Los Sacerdotes y Obregón. Una anécdota sobre el general sonorense Compilación de Sergio Ávila R.

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-Y, ¿finalmente aportó el clero el medio millón de pesos requerido por Obregón?

-¡Qué van a aportar nada¡ La lana es sagrado, no la toques… Lo peor que le puedes pedir a un cura es dinero. Les puedes abrir en canal con un cuchillo cebollero, pero no les sacarás ni un clavo.

-Mi general Obregón recibió en Palacio Nacional, donde había instalado una oficina provisional, a una comisión de 180 sacerdotes quienes fueron a manifestarle su incapacidad material de cumplir con el préstamo forzoso. Sólo podían cooperar con piedad para los muertos y heridos. Imagínate lo que le fueron a contestar:

“Señor general, pondremos puestos de limosnas en las calles y en todo el país para reunir los quinientos mil pesos que usted quiere -adujo uno de ellos verdaderamente obeso que, sin duda, requería de un cíngulo especial para rodearle la inmensa cintura que ostentaba. El perfil y el rostro rubicundo de este sacerdote contrastaba con el de las famélicos que pululaban por las calles de la Ciudad de México en aquel 1915, mejor conocido como “el año del hambre”.
-Espérame tantito… ¿qué es un cíngulo?

-Cíngulo es el cordón con el que un sacerdote se ciñe la sotana, pero, permíteme continuar con la anécdota.

“Mire, señor cura -repuso Obregón-, y escúchenme bien todos los aquí presentes: yo sólo escucho la voz de la revolución y, créame, no tengo mucha paciencia. sólo quiero manifestarle con toda seriedad que su estrategia de la limosna sólo complicará el estado de cosas que estamos viviendo; este es el momento de impartir la limosna, no de implorarla. ¿Va a pedirle limosna a quien hace colas lastimosas en los expendios de leche, de carbón, de maíz y de tortillas para que compren menos cuando el hambre nos aprieta por todos lados?

¿Ese es su concepto de la piedad? Aporten dinero de ustedes, el de sus rentas, el de sus intereses, el de sus utilidades de otras inversiones y, por favor, dejen alguna vez en su vida de esquilmar a los pobres, a los jodidos… No me repita otra vez lo de sus puestos de limosnas porque lo mando a Veracruz a trabajos forzados… A propósito -enfrentó al cura de la voz cantante-:

¿Ha trabajado usted alguna vez en su vida o vive de los terceros, como todo buen parásito? ¿Sabe lo que es ganarse un peso?
“El sacerdote agachó la cabeza. Todos se miraron ofendidos sin responder a semejante pregunta.

“Señor, es que no tenemos dinero, señor, se lo juro por Dios que no me dejará mentir, todavía agregó el sacerdote de vientre y papada descomunales.
“Lo va a partir un rayo por andar jurando en falso… ¿No aprendió en el seminario que jamás debería jurar en vano en el nombre de Dios?

“El sacerdote se santiguó. Sacó de las enormes bolsas de su sotana, con el suficiente espacio para guardar las limosnas domingueras, un rosario de madera muy viejo, que besó compulsivamente como si estuviera pidiendo perdón, invocándolo.
“Lo que usted quiera, pero dinero no, por favor no… No lo tenemos, señor, no lo tenemos…
Entonces Obregón, mientras el resto de la comisión eclesiástica lo miraba atónita, se acercó al sacerdote, por lo visto el representante de todos ellos, hasta que casi se encontraron ambas narices para recetarle este párrafo inolvidable:
“Ustedes aplaudieron al asesino Huerta, pactaron con él; ustedes, que tuvieron millones de pesos para el execrable asesino Victoriano Huerta, hoy no tienen medio millón para mitigar el hambre que azota despiadadamente a nuestras clases menesterosas.
“Señor, es que…
“Hemos terminado la conversación. Todos ustedes están presos a partir de este momento…
“¿Presos…? ¿Cómo presos…? ¿Todos…?
“¡Todos¡ Todos son todos. ¿Está claro?
“Dio entonces un par de gritos por el teléfono colocado encima de su escritorio y de golpe entro al despacho del Manco un piquete de soldados.
“Enciérrenlos en la intendencia y los largan mañana al amanecer, sin probar alimentó alguno, a la estación de ferrocarril. Se irán juntos con otros muchos sacerdotes a Veracruz a trabajar, a ver si al menos trabajan una vez en su vida… ¿No que ganarás el pan con el sudor de tu frente? Nunca ninguno de ustedes ha sudado para ganárselo, ¿verdad?”.

FUENTE: “México acribillado”, autor: Fco. Martín Moreno.

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