¿En realidad el hombre llegó a la luna?… pese a las pruebas científicas hay quien sigue pensando que fue un montaje

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¿Llegó el hombre realmente a la Luna o fue todo un montaje?

Cuando se cumplen 50 años de la llegada del Apollo 11 a nuestro satélite aún quedan apoloescépticos que dudan de una de las mayores hazañas de la humanidad. Se basan en teorías que giran en torno a dos ejes. De un lado, que aún no se disponía de la tecnología suficiente como para lograr alcanzar la Luna, y de otro, la necesidad de EU de lograr la victoria en la carrera espacial, liderada entonces por los soviéticos.

Cosmonautas fantasmas
Los viajes espaciales propiciaron desde el principio la rumorología entre la población, ante el desconocimiento y el asombro por semejantes avances tecnológicos. Bernard Foing, principal científico para la SMART-1 de la Agencia Espacial Europea (ESA), explicaba en declaraciones que el que se produzcan dudas entre la población “demuestra que hay que comunicar mejor lo que hacemos para incluir al público y que se pueda sentir parte de estas iniciativas; si no, hay una sensación de exclusión”.

Los rusos fueron los primeros en crear leyendas urbanas con los cosmonautas fantasmas. El periodista Alberto Granados recoge en su libro ¿Es eso cierto? cómo corrió el rumor durante la misión Ludonoj 1 (1970) de que el vehículo todoterreno que había puesto sobre la Luna la URSS para recoger datos no circulaba solo, sino que estaba tripulado por un agente enano de la KGB que se había embarcado en una misión suicida. Lo que no explicaban era cómo hizo para alimentarse durante los once meses que duró la misión.

Otra de las leyendas nacidas en la Rusia soviética es la que cuenta que los astronautas del Apollo 11 quedaron atrapados en la Luna debido a una avería de un motor y que un cosmonauta ruso, Profiri Yebenov, que había quedado atrapado en la Luna anteriormente, apareció completamente desnudo y les ayudó a reparar la nave para que pudieran volver a la Tierra. Se cuenta que el cosmonauta ruso Gregori Grechko llegó a preguntar al segundo hombre que pisó la Luna, Edwin Buzz Aldrin, si la historia era cierta. Éste, sorprendido, negó la historia, reiterando que no encontró seres humanos o vida nativa en la Luna.

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Apoloescépticos contra astronautas
Los escépticos y los influencers que propagan teorías de la conspiración ofrecen incluso argumentos técnicos. Por ejemplo, si en la luna no hay viento, ¿cómo es posible que la bandera que Neil Armstrong y Buzz Aldrin presuntamente plantaron allí parezca estar ondeando en las fotos? ¿O cómo es que los astronautas no sufrieron daños por la radiación al cruzar los cinturones de Van Allen, que rodean la Tierra y concentran partículas cargadas de energía procedentes del sol?

Ante cada argumento de los escépticos, la NASA y la comunidad científica han replicado con explicaciones racionales. ¿La bandera? Precisamente porque en la Luna no hay viento, se puso una varilla horizontal en lo alto del mástil para mantenerla desplegada y, como la varilla no se extendió del todo, la bandera quedó arrugada como si estuviera ondeando. ¿La radiación? Los astronautas pasaron menos de dos horas entre los cinturones de Van Allen y viajaban en cápsulas que los protegían de las partículas ionizantes, de manera que estuvieron expuestos a una cantidad de radiación similar a la de una radiografía de tórax.

Los tres astronautas del Apollo 11, ante las acusaciones de fraude, e incluso de ser marionetas de la NASA tras reiterados lavados de cerebro, han optado por ignorar a los apoloescépticos. Michael Collins ya decía en la sesión de control del Congreso de los EU en septiembre de 1969 que una de las cosas que más le habían agradado de esta misión era que “siempre me han dado carta blanca, hasta el punto de contar conmigo para este gran evento sin prepararme antes, sin poner ninguna palabra en mi boca”.

Por su parte, el escritor estadounidense William Charles Kaysing, conocido por We never went to the moon (Nunca fuimos a la Luna), demandó al astronauta Jim Lovell por difamación por sus declaraciones en el San José Metro News, en las que decía: “Este tipo es un chiflado. Su postura me enoja. Pasamos mucho tiempo preparándonos para ir a la Luna, gastamos muchísimo dinero, pasamos por grandes riesgos y fue algo por lo que cada persona de este país debería estar orgullosa”. El caso fue finalmente desestimado.

¿Falsos rodajes?
Las principales teorías a favor del fraude hablan de que todo fue un montaje y de que las imágenes que se mostraron al mundo entero fueron rodadas en un estudio. Santiago Camacho, colaborador habitual de programas como Cuarto Milenio, recoge en el libro 20 grandes conspiraciones de la historia que las tomas falsas habrían sido rodadas en la base Norton de la fuerza aérea en San Bernardino (California). También se ha hablado de unos supuestos estudios cinematográficos construidos en secreto en Nevada o de que pudieron utilizarse paisajes terrestres que por su aspecto rocoso podrían haber servido de escenario para el rodaje.

Camacho cita en su libro la posibilidad de que fuese el director de cine Stanley Kubrick quien hubiera rodado las imágenes. Esta suposición nace de un falso documental llamado Operation Lune (2002), en el que aparecen Henry Kissinger, Christiane Kubrick -viuda del cineasta-, Donald Rumsfeld y el propio Buzz Aldrin afirmando que los alunizajes fueron un montaje, y que las imágenes del hecho fueron rodadas en un estudio por Stanley Kubrick, quien por entonces rodaba 2001, Una Odisea en el Espacio. Se trata de una broma del canal Arte francés, emitida el día de los Santos Inocentes.

Otras películas que han ayudado a alimentar la teoría del falso alunizaje son Capricornio Uno (1978), que narra una farsa para falsificar el aterrizaje en Marte, o una corta secuencia de la película de James Bond Diamantes para la eternidad (1971), que parece mostrar a Sean Connery caminando a través de un estudio donde se simulan los alunizajes.

¿Cómo es que parece ondear si en la Luna no hay viento?
Un argumento adicional es que, de las aproximadamente 400.000 personas que trabajaron en las misiones Apollo, nadie ha denunciado nunca que fuera un montaje. En estos cincuenta años,¿no hubiera sido esperable alguna filtración? Quien sí lo denunció fue el escritor Bill Kaysing, que en 1976 hizo fortuna con su libro We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna) y desató la teoría de la conspiración lunar. En un momento en que el presidente Nixon había dimitido por el escándalo Watergate, y se había extendido la idea de que el Gobierno estadounidense engañaba a los ciudadanos, Kaysing se encontró con millones de seguidores.

Más recientemente, la idea de que las misiones Apollo fueron un montaje resurgió en 2001 a raíz del documental “Did we land on the Moon?” (¿Aterrizamos en la Luna?) de Fox News. Y en la era de las redes sociales se está amplificando más como una forma de entretenimiento que de búsqueda de la verdad.

Si cada argumento de las teorías de la conspiración lunar se puede rebatir de manera racional, cabe preguntarse cómo es que los escépticos siguen convencidos de que todo fue un montaje. Aquí es donde hay que recurrir a David Hume y a los grandes epistemólogos que le sucedieron como Schopenhauer, Kant y Popper.

Hume razonó en el siglo XVIII que las creencias que tiene una persona no se basan en la racionalidad sino en la familiaridad. Puso el sol como ejemplo: si creemos que volverá a salir mañana, no es por un razonamiento lógico, sino porque estamos acostumbrados a que cada día vuelva a salir. El mismo razonamiento sería válido para la Luna: creer que los astronautas no llegaron a la Luna no se basa en la lógica, sino en que estamos acostumbrados a ver la Luna como algo inalcanzable.

Schopenhauer llegó más tarde a la conclusión –inspirándose no sólo en Hume sino también en John Locke y sobre todo en Immanuel Kant- de que “toda persona considera los límites de su campo de visión como los límites del mundo”.

El geólogo planetario Ignasi Casanova, que trabajó en la NASA en los años 90 y ahora es profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya, ha experimentado en primera persona el efecto Hume. En más de una ocasión, personas con formación universitaria le han expresado dudas sobre la veracidad de la llegada a la Luna. “Cuando doy argumentos racionales, siguen dudando”, explica. “Pero cuando he dicho ‘créeme, yo he estudiado las rocas lunares, las he tenido en mis manos y te puedo asegurar que las trajeron los astronautas de las misiones Apollo, les cambia la expresión; dejan de dudar”. Para Casanova, “esto demuestra que la fe tiene más capacidad de convicción que la ciencia”.

Los expertos lo tienen claro
Sin embargo, científicos, astronautas, astrofísicos y conocedores del tema de primera mano no dudan ni por un momento: el hombre sí pisó la Luna el 20 de julio de 1969. “Eso no tiene ningún sentido”, afirma tajante en declaraciones Manuel Cornide, profesor titular del departamento de Astrofísica de la Universidad Complutense de Madrid; “hay gente que quiere buscar notoriedad, pero es imposible que no sea cierto porque lo ha comprobado y seguido muchísima gente de la NASA”.

De hecho, se sabe que en pleno apogeo del programa Apollo, la NASA tuvo en nómina a 35.000 personas, y otras 400.000 trabajaban para ellos en empresas y universidades. “No se puede construir un engaño donde están implicadas miles de personas en las observaciones, alguien lo diría, es imposible poner a miles de personas de acuerdo para mantener un engaño de esta magnitud”, finaliza Cornide.

Luis Ruiz de Gopegui, director de la Estación de Seguimiento de Fresnedillas, que la NASA utilizó como apoyo para los vuelos del programa Apollo, afirmaba que no se siente molesto con las acusaciones de fraude: “Es como a ti te dijeran que dudan de la noche y el día. Es tan evidente que no se puede ni discutir”.

Gopegui alude a dos pruebas evidentes: por un lado que “era una lucha entre soviéticos y americanos; si no se hubiera llegado, los rusos lo habrían anunciado a los cuatro vientos, la URSS tenía radiotelescopios apuntando a la Luna”. La segunda es que “el acto de ir a la Luna era un acto público. Se anunció y los radiotelescopios de todo el mundo apuntaban a la Luna”.

Lucha contra el escepticismo
Entre los estadounidenses que luchan contra el escepticismo de la población se encuentran Philip Plait, astrónomo de física y astronomía de la Universidad Estatal de Sonoma, y colaborador habitual de la NASA, que refuta las teorías conspiratorias a través de su página web Badastronomy. Dice que sería apropiado que la NASA diera respuesta a las preguntas, y cree que se niegan a responder porque consideran de “escasa dignidad” el verse obligados a hacerlo.

La NASA propuso a James Oberg, ingeniero y experto en historia espacial, escribir un libro que ayudara a los maestros a rebatir las acusaciones de falsificación de los viajes a la Luna. Pasado el tiempo, cambiaron de opinión porque creyeron que utilizar fondos públicos para negar las acusaciones podía hacer creer que éstas eran creíbles. Oberg afirmó que escribiría de todas formas el libro.

Además de los testimonios de los expertos, existen pruebas físicas, ya que los astronautas trajeron 382 kilos de piedras lunares que geólogos de todo el mundo han autentificado, y dejaron en el satélite espejos láser que se han utilizado para medir la distancia entre la Tierra y la Luna mediante rayos láser.

La bandera estadounidense ondea sin viento en la Luna
En realidad no ondea, tenía un mástil superior para mantenerla rígida. Las ondulaciones son consecuencia de haber estado plegada durante el viaje y sólo se mueve cuando la manipulan los astronautas.

No se distinguen las estrellas
La cámara no pudo captarlas por la intensidad de la luz. El tiempo de exposición de la película tendría que haber sido mayor.

Las sombras no son paralelas
Se producen debido al efecto de perspectiva que sucede también en la Tierra, además, no tienen por qué ser paralelas en un terreno irregular, como es el caso de la Luna.

Una roca del suelo está marcada con la letra C

Era un pelo introducido durante el revelado, en la imagen original no aparece.

Bajo el módulo lunar no hay cráter
El módulo lunar pesaba entre 15 y 17 toneladas en la Tierra. En la Luna la gravedad es aproximadamente seis veces menor, y hay que restar el combustible gastado antes de alunizar, situándose su peso ‘lunar’ entre 1.200 y 1.600 kilogramos. Cuando se acercaba a la superficie reducía su potencia a menos de un tercio de dicha capacidad, del mismo modo que nadie aparca un coche a 200 km por hora.

No pueden dejarse huellas sin aire o humedad

No es necesario que haya humedad o aire para dejar huellas en un terreno.

¿Por qué no hemos vuelto a la Luna en 47 años?
Tras Armstrong, otros 11 astronautas de las misiones Apollo visitaron con éxito el satélite de la Tierra. Y la excitación del momento y los logros conseguidos hicieron que en aquella época se hablara de vuelos supersónicos de turistas que viajarían con frecuencia entre nuestro planeta y la Luna en las siguientes décadas.

Pero no ha ocurrido. Como tampoco hemos vuelto a poner un pie en la superficie lunar desde 1972. De hecho, ningún humano ha logrado ir más allá de la órbita baja de la Tierra desde entonces.

Parece una paradoja, porque en estos 47 años la humanidad ha sido capaz de logros espectaculares: detectar ondas gravitacionales, aplicar técnicas de edición genética para modificar embriones y tratar enfermedades hereditarias; desarrollar tratamientos prometedores para el cáncer; tener coches que se conducen solos; descubrir sistemas solares con exoplanetas en galaxias lejanas. Pero no hemos vuelto a la Luna. ¿Por qué?

Para contestar esta pregunta hay que poner en contexto el programa Apollo. Se gestó durante la Guerra Fría, en un momento en que Estados Unidos y la Unión Soviética competían ferozmente por demostrar quién lideraba el desarrollo científico y tecnológico. Con Kennedy en el gobierno, los soviéticos lograron lanzar primero un satélite al espacio y a eso se unía la humillación de bahía de cochinos en Cuba y la retirada de Laos. Para más inri, la URSS envió al primer cosmonauta al espacio. Kennedy no lo podía consentir y aceleró la puesta en marcha de la misión Apollo.

Eso era posible gracias a que EU llevaban trabajando en el desarrollo tecnológico espacial desde hacía mucho tiempo y tenían a punto el motor F-1, el más poderoso jamás construido, que permitió fabricar el Saturno V Luna, un cohete espacial. El asesinato de Kennedy en 1963 le dio al programa, además, un aura de homenaje a la memoria del presidente y ese año el gobierno concedió a la Agencia espacial americana una financiación del 3% del presupuesto total (Hoy en día es de apenas el 0,5%).

Fue así como los americanos lograron poner su bandera en la Luna en 1969. Después de eso, el logro estaba conseguido. Y a pesar de que había 20 misiones previstas, el programa acabó mucho antes. La carrera espacial consumía una cantidad ingente de recursos, algo insostenible para la administración americana, que empezó a recortar. La Guerra Fría, además, comenzó a perder fuelle, como la motivación política para mantener las misiones Apolo en marcha. Una vez demostrada su superioridad y haber plantado la bandera en la Luna, ¿para qué mantener un programa que resultaba tan caro?Y a eso se sumaba el inicio de la guerra del Vietnam.

Sin financiación para volver a la Luna
El presidente Nixon rebajó la partida de la Nasa drásticamente; en los 80, aunque Reagan era un apasionado del espacio, no fue capaz de aumentar la financiación. Bush intentó lanzar un programa de nuevo para llevar a la Nasa a la Luna y a Marte, pero se lo tumbaron en el Congreso. Clinton no quería ni oír hablar de exploración espacial, y después el accidente del trasbordador espacial Challenger, que acabó con la vida de siete astronautas, pensar en poner a gente de nuevo en la Luna se hizo aún más difícil. Los gobiernos optaron a partir de entonces por ser más prudentes y no arriesgar la vida de sus astronautas.

George W Bush Jr anunció que pondría en marcha el proyecto Constellation, con el que pretendía que la Nasa regresara a nuestro satélite en 2020. Sin embargo, retrasos en la financiación fue demorando el proyecto hasta que Obama decidió guardarlo en un cajón y reorientar la estrategia de la Nasa para enfocar sus esfuerzos en llegar a Marte.

Ahora, de nuevo, Trump ha anunciado que quiere volver a la Luna. Esta vez, no obstante, no sería para realizar unos paseos y misiones cortas, sino para permanecer temporadas allí. En ese sentido, la Agencia espacial europea también prevé establecer una colonia humana permanente en la Luna. Y no son los únicos: Rusia quiere enviar un cohete turístico que dé vueltas alrededor de la Luna a razón de 100 millones de dólares el billete. China asegura que quiera alunizar un taikonauta (la versión china del astronauta) entre 2025 y 2039, e incluso la India planea una misión con destino el satélite terrestre.

A ello se suman las empresas privadas que están invirtiendo recursos para visitar y explotar la Luna. Parece probable que en las próximas dos décadas, pues, otros seres humanos volverán a pisar la Luna. Ahora bien, que no haya habido astronautas paseándose por la superficie lunar, no significa que no hayamos vuelto. Desde los años 2000 se han enviado satélites con el objetivo de estudia r la Luna, su cara más lejana y también los polos. Se ha descubierto hielo de agua y desde 2013 se han lanzado varias misiones robotizadas que han alunizado.

El interés científico
Desde el punto de vista científico, volver a la Luna podría comportar grandes avances. Para empezar, se está planteando la presencia continuada de astronautas en la Luna realizando misiones que podrían durar meses. Eso implica el desarrollo de nuevas herramientas y tecnologías que además de la exploración espacial, beneficiarán a toda la humanidad, como lleva ocurriendo desde hace décadas. Por ejemplo: baterías de alta eficiencia, sistemas de almacenamiento de energía y de soporte vital, que luego se podrían aplicar en la vida en la Tierra.

“Hemos puesto satélites en órbita que nos han dado mucha información sobre ella y la hemos escudriñado desde la Tierra. Pero ahora queremos dar un paso más –explicaba Bernard Foing, astrofísico director del Grupo Internacional de Exploración Lunar, a Big Vang hace algún tiempo, a propósito de la base lunar que pretende poner la ESA en la Luna-. Poner una base permanente en la Luna contribuiría al desarrollo tecnológico, nos permitiría hacer avanzar la ciencia, superar los límites actuales del conocimiento que tenemos sobre la Luna, sobre la Tierra, sobre el Universo. Además, nos ayudaría a prepararnos para la exploración espacial de las regiones más alejadas del Sistema Solar y nos permitiría tener un proyecto internacional de cooperación pacífico”.

El origen de la Luna
Volver a la Luna nos permitiría aprender mucho más sobre nuestro satélite natural. Para empezar, cómo se formó. Hasta el momento, la hipótesis que cuenta con más consenso entre la comunidad científica es que se originó hace 4600 millones de años, cuando un cuerpo celeste de gran tamaño chocó contra la Tierra; esa colisión generó una enorme nube de desechos que acabaron dando lugar a la Luna.

“Ese proceso a partir del choque del objeto contra la Tierra modificó la historia de nuestro planeta, lo dotó de un sistema Luna-Tierra y es lo que hace que sea bastante especial. La Luna tiene influencia sobre mares y océanos, pero también sobre los continentes y ha influido en la evolución geológica terrestre”, apuntaba Foing.

Contra ella han impactado un sinfín de cuerpos del Sistema Solar, que la han ido plagando de sus característicos cráteres. “Por eso es interesante, porque podemos usarla como un libro de historia para leer y comprender qué ha ocurrido en el Sistema Solar y también en la Tierra”, destaca Foing. Y claro está, la Luna es un lugar privilegiado desde el que estudiar también nuestro planeta.

Explotar sus minerales
Otro punto que hace de la Luna un destino atractivo para la investigación es que desde su cara más alejada, la mal llamada cara oculta, seguramente el lugar más ‘tranquilo’ del Sistema Solar, por lo que respecta a polución de ondas de radio procedentes de antenas de la Tierra, se podría escudriñar el Universo. Poner antes de radio y escuchar. También plantar telescopios, puesto que al no tener atmósfera la Luna, sería posible observar todos los rangos de luz.

También tener una misión instalada allí permitiría comprobar si es posible la vida en su superficie. Y se podrían explotar los recursos que hay en el subsuelo lunar, como metales y minerales, y también el agua helada que se ha descubierto en los polos. Desde magnesio a hierro, aluminio, silicio. Y se puede extraer también oxígeno de las rocas que podría servir como combustible para el sistema de propulsión de cohetes, pensando en eventuales misiones tripuladas a Marte u otros rincones del sistema Solar.

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