RELATO. Las hijas de don Cristobal. Marzo/2019. Arturo Meza Osuna

35
0

LAS HIJAS DE DON CRISTOBAL

Por Arturo Meza Osuna.

Llegó al servicio de urgencias procedente del CERESO, ya tenía tres días con dolor abdominal intenso, no comía, no evacuaba, fiebre intensa, al explorarlo el abdomen apenas si se podía tocar, era un abdomen “en madera” como dicen los clásicos para indicar que se trata de un síndrome de Abdomen Agudo y que, sin dilación, debe prepararse el quirófano para operar, para hacer una exploración. Lo único que había comido Don Cristóbal, en esos tres días era una gran cantidad de ajos, alguien le dijo que el ajo curaba su mal.

Con setenta y cinco años de edad no tenía a nadie. Solo dos guardias lo custodiaban esposado a la camilla. Finalmente procedieron a quitarle las esposas para pasarlo al quirófano. Estaba en la cárcel por delitos contra la salud, apenas si hablaba, la fiebre, la deshidratación lo mantenían obnubilado, casi no respondía a estímulos externos. Ya en la operación se encontraron múltiples perforaciones en el intestino grueso quizás por amibas, quizás por divertículos y una gran cantidad de ajos en la cavidad peritoneal, una peritonitis cuyo pronóstico era casi letal, muy pocas posibilidades tenía Don Cristóbal de salir del estado de sepsis generalizada. Su edad, su estado nutricional, la contaminación tan extensa, sus escasas ganas de vivir solo lo conducirían a la muerte.

Pasó del quirófano a la Unidad de Terapia Intensiva, el cuidado estaba ahora a cargo de los internistas que manejaban la unidad. Por la mañana los cirujanos le pasaban visita rápido, hacían curaciones y eventualmente opinaban de algún cambio en el manejo de Don Cristóbal.

Un día se presentaron en el hospital tres mujeres bellísimas preguntando por Don Cristóbal. Eran sus hijas: la más joven de 22 años, bajita, caderona y cinturita, ojos claros; otra de 25años, un poco más alta, delgada, pelo largo que se movía con singular gracia, piernuda, de grandes ojos entre verde y gris; y la otra de 28 años un poco más gruesa, muy bien dotada de pechos, piernas largas y redondas, ojos grandes verde esmeralda. Lucía, Clara y Mercedes, las tres tenían una manera de caminar que era imposible no mirarlas, las tres simpáticas, con una coquetería inconsciente que era arrolladora. Las tres eran profesionistas, solo Mercedes, la mayor era casada. Hicieron su cuartel general en un café que estaba enfrente del hospital pasando la calle Bravo.

herpes

Médicos y residentes de cirugía se mostraban solícitos en dar informes acerca del estado de Don Cristóbal. Se supo que Don Cristóbal vivía en Tepic, era empleado en una empresa maderera que fue a menos hasta que quebró, las deudas la ahogaron y ni siquiera tuvo para indemnizar a sus trabajadores, Don Cristóbal se quedó sin trabajo y con su esposa enferma a quien le habían descubierto un cáncer avanzado de mama, tuvo que gastar sus ahorros, ni el desempleo de Don Cristóbal ni la enfermedad de la esposa fueron revelados a sus hijas, el orgullo de Don Cristóbal pudo más que los constantes ruegos a retirarse, a gozar de una pensión, a vivir a expensas de las hijas. No quería ser una carga. Cuando la esposa finalmente falleció, de nuevo le suplicaron que gozara de una pensión que podrían costear entre todas, el viejo era terco, ya lo conocían.

Buscó trabajo, difícil encontrarlo, no se valora la experiencia de un hombre de setenta años. Solo encontraba trabajo indigno. En el bar al que siempre asistía empezaba a llegar gente extraña, diferente, un día entabló pláticas con un sinaloense que parecía muy dadivoso, invitaba las rondas, hablaba franco y claro. Fue quien le propuso el trato, pasar con un paquete de Mazatlán a La Paz, no tenía que saber que era, la paga era buenísima, podría vivir un año con ese dinero. Un viejo como él, no levantaría sospechas, las posibilidades de éxito eran muchas. Claro que suponía que transportaba pero le ganó la tentación. Fue a la llegada a La Paz que al revisar el doble fondo de su maleta entraron tres kilos de goma de opio. Así fue a dar a la cárcel. Cuando lo detuvieron se cambió de nombre.

Después de mucho buscarlo, casi un año, finalmente las hijas supieron que estaba preso en La Paz.

Las chicas entraban y salían, se turnaban para hablarle –aunque no las escuchaba…o quien sabe- para tocarlo, nunca lo dejaban solo. Los residentes de cirugía siempre pendientes de Don Cristóbal y de los informes, cada mejoría, las muchachas eran las primeras en saberlo. Las muchachas tampoco estaban solas, solícitos a los deseos de las chicas tanto residentes de cirugía, de medicina interna, y los internos de pregrado pululaban alrededor de las jovencitas que más que familiares de enfermo parecían modelos. Las tres causaban una gran admiración, aparte eran simpatiquísimas y de agradable trato.

Don Cristóbal experimentó una sorprendente mejoría esa semana, a la semana siguiente abrió los ojos y luchó contra el tubo que lo conectaba al ventilador, sus constantes vitales mejoraron. A mitad de semana hicieron intentos para destetarlo del ventilador y lo logró. El viejo estaba lúcido, reconoció a sus hijas y al fin de la semana ya estaba en el piso comiendo, con hambre, de buen humor y empezaba a dar pasos con ayuda. Estaba fuera de peligro.

logolapaz

Cuando lo dieron de alta, suponíamos que volvería al CERESO, que va. Las chicas se habían movilizado de manera eficaz y consiguieron de parte de un juez que se le amnistiara, por edad avanzada y enfermedad, fue puesto en libertad. Los encantos de las hijas  habían llegado hasta el poder judicial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here