz, y que le sirvió hasta para traer productos agrícolas del Valle de Santo Domingo y llevar mangos y otras frutas de aquí para Comondú.
Como todo lo que se hace cotidiano, muchas veces desconocemos el interior de las personas que se tiene tan cerca, y a la vez tan lejos: por la edad, por el quehacer, por los problemas, por la vida misma, por andar en sintonías distintas.
Después de mi adolescencia y trabajar dos años en Almacenes Goncanseco, S. A., otrora La Voz del Sur, donde trabajaron mis amados tíos Carballo Valle y grandes amigos, -casi todos fallecidos a la fecha- me fui a estudiar a la Escuela Normal Urbana de La Paz, ahora Benemérita, y me olvidé del tiempo y de los años, lo que parece ser norma común en la adolescencia, pero no me olvidé de San José, menos de mi familia y mis amigos que tuve en la infancia (sigo viendo al Cabañas, al Barril a Juani, a Luis Piñuelas, a Crispín Lomelí y a su hermano que me encontré en Catastro, a los hijos de Chicho Castro, a los hijos del Cabo Negro, de Manuel Ruiz, de Ricardo Espinoza), y eso porque nunca dejé de regresar aunque fuera por unas horas, y cada vez la nostalgia iba creciendo como una bugambilia de flores moradas. Y el orgulloso guanacaste* también seguía creciendo y su tronco engrosando y destilando pedazos de piel como escamas de pescado frente al sol; el mismo guanacaste que nos sigue dando su sombra y ha sido mudo testigo de la transformación de las viejas casas de palma y carrizo, construidas con esqueletos de vigas, como las que había a su alrededor, ahora transformadas por el cemento y la varilla o derruidas por el tiempo y la mano del hombre, como la vieja casa donde vivió su ancianidad Don Matías L. Galindo, hasta que mi tata Cuate lo adoptó hasta su muerte.
Ese fue nuestro entorno de niños y el de Doña Yemi de adulta, quien no poca veces disfrutó del pan de doña Beatriz acompañada de un humeante café -de talega- con leche bronca, la que vendían don Domingo Castro y doña Lupe, con quienes tuve mi primer trabajo asalariado, alimentando vacas y puercos en la huerta de don Bichano.
Yemi en sus nostalgias
Edelmira Bertha Romero Castro «Yemi», nacida el primero de septiembre de 1933, quedó huérfana muy pequeña y ese sufrimiento le marcó para siempre el corazón. Su nacimiento fue atendido por doña Nicolasa, famosa partera de San José, cuando los médicos escaseaban, y era común que una mujer mayor ayudara en los trabajos de parto, con su sola pericia y experiencia.
El 21 de agosto de 1939 murió su madre doña Ramona Castro Arballo, hermana de don Luis Castro, y ese golpe le provocó aislamiento, introspección y daño moral que después superaría, por el paso de la adolescencia y las actividades que emprendió, y desde luego por la fortuna de forjar una familia sólida y unida al casarse con don Norberto Marrón, oriundo de Caduaño, la tierra a la que le impusieron ese nombre los antiguos pericúes.
Su madre, la profesora Ramona había sido habilitada como mentora en cuanto hubo terminado su educación primaria, pues la escasez de maestros y la lejanía del macizo continental, del centro del país, así lo imponían. Adiestrada con cursos de los propios maestros sudcalifornianos de la época, entre ellos el propio historiador Pablo L. Martínez, y luego a través del Mejoramiento Profesional del Magisterio o sus antecedentes institucionales, a la profesora Ramona, meses antes de morir, en una gira del entonces presidente Lázaro Cárdenas del Río, correspondió darle la bienvenida a este personaje histórico cuando visitó la ciudad de La Paz y a niños y maestros de la Escuela Número Uno, actualmente Miguel Hidalgo y Costilla, localizada en el centro de la ciudad capital del Estado.
Don Luis Castro y doña Cleotilde, a su rescate
Pero a la temprana muerte de su madre, Yemi fue prácticamente adoptada por su tío Luis Castro y su esposa doña Cleotilde Cota, quien era de Santiago de «Los Coras» el lugar de asiento siglos atrás de los indígenas sureños causantes de la rebelión en 1734. Inscrito quedó en su corazón aquel momento de dolor en el funeral de su señora madre, cuando doña Cleotilde, a quien también quiso como a su madre, la rescató del dolor y de la horfandad: cuando llegaron con el cuerpo de su mamá, temblando la tomó del brazo y se la llevó a su casa, junto a sus hijos biológicos, los «cuates» Luis y Felipe, Ramona «Monina», Cleotilde, Guilermina y Elena a quienes se refiere como sus hermanos. Trabajó desde los doce años en «La Número 13», la tienda de su Tío Luis Castro, de ahí su contacto con los negocios, buscó independizarse al facilitarle, su tío Luis y don Ernesto Arámburo, productos para vender en su «puestecito» de la plaza pública.
Don Carlos Zaragoza
El recuerdo de su padre, sigue en su memoria y platicamos de don Carlos Romero Zaragoza, originario del Distrito Federal, ahora Ciudad de México, quien dejó una numerosa prole: un señor que recuerdo, menudito, de lentes, nariz afilada, cabello cano y ondulado, siempre formalmente vestido, a veces con bufanda, pues el padecimiento que tuvo le originó un grave problema que le afectó sus cuerdas vocales y su garganta, de lo que tenazmente con ejercicios bucales se recuperó y aprendió a hacerse escuchar. Y cosas del destino, la voz que para «Yemi» y su hermana «Pituca», ha sido muestra de su talento artístico, para don Carlos Romero Zaragoza fue un logro ganarle la batalla a la grave enfermedad padecida y expresarse hasta sus últimos días como durante sus años mozos.
Su esfuerzo de superación
En líneas anteriores dijimos que a la Yemi le atacó la soledad, luego superada. Seguía siendo la mujer del hogar y de la tienda «Novedades Normita», en honor a su hija, donde vendía desde una aguja hasta ropa y calzado, perfumes, juguetes y telas; ese fue su negocio familiar avituallado con préstamos del Banco de Comercio de Sinaloa, cuya sucursal estaba a una cuadras de su casa, la misma que construyeron con esfuerzos en un amplio terreno cubierto -hasta hace unos meses- de maleza y árboles frutales, entre los que destaca un ciruelo centenario que le sirvió de inspiración para cantarle a su madre ausente: «En los brazos de un ciruelo, cuantas horas yo pasé/ con la mirada hacia el cielo, con mil preguntas porqué/ el porqué de mis tristezas, el porqué de mi dolor/ el porqué de tanta angustia que me dejara tu adiós/»… «madrecita, madrecita como duele que no estés/ para enseñarme el camino que no alcanzó a comprender».
Y el ritmo de vida de doña Yemi seguía también una noble vocación, que le haría triunfadora de certámenes literarios locales: continuaba leyendo, escribiendo poesías y canciones, haciendo vida social y comunitaria a tal grado que con la iniciativa de amigas fundaron el Club Costa Azul, así nombrada como la insigne canción del poeta Margarito Sández Villarino, que recordamos en sus maravillosos versos: «Costa azul, tropical,/ California, mujer indolente,/Es tu cielo tan ardiente/Y tu suelo fecundo y sensual.»

Yemi y sus poetas modernistas

Muy joven encontró en la lectura y las letras abrigo a su soledad. Fuente de su inspiración fue «Reír llorando» de Juan de Dios Peza, a quien en los últimos años se le reconoce como el poeta más popular de México, seguido de Amado Nervo y Jaime Sabines; Amado Nervo, de quien recuerda el conocido poema «En paz»; Manuel Acuña, con su «Nocturno a Rosario», el poeta suicida y gran amigo de Juan de Dios Peza; Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera y Ramón de Campoamor, así como el infaltable texto «Declamador sin maestro» de Editores Mexicanos Unidos.
Hace varias décadas que viene participando en el grupo de liturgia de la Iglesia de San José, junto con Anita de la Vega, Socorro Leggs, Martha Lomelí y Martha Ceseña, entre otras señoras josefinas. Y fue notable su apoyo al Dispensario Médico que se encuentra en la colonia «El Chamizal», administrado por religiosas. Por eso, como dice una de las estrofas de «Reír llorando» de Juan de Dios Peza, para Yemi, la fe sigue tan viva, como ella y sus canciones: «Si se muere la fe, si huye la calma,/ si sólo abrojos nuestra planta pisa,/ lanza a la faz la tempestad del alma,/ un relámpago triste: la sonrisa./
Galardones y vida social
Fue ganadora en varias ocasiones en concursos de la canción ranchera y en las fiestas tradicionales de San José, a grado tal que los organizadores le llegaron a pedir que ya no participara para que otros ganaran. No deja de sonreír cuando recuerda este pasaje, al lado de sus hijos Norma, René y Manuel, quienes le acompañaron en esta entrevista que le realice en el seno de su hogar; ahí, a capela, hizo gala de su creatividad artística acompañada en la guitarra por René, único heredero de su talento natural para escribir, cantar y tocar instrumentos musicales.
Y a sus casi ochenta y seis años sigue haciendo vida social, tranquila, pero alegre con Carmelita Romero, hija del profesor Miguel Ángel Romero, y más de veinte señoras del grupo de Villa Chica, entre ellas María Concepción Burgoin Carballo (esposa de don José Carballo Valle, mi amado tío-padre), Socorro Leggs «Coyito», Aurelia Lerma, esposa del pariente Homero Burgoin Castro, entre otras unidas amigas del grupo de oración, que se juntan todos los miércoles y en las ocasiones que amerita para festejar sus cumpleaños y convivir amistosamente.
De sus amigas más cercanas recuerda a Rosarito Arámburo, Herlinda Arámburo, Ana Elena Garduño (hija del doctor Garduño y de doña Beatriz), Mercedes y Carmela Pedrín, doña Emma Palacios, viuda de don Abel Olachea, ambos padres de Miguel Ángel Olachea Palacios, ex presidente municipal de Los Cabos.
Como suele suceder con galardonados y famosos escritores, doña Yemi recuerda el ejemplo de su Nana Elena Arballo Ojeda -con quien vivió muchos años y es una figura de amor maternal- quien era «fanática de la lectura y de Porfirio Díaz»; fue la madre de su mamá y quien de su mano la condujo a lecturas como El Conde de Montecristo, Por quién lloran las campanas, Los tres mosqueteros, y por supuesto las audiciones nocturnas de la XEW con las novelas de Chucho el roto. Recuerda que cuando su Nana estaba leyendo, nadie la podía interrumpir sin ocasionar enojos y regaños.
19 años sirviendo en el DIF Municipal
Y así le llegó la oportunidad de ingresar al servicio público municipal cuando fue invitada primero por doña Josefina Torres, esposa del profesor Juan Pedrín Castillo, quien presidió el primer Concejo Municipal del Ayuntamiento de Los Cabos y fue delegado municipal de San José, en los tiempos en que este territorio fue delegación del municipio de La Paz, y luego por doña Ninfa Montaño de Palacios, esposa del primer alcalde de Los Cabos, el profesor Héctor Palacios Avilés. En el DIF Los Cabos trabajó por diecinueve años, lugar de trabajo que le trajo grandes amistades y satisfacciones por su siempre afán de ayudar a los necesitados. Conserva recortes de periódicos de aquellos años, que nos trasladan al viejo San José, lleno de reminiscencias y nostalgias, donde la sencillez con que se producían medios de comunicación impresos, dan cuenta de la naturalidad aldeana que por muchos años distinguió a nuestra tierra cabeña, ahora transformada por el auge del turismo y los negocios inherentes a esta actividad cosmopolita. En uno de estos documentos que celosamente guarda en un baúl de los recuerdos leemos: «Yemi: ya quisieran muchos tener tu experiencia y tus años acumulados. Esa entereza de tu carácter y esa vitalidad y tu sonrisa. Más tu ejemplo, sirva a futura generaciones que los años impiden convivir. Inspira ser siempre una luz y guía para los que te sigan. 24/X/97.»
Primero su familia, su descendencia
Sus hermanos son María Elena, Carlos y Roberto Romero Castro; luego nacerían Gonzalo, María Felisa (Pituca) y Gilberto Romero Castro, hijos de la señora María Cleotilde Castro Arballo, quien falleció en mayo de 2006. Doña Yemi diariamente se ejercita caminando de su casa a «la loma», llamada así la casa de su tan querida hermana «Pituca» y de su esposo el profesor Rafael Green Márquez, a disfrutar del café y la buena charla de familiares y amigos.
Sus hijos son René, maestro integrante de la generación 1976-1980 de la Escuela Normal Fronteriza de Méxicali; Norma Edelmira, abogada egresada de la Universidad Autónoma de Guadalajara; Víctor Manuel, licenciado en informática por el Instituto Tecnológico de La Paz; y David quien es profesor de educación secundaria del Colegio Ugarte.
Su descendencia año con año sigue creciendo: primero fueron sus hijos, luego los nietos y ahora sus bisnietos. Sus nueve nietos, por orden cronológico de nacimiento: Bertha Lorena, Christian Elizabeth, Maryan Michelle Marrón Velázquez, de René; Víctor Manuel, Stephanie y Sandra Lynn Marrón Gorosave, de Víctor; David, Carlos René y Luis Enrique Marrón Burgoin, hijos de René. Para ellos su inspirada poesía ha logrado versos como los siguientes: «En medio de las penas que me abaten,/ en medio del dolor que me tortura/ Dios quiso con mis hijos compensarme/ de tanta soledad, tanta amargura.»
A su hijo René, el mayor de los cuatro, por su estancia en Mexicali, para estudiar en la Escuela Normal Fronteriza, le escribió: «Es temprana la hora que marcó tu destino/ con la pauta formal de buscar un ideal/ y es ahora el momento, de que tú ¡hijo mío!/ demuestres en la ausencia tu anhelo de triunfar.»
Tiene seis bisnietos: Sophy Alessandra y Luna Fernanda Gámez Marrón, Frida Isabella Barrientos Marrón, Liza Antoniella García Marrón, Renata Millán Marrón y Regina Millán Marrón.
Yemi: madurez, paz anhelada
Pese a los dolores que causa perder a nuestros seres queridos, como ella los ha perdido, Yemi, nuestro personaje, vive tranquila y llena de bonitos recuerdos, pues está en paz con su familia, con su entorno de amigas, cultiva la fe y el arte musical, sigue leyendo, y lo más importante es que se siente realizada y orgullosa, de lo que la vida le ha permitido hacer. «…..Cuando planté rosales, coseché siempre rosas:/ Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:/ ¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!/ Hallé sin duda largas las noches de mis penas;/ más no me prometiste tú sólo noches buenas;/ y en cambio tuve algunas santamente serenas…/ Amé, fui amado, el sol acarició mi faz./ ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!»

Yemi, por su don de gentes, su carisma, sus canciones y su poesía, -hasta que Dios le permita- está dejando su huella en la historia josefina; ella es, sin exageraciones, referencia obligada de nuestro tradicional San José del Cabo: ejemplo de vida, fe y amor por Nuestra Tierra.

*Presidente de Escritores Sudcalifornianos, A. C.
**Ya le escribí a mi mítico guanacaste, el de mi Tata Cuatito en estas mismas páginas de Tribuna de Los Cabos y en mi penúltimo libro Nuestra Tierra, Nuestra Gente, para pagar un poco la deuda que contraje con él al colgarme de sus ramas y pasearme por su añoso cuerpo.

***Artículo publicado originalmente en Tribuna de Los Cabos.

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