CLEPSIDRA; MEMORIAL DE TIEMPO Y ARENA PARA MALIBÉH. ESCRITO #7 Compilación de Sergio Ávila R. Por Mélida Ojeda L.

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Los muchachitos del pueblo acudían al local en calidad de pequeños compradores y a veces también los veíamos por la ventana, jugando o simplemente sentados en la plataforma de cemento en la que estaba la bomba de la gasolina, en lo que se reanudaba la actividad en la tienda.

Ellos iban encantados de la vida cuando lo hacían para comprar unos dulces envueltos en papel vistoso, amarrados con un largo elástico que pedían diciendo: “me da una piñatita, doña Rosa; me da una piñatita, doña Rosa”. O para comprar un raspado de rosa, que se endulzaba con un jarabe de ese color, pero las más de  las veces, acudían a cumplir los encargos de sus padres: velas, veladoras, alimentos, jabón o cigarros “Argentinos”, que venían en un paquetito blanco con azul fuerte y que nunca vi en ninguna otra parte.

En la tienda se podía adquirir hasta petróleo, seguramente para alimentar estufas o quinqués, y se vendía por litros. Servirlo de unos tambos que se encontraban en el patio tenía su técnica, que consistía en succionarlo del extremo de una manguera, habiendo introducido previamente el otro en uno de los contenedores del combustible, de un color blanco o morado, operación en la que los despachadores eran expertos. La cosa era que, en cuanto el líquido empezaba a fluir, colocaban la manguera en el recipiente que llevaban los compradores y escupían lo que hubiera llegado a su boca, detalle que no tomó en cuenta Tayde en cierta ocasión en que estaba en la tienda, no creo que despachando, pues esa actividad nos estaba vedada.

Pues mi hermana mayor quiso imitar el procedimiento, sólo que ella sí se echó el trago, lo que tuvo como consecuencia un malestar que no describo porque no lo recuerdo, que ocasionó la salida a la velocidad del rayo, con mi tío al volante de su pick up, conduciendo como demonio por la brecha a Santiago, para llevar a mis padres con la niña a que la viera el doctor Cirilo Mondragón, que atendió la emergencia y el susto mayúsculo que pasaron.

El comedor de la casa era en realidad un gran pasillo, abierto al patio, ya que solo los dividía un muro de un metro de alzada, con sólidos pilares cada tanto, para sostener el techo. En el patio florecían las siete hermanas (creo que eran una especie de rosales), las buganvilias, las papayas, los limoneros y las pomelas, o sea las toronjas, cuyas semillas germinaban dentro del corazón de las frutas antes de ser cortadas.

Al fondo del solar, a un lado del almacén donde se apilaban  mercancías variadas, los granos y los sacos de panocha de los trapiches de Santiago, estaba la talabartería, en la que   hubo hombres que pasaron su vida pespuntando monturas.

Pocas veces nosotras, las tres hermanas, incursionábamos en ese lugar, así que no fue allí en donde escuché la explicación que una vez alguien daba a mi tío por la ausencia de Cayo, uno de los trabajadores, que no se había presentado al taller porque había amanecido crudo, tomándome por sorpresa y sumiéndome en inesperadas interrogantes, pues no acertaba a comprender cómo podía alguien estar crudo, y menos aun, lo que de ello se seguía, y que mi seisañera mente rechazaba, que la forma normal de ser humano fuera estar cocido.

Adyacente al cuartito de los murciélagos estaba la cocina de leña, el espacio natural de doña Jesús, cuyo rostro no recuerdo, pero sí que siempre traía un paño en la cabeza, que anudaba en la nuca. La cocina tenía techo de palma y sólo dos paredes, las del ángulo que formaban la división entre el cuarto de dormir y el lugar de su labor, con la barda que constituía la frontera entre la propiedad y el mundo exterior. Entre los enseres de ese rincón, recuerdo el molino para el nixtamal y el café, que seguramente eran dos y distintos.

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