EN COLLIURE./Relato/ Por Arturo Meza Osuna.

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EN COLLIURE

Por Arturo Meza Osuna

 **A 80 años de la muerte del poeta (1939-2019)

Hablaba, en la Prepa Morelos, el maestro Torre Iglesia del poeta Machado, fue cuando le preguntaste -¿Machado el bueno o Machado el malo?- el viejo español odiador refinado de Franco y el franquismo no se dejó manipular, era mucha pieza, te dirigió una mirada asesina y respondió en tono de reproche – Muchachito, no hubo Machado bueno ni Machado malo, los dos eran excelentes- obviamente te referías a los hermanos Machado, Antonio y Manuel, uno del bando republicano –Antonio-, el otro, del bando nacional. Es Antonio quien huye a Francia cuando las fuerzas republicanas, casi derrotadas, son empujados al Mediterráneo. Junto con su madre y cerca de dos mil compatriotas, emprenden una penosa travesía por los Pirineos. Antonio muere poco después en Colliure, un pequeño pueblo francés de pescadores. Ahí está su tumba, símbolo del exilio, de la intolerancia. Ahí acuden, especialmente en el aniversario de su nacimiento, ciudadanos de todo el mundo a leer poemas, discursos, notas; muchos a casarse, aunque Machado no era un poeta especialmente romántico.

Llegaste a Antonio Machado –como tantos- por Joan Manuel Serrat. Cantares, Las coplas a la muerte de Don Guido, Olmo viejo, Las Moscas, La Saeta, Españolito, los poemas que Serrat musicalizó aún resuenan en la memoria desde aquel año del 72 que cayó en tus manos el sagrado disco.

De camino de Tolousse a Barcelona, preguntaste por Colliure -debes bajarte en la estación de Foix, de ahí un autobús te lleva a Colliure- Así fue, hay un pequeño valle de lavandas y violetas, después un trayecto pedregoso desde donde se ven bernales y ruinas de castillos a lo lejos, se llega por la montaña a Colliure. Hay unos diez hoteles, el pueblo escondido entre las piedras, de playas rocosas, no tiene más de tres, cuatro mil habitantes, la gran mayoría del turismo busca la tumba de Antonio Machado. Aquí llegó en 1939 Antonio Machado para morir, después de garabatear su último verso encontrado en la bolsa de su saco: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Vas a la tumba, todo mundo la conoce. En el centro del pueblo, en una loma está el cementerio, es fácil dar con la tumba del poeta. En llegando sólo basta voltear al cementerio para ver la concentración de diez, quince, veinte personas que ponen flores, que leen poemas, dejan cartas, banderas españolas, no falta una mujer vestida de novia y su galán. Nadie dirige el tráfico, los novios se acercan a la tumba acompañados de sus amigos, captan la atención de los presentes, uno de ellos lee un poema, arrancan los aplausos, los novios se besan, destapan champaña, hay para todos, se arma la pachanga. No falta la guitarra, las canciones de Serrat, cae la tarde, el crepúsculo es maravilloso, sopla una brisa marina fresca, llega un olor a pescado frito, también huele a hachís. Todos casi todos acuden a la fuente de olor –del pescado- la fiesta va pa’ largo. Hay vino y Machado es el tema, se funden los idiomas, sobresale el español.

Dos notas en la tumba llaman la atención: “la estirpe romántica, la sencilla bondad, el vigor intelectual y la sincera melancolía” y “si Unamuno representó «un modo de sentir» y Ortega «un modo de pensar» Machado representa «un modo de ser”

El pescado es delicioso, filetes de bonito y alcaparras, también hay atún ahumado, anchoas en aceite, hogaza de pan negro. Las paredes  del restaurante tienen poemas de Antonio, una pareja de ancianos reclama los poemas de Manuel.

La noche es larga, el hotelito está lleno, todos son viajeros, hay dos japoneses que estudian español en Barcelona, dos portugueses y una brasileña que son novios los tres; tres homosexuales franceses que también son novios, dos se casaron el año pasado, mañana se van a casar  –los dos- con el otro,  será un matrimonio de tres; un belga solitario que trabajó como chef en Buenos Aires, habla bien español; el tándem latinoamericano una cubana, una argentina, un colombiano y los mexicanos. No te aventaste a declamar a Machado en el cementerio pero después de cinco copas de vino de Rosellón y cava catalán, te sueltas con Retrato, aquel poema íntimo, personal de Machado que dice al final –Al cabo nada os debo/ me debéis cuanto escribo/ a mi trabajo acudo/ con mi dinero pago/ el traje que me cubre/y la mansión que habito/ el pan que me alimenta/ y el lecho donde yago- sin equivocaciones, sin titubeos, te salió redondo. Aplausos.

La mayoría son jóvenes, excepto los dos ancianos gallegos, él confiesa setenta y seis, ella setenta y dos. Caminan rápido, erguidos, ambos profesores de literatura jubilados, unidos por su amor –su gran pasión- por los Machado. También visitan la tumba de Manuel, ella recita exquisita “El viajero”, niegan la afiliación de Manuel al franquismo. Nadie discute.

Regresaste a Foix, tomas el tren a Barcelona donde te da por buscar a Serrat, sabes que viene a Poble Sec, a lo más llegas al bar Rufianes donde el cantautor se reúne de vez en cuando con sus amigos del barrio. –El Nano no viene, está de gira- te dicen – Díganle que sólo queríamos darle las gracias, por Machado, por todo-

 

 

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