EL GORDO MALAQUÍAS. Relato. Por Arturo Méza O.

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++ EL GORDO MALAQUÍAS

Por Arturo Meza Osuna.

 

El Gordo Malaquías siempre aparecía en las pláticas de la familia. Había muchos “dichos” atribuidos al Gordo Malaquías. Mi padre lo conoció en la Santa Rosalía boleriana y por lo que platicaba el Gordo era un buenavida, un cínico simpático, un sibarita boleriano sin remedio. Aquel “mas vale llegar a tiempo que ser invitado” o “a la pura hora” eran su credo y el Gordo se sentaba -sin ser invitado- a la mesa de los cachanías que no solo lo toleraban, lo instaban a comer, a departir, a beber y contar sus famosas aventuras, al rato era dueño de la mesa y de la situación.

Era, según recuerdo de las pláticas de los mayores, un hombre de mediana edad en los cincuentas, bien vestido, zapatos bien boleados y un sombrero de fieltro a la Carlos Gardel, sin trabajo conocido, de vez en cuando ayudaba en un bar donde amenizaba a los clientes con su labia sin igual, también le hacía al contador y a veces lo contrataban para sacar las cuentas, hacer informes contables de los grandes negocios como la tienda de Nuño Benson, de Elvira Araiza o de la casa Palencia, se pasaba las horas en las oficinas de Hacienda calculando impuestos y en prolongadas conversaciones con las secretarias, con las que compartía tazas de café interminables. La mayoría del tiempo sobrevivía de prestado, comiendo y bebiendo a costillas de los demás.

Se había casado pero luego divorciado. No se le conocía novia, tampoco se sabe que fuera homosexual, más bien le estorbaba la mujer, solo eso faltaba, decía “que mantenga a alguien que ni siquiera es mi pariente” En la libertad que requería el gordo Malaquías, no había espacio para una mujer. La música era su pasión y así acompañaba donde quiera “Morenita mía” de los Martínez Gil o “Cien años” de Pedro Infante, nada le importaba emprender la cantada donde quiera que estuviera. La gente le festejaba y el Gordo Malaquías, orondo abandonaba el lugar dejando un rastro de perfume exquisito, era todo un personaje.

Se le veía en el restaurante del Hotel Central, en conversaciones animadas con los notables de la ciudad; no faltaba a las peleas de gallos, en el beisbol era el primero. La gente lo buscaba, aunque repitiera la historia de cuando llegó borracho, se equivocó de cuarto y se metió con la suegra; cuando debutó como cocinero del San Luciano y calculó un plato de arroz crudo por cada tripulante, cuando el arroz empezó a hervir y aumentar el volumen, inundó la cocina hasta que se precipitó por la borda del barco; cuando actuó como autor intelectual para que El Nega le vendiera perlas falsas a Gonzalet y soltaba la carcajada que se extendía a todos los tertulianos.

El Gordo Malaquías era la fiesta andando, no faltaba problema a la que no le encontrara solución. Era un optimista irredento. Algunos lo buscaban para contarle sus problemas y encontrar, en sus respuestas el alivio. Nada tenía demasiada importancia, la vida no era tan seria, los problemas eran parte de la vida y solo había que torearlos. Su forma de amar y vivir la vida era ejemplar

Un día desapareció. Se preguntaban por el Gordo Malaquías, luego vino la gran depresión de El Boleo, mucha gente también se despidió del mineral. Santa Rosalía se fue quedando solo y no solo se olvidaron del Gordo Malaquías, sino de muchas otras personas que formaron parte de la comunidad que se deshizo, que tuvieron el destino natural de los pueblos mineros. El Gordo Malaquías también se fue en ese espacio de la memoria.

Un día, sería a mediados de los setentas, mi padre me fue a dejar al ferry que cruzaba de Santa Rosalía a Guaymas, veíamos a los viajeros bajar por la rampa del transbordador, mi padre se le quedó viendo a un hombre en una silla de ruedas que conducía un muchacho. El hombre se acercó y antes que mi padre dijera su nombre, espetó ¡Pinito! y mi padre -¡Gordo Malaquías! y no atinaba a seguir porque enseguida se dio cuenta que al Gordo le faltaba una pierna.

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Malaquías detectó la obnubilación de mi padre por su pierna y enseguida le restó importancia al asunto y dio una explicación rápida: soy diabético- dijo- tuve un problema en el pie que me cundió hasta arriba, se me inflamó así -abriendo las manos- aunque no me dolía la pierna enseguida noté que olía mal la herida que se extendió así que no hubo más remedio que cortarme la pata – lo decía casi sonriendo, luego abundó- pero, mira Pinito, soy un hombre de suerte, yo siempre he tenido mucha suerte. Allá donde ahora vivo, en Los Mochis, con una hija, en la casa de enseguida, hay un hombre que también es diabético, que también le cortaron la pierna, pero a él le cortaron la izquierda -a mi la derecha- y -no te digo que soy un hombre de suerte- porque calzamos del mismo número y compramos un par de zapatos entre los dos.

Era el Gordo Malaquías en todo su esplendor, tal como lo había imaginado.

 

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